Dresde que apareció Cupido

'Johannes Vermeer. En reflexión': una historia de amor y una exposición en Dresde

El nuevo hallazgo de la obra 'Muchacha leyendo una carta frente a la ventana abierta' guía esta exposición alrededor de la obra de Vermeer y los artistas holandeses.

La belleza debería ser razón suficiente para emprender un viaje. Ahora mismo, probablemente, no hay otro lugar en Europa que concentre más belleza que la Galería de Pintura de los Maestros Antiguos de Dresde (Gemäldegalerie Alte Meister). Hasta el 2 de enero del año próximo, la exposición Johannes Vermeer. En reflexión reúne sesenta obras de pintores de la segunda mitad del XVII, en pleno Siglo de Oro holandés, diez de ellas del autor del cuadro recién restaurado en torno al cual gira toda la muestra, Muchacha leyendo una carta frente a la ventana abierta.

 

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Vermeer

Foto: Gemäldegalerie Alte Meister

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La "Esfinge de Delft"

Corre el año 1742, pese a que el príncipe elector Federico Augusto II de Sajonia —también Augusto III de Polonia— tiene poder sobre una vasto territorio, muestra un escaso interés por las tareas de gobierno. Sí se le conoce, sin embargo, un refinado gusto por las bellas artes, especialmente por la música y la pintura, que le lleva a adquirir obras y colecciones por todo el continente. En una de esas compras desembolsa 130.000 libras por la colección del príncipe parisino Carignan, treinta cuadros que llegan con una nota y un regalo: «Entre los cuadros que recibirá su Excelencia hay uno de Rembrandt que representa a una muchacha frente a una ventana. Se me entregó fuera de mercado», escribe el secretario sajón Samuel de Brais. La calidad de esa pintura estaba fuera de toda duda, había sido atribuida a Rembrandt. Más tarde se dijo que podía ser de Govaert Flinck, un pupilo de Rembrandt, después que era de Pieter de Hooch y así se quedó hasta 1859. Ese año llega a la Gemäldegalerie el crítico de arte francés Théophile Thoré, que va siguiendo el rastro de un artista que ha apodado como la “Esfinge de Delft” para identificar y catalogar sus obras. No hay duda, aquella joven de pie junto a la ventana había salido de la mano de Vermeer.

Vermeer

Foto: Gemäldegalerie Alte Meister

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Influencias cruzadas

Muchacha leyendo una carta frente a la ventana abierta marca un punto de inflexión en la obra del pintor de Delft. Es su primer cuadro enmarcado en la categoría de pintura de género y muestra lo que iba a ser una constante el resto de su vida, la representación de escenas cotidianas en los interiores de las casas burguesas de Holanda. Vermeer fue uno de los pintores, junto a Gabriel Metsu, Gerard Ter Borch o Pieter de Hooch, entre otros, que retrataron la modernidad burguesa de la época. La exposición de Dresde permite comprobar que no solo compartieron temática sino hasta qué punto marcaron sus obras las influencias cruzadas y las que recibieron de los caravaggistas de Utrecht, cuyos principales exponentes fueron Gerard van Honthorst, Dirck van Baburen y Hendrick ter Brugghen.

Las constantes de Vermeer

Foto: Gemäldegalerie Alte Meister

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Vermeer y el estudio de la luz

El cuadro que nos ocupa, datado entre 1657 y 1659, también fue el primero de seis en los que aborda el tema epistolar, bien mediante la lectura o la escritura de una carta. Vermeer repitió motivos a lo largo de toda su vida: hay música en ocho de sus obras, catorce mujeres en soledad, nueve mapas, cuatro Cupidos —una de las veces solo muestra el pie—, el mismo mosaico para el suelo en siete ocasiones, once alfombras o catorce manteles del mismo tono. La insistencia en los motivos no se debe a una falta de imaginación o a capacidades limitadas, nada más lejos de la realidad, sino a la experimentación, a un profundo estudio de la afectación de la luz sobre los objetos y los cambios de tono de un mismo color en función de la iluminación que recibe.

Vermeer. Los mejores pigmentos

Foto: Gemäldegalerie Alte Meister

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Con los mejores pigmentos

Esa fijación por los tonos y la intensidad del color ha sido una de las cosas que nos ha devuelto la restauración de Muchacha leyendo una carta frente a la ventana abierta. No es una cuestión menor, Vermeer utilizaba los mejores y más caros pigmentos llegados de todas partes gracias a las labores comerciales de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales. Entre ellos, el rojo cochinilla hecho de insectos que viven en unos cactus mexicanos, pigmento citado con frecuencia en la bolsa de Ámsterdam; o el carísimo azul de ultramar, hecho de una rara y escasa piedra proveniente de unas minas en lo que hoy es el noreste de Afganistán. El azul de ultramar costaba más de setenta guilders por cuarto de libra —unos 113 gramos—, haciendo una conversión estimada al valor actual hablamos de más de ¡setecientos euros! Esa enorme gasto en pigmentos pudo ser una de las razones, además de la escasa producción de obra y las once bocas que alimentar —tuvo quince hijos, pero cuatro fallecieron a edad temprana—, que le llevaron a vivir en casa de su suegra una vez casado y a morir arruinado: su esposa tuvo que saldar la deuda con el panadero entregándole algunas obras.

Vermeer. El descubrimiento de Cupido

Foto: Gemäldegalerie Alte Meister

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Cupido: un cuadro dentro del cuadro

La otra gran novedad que nos ha traído la restauración ha sido otro cuadro de Vermeer. Un análisis con rayos X de la obra, llevado a cabo en 1979, mostró que había un cuadro dentro de un cuadro, en el que se veía claramente la figura de Cupido en la pared trasera de la habitación. Al principio se creyó que había sido el propio pintor el que lo había tapado, era frecuente que los artistas utilizaran algún lienzo ya usado para iniciar otra obra o bien que había sido una rectificación, de hecho hay otra muy evidente en la pintura. Una de las cosas más extraordinarias es el reflejo de la muchacha en el cristal de la ventana, pero ni la posición, ni el peinado ni la forma del cuello del vestido de la chica puesta en pie coinciden con ese reflejo, Vermeer varió su posición en el último momento.

Vermeer. El significado

Foto: Gemäldegalerie Alte Meister

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El amor está por encima de todo

Cuando se iniciaron los trabajos de restauración en la Gemäldegalerie, en el año 2017, se vio con total seguridad que la capa de pintura que cubría el Cupido era de una fecha muy posterior, con el artista ya fallecido. Una de las teorías que barajan es que se cubrió porque era un símbolo pagano y además estaba desnudo. Sacando a la luz el cuadro de Cupido se ha devuelto a la obra el carácter amoroso que le quiso dar Vermeer, se podía intuir que la chica estaba leyendo una carta de amor por sus mejillas sonrosadas, pero gracias a Cupido lo confirmamos plenamente. Stephan Koja, el director del museo, dijo que la obra es una declaración fundamental sobre la naturaleza del verdadero amor. Cupido aparece pisando las máscaras del engaño y la hipocresía: el amor está por encima de todo.

Vermeer. La historia que cuentan sus cuadros

Foto: Gemäldegalerie Alte Meister

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El mayor legado de Vermeer

En una conversación que Proust tuvo con Elisabeth de Gramont le comentó que a ambos les gustaba mirar por el ojo de la cerradura, indagar en las vidas de los demás sin que las personas se sintieran observadas. Ese fue, sin duda, el mayor legado de Vermeer: el interrogante en el gesto cotidiano, en la escena conocida; las historias que cuentan sus cuadros pero aún más las que sugieren. O es que nadie se ha preguntado nunca qué pieza tocaba esa dama al virginal, qué hermosas palabras había escritas en las cartas sostenidas por mujeres o qué pasaba en el interior de las casas de Delft un instante antes o después del momento congelado, con esas sillas esperando a ser ocupadas o esos instrumentos listos para tocar.

Vermeer. Antes de la fotografía

Foto: Gemäldegalerie Alte Meister

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Antes de la fotografía

La exposición Johannes Vermeer. En reflexión nos permite acercarnos a la figura de Vermeer más allá del icono que es La joven de la perla, su obra más conocida. Sus cuadros no fueron del todo entendidos ni en su época ni hasta siglos después. No fue hasta la invención de la fotografía cuando el mundo se dio cuenta de la maestría en el uso de la luz, de la belleza de su obra. La fotografía nos acostumbró a ver e interpretar el mundo, la luz, de otra manera, tal como había hecho Vermeer doscientos años atrás. Para hacernos una idea, Laura J. Snyder, autora del fabuloso libro El ojo del observador, dice que la experiencia de ver los cuadros de Vermeer en la era anterior a la fotografía habría sido como la de ver películas por primera vez: desconcertante y extraña, incluso un poco aterradora. Poco después de la invención de la fotografía Vermeer pasó a ser un pintor profundamente admirado. En su pintura consiguió captar efectos luminosos tal como la vista los percibe, no como el cerebro los traduce. En definitiva, nos enseñó que ver es mucho más que el gesto automático de abrir los ojos para recibir impresiones sensoriales, que teníamos que aprender a observar para que el mundo tuviera sentido.

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