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Jordi Serrallonga: "Lo más peligroso que he vivido ha sido con el animal Homo Sapiens"

El arqueólogo, naturalista y explorador recopila algunos de sus apasionantes viajes por el mundo en 'Dioses con pies de barro' (Ed. Crítica).

A Jordi Serrallonga le gustaba ir de pequeño al parque de Can Buxeres, en L’Hospitalet de Llobregat (Barcelona), a jugar a las expediciones. Siempre le acompañaba un amigo de la escuela y también su hermano pequeño a quien, imitando alguna de las muchas películas de aventuras que veían en el cine del barrio, le tocaba el sufrido papel de porteador. Extraían kilos y kilos de pedruscos, mientras daban esquinazo al guardia urbano que hacía la ronda. Años más tarde, cumplió aquel sueño infantil: encontrar fósiles. Pero no fue en su ciudad natal, sino en Tanzania.

 

También ha viajado a Galápagos tras los pasos de Darwin o al desierto entre Chile y Bolivia para seguir el rastro del puma y a otros muchos lugares del planeta con los que cualquier niño ha fantaseado alguna vez. Viajes que ahora narra en un nuevo libro, Dioses con pies de barro (ed. Crítica), donde aprovecha además para reflexionar acerca de las consecuencias derivadas por el estrés al que el ser humano ha llevado al medioambiente.

 

Este arqueólogo, naturalista y explorador aparece sin el sombrero fedora que acostumbra a usar siempre en todas sus expediciones, pero sí lleva la mascarilla de rigor desde que este virus ha dejado claro que los seres humanos son dioses con pies de barro. Escoge para la entrevista un salón de suelo damero del Ateneu Barcelonés, institución que conoce bien por las horas que se ha pasado allí investigando. La butaca que ocupa apenas logra albergar toda su estatura. Afuera, se escuchan los gorriones que revolotean por el jardín.

 
Jordi Serrallonga 7 @Crítica

Foto: Editorial Crítica

Jordi Serrallonga 3 @Crítica

Si no somos la especie escogida, ¿quiénes somos?

Somos una especie más en el árbol evolutivo, en cuya copa se sitúan todas las especies que nos rodean. En las ramas muertas están las especies que se han extinguido, donde hay muchos de nuestros ancestros. Lo que ocurre es que somos humanos curiosos a quienes nos gusta investigar y estudiar a los demás y eso es lo que hace que tú y yo estemos manteniendo esta entrevista.

Ahí entra en acción la Teoría de la Evolución, de la que eres un apasionado…

Sí. Darwin me marcó desde muy pequeño y por eso me acompaña en mis viajes. No sólo su figura, también su espíritu de trabajo. Y no sólo él, sino también Mary Anning, que fue la primera paleontóloga inglesa en el S. XIX. Precisamente, si tenemos suerte, este año se estrenará la película Ammonite, que traza la vida de esta extraordinaria mujer que quedó olvidada. Al final, todos los científicos y científicas que han ido en busca de un sueño son de admirar.

A ti, la ciencia te ha llevado desde Can Buxeres, en L'Hospitalet, a lugares como Chile, Bolivia, Tanzania y Galápagos. Ya en Regreso a Galápagos (Editorial UOC) contabas que siempre habías soñado con seguir los pasos de Charles Darwin.

Y en Dioses con pies de barro he vuelto a viajar con él. La primera vez que viajé a Galápagos, hace más de veinte años, fue en un viaje muy parecido al de Darwin. Llegué solo y, de alguna manera, la gente local que vivía allí me acogió. Me llevaron por todos lados y pude ver cosas fantásticas que hoy en día ni los científicos casi podríamos observar porque, por suerte, el Parque Nacional de Galápagos está acotando zonas al público.

Vamos, que te metiste en su piel...

Al menos lo intenté, pero, claro, cuando él desembarcó en las Galápagos llevaba casi 5 años navegando. Pensaba que llegaba a una isla paradisíaca y, en cambio, se encontró con un lugar lleno de lavas, todo eran volcanes, hacía calor, metía los pies entre las grietas… Eso lo he vivido. Ahora hay gente que va allí de turismo y anda por senderos cómodos, pero si te metes campo a través acabas destrozado.

El conocimiento sólo es posible estudiando en bibliotecas, experimentando en un laboratorio y, a la vez, viajando.

De todas formas, lo extraordinario de Darwin es que cuando embarcó en el Beagle, no tenía intención de desmontar la idea del mundo como creación divina, aquello de que nosotros veníamos de Adán y Eva... Lo fascinante es imaginarnos a alguien que partía de creer que todo era resultado de una formación divina y que, de repente, empieza a observar cosas. Fue su capacidad de observación la que le hizo ver que todo lo que había estudiado como teólogo en Cambridge no se ajustaba a lo que veía en la naturaleza. Y luego volvió a Londres y tuvo su eureka particular.

Hay quien viaja tras los escenarios de películas, otros a las tumbas de sus escritores favoritos, también los hay que viajan allí donde abre un nuevo restaurante con estrellas Michelin, a ti, en cambio, te vemos viajar en este libro a lugares emblemáticos para la ciencia y a museos de ciencias naturales… ¿Los científicos sois también soñadores?

Claro que sí. Además de la UOC, donde soy profesor de Historia, Antropología y Evolución Humana, también imparto docencia en la Universidad Autónoma, en un par de másters, uno de comunicación y medioambiente, y el otro, precisamente, de periodismo de viajes. ¿Y qué hace un naturalista y arqueólogo en una facultad de comunicación? Pues hablo de la aventura de la ciencia. Incido en el hecho de que, de alguna manera, siempre hemos visto la ciencia como algo aburrido, como algo propio de laboratorios y batas blancas, y no… la ciencia lo es todo. Para empezar, no hay que separar entre ciencias y letras.

GuerreroMaasai&JordiSerrallonga Tanzania Foto ClaraSellés

Jordi Serrallonga en Tanzania acompañado por un guerrero masái.

Foto: Clara Sellés

¿Y cómo acaba un científico viajando por el mundo como lo haces tú?

Pues porque el conocimiento sólo es posible estudiando en bibliotecas, experimentando en un laboratorio y, a la vez, viajando. Y, ojo, puede ser cualquier tipo de viaje, no tiene por qué ser Tanzania. Puede ser aquí, en el jardín del Ateneu Barcelonés, que son unas Galápagos en medio de Barcelona. El viaje puede ser un trayecto en metro o ir a la montaña más próxima a tu casa. De alguna manera, el viaje está en todo. Si no hiciéramos estos viajes, que pueden ser también mentales, no podríamos ampliar miras.

Si no hubiese ido a Tanzania o a Galápagos, no habría descubierto que mucho de lo escrito en libros y que creía que eran máximas, en realidad, las habían escrito personas que nunca habían estado allí o lo habían hecho por poco tiempo. Cuando visitas un lugar varias veces al año, en las diferentes estaciones y durante más de veinte años, te das cuenta de que existen las excepciones. Eso es lo importante: no hay que decir que lo que ha escrito otro está mal, sino que hay que ampliar lo que escribió el que pasó antes que tú. Al final, todos los científicos y científicas cuando hacemos un viaje de investigación estamos intentando completar lo que otros y otras empezaron antes.

Islas Galápagos

Las Islas Galápagos son como la segunda casa de Jordi Serrallonga.

Foto: iStock

Es aquello de que como viajeros seguimos las huellas de otros que viajaron antes que nosotros…

Por supuesto. Además, he de decir que si no hubiera sido por la ciencia no habría podido hacer los viajes que he realizado, mis medios económicos no me lo habrían permitido. Haber viajado desde el aspecto de la ciencia me ha permitido cumplir mi sueño de infancia, que era trabajar en temas de evolución humana en África. Y, efectivamente, y ahí llámame friki, sí que es cierto que he viajado con objetivos científicos. Pero a la vez, si he pasado cerca de la ciudad de Cong, he querido estar en los lugares donde se filmó El Hombre Tranquilo, y si he estado en las Galápagos, he querido pisar los lugares que Darwin pisó. Siempre he dicho que no hay que avergonzarse si uno va a África y en algún momento se acuerda de Memorias de África.

En tu libro queda claro que la ciencia juega un papel fundamental a la hora de descubrir el planeta en el que vivimos y saber de dónde venimos… Pero, últimamente parece que muchos se cuestionan los avances científicos, ¿a qué crees que responde esta situación?

Pues mira, justo he entregado un artículo de opinión para la prensa en el que aparecen terraplanistas, antivacunas y negacionistas en el subtítulo. Hay memes al respecto, pero eso no me preocupa. El problema es que con Filomena salga alguien diciendo que lo del cambio climático es un cuento. Ocurre que este momento que parece estar viviendo la ciencia con todo el desarrollo de las vacunas es un espejismo. No estamos mirando a la ciencia, en realidad estamos mirando una solución técnica, que los científicos y farmacéuticas se pongan de acuerdo para conseguir una solución rápidamente.

Cuando cumplí el sueño de ir a África con treinta y pocos era la primera vez que cogía un avión para cambiar de continente

Hay un problema de divulgación, pero sobre todo es que no hay inversión. ¿Cuántas revistas de divulgación científica tenemos en los quioscos? Queda alguna, pero las más potentes han ido desapareciendo. National Geographic se mantiene, pero otras históricas han desaparecido porque el mercado no las compraba. Somos un poco culpables todos, pero, por supuesto, es un tema político. No interesa que la ciencia se democratice porque al final todo se reduce al hecho de que una persona con un buen bagaje científico, y de conocimiento en general, va a cuestionarse muchos de los titulares que leemos.

O sea, la información es poder, ¿no?

Claro… La gran revolución de Darwin fue científica. Desde lo pacífico de su sillón escribió una serie de ideas que cambiaron toda la Humanidad. Nos estaba diciendo que no todo era inmutable y que eso, aunque no era su intención, lo podíamos trasladar a muchos otros ámbitos. ¿Por qué tengo que aceptar que si me porto bien no voy a ir al infierno, cuando realmente si hay una pandemia, una mutación o cualquier otro problema, está la naturaleza? Creíamos estar por encima y no. Hemos desafiado las leyes de la naturaleza y estamos padeciendo las consecuencias.

Lawrence Osborne en El turista desnudo (Gatopardo Ediciones) explica que, cansado de tantos lugares turísticos, se largó a Papúa Nueva Guinea para visitar a los kombai en sus casas de los árboles porque era el lugar más alejado de la civilización. ¿Te ocurre igual?, ¿En tus expediciones te cuesta encontrar lugares donde no hayan llegado turistas?

Mi experiencia sería un poco a la inversa. Yo me crié en Hospitalet y luego en Barcelona. Siempre estuve rodeado de gente y antes de los dieciocho años el único viaje que hice fuera fue a Francia, para ver a una tía de mi madre. No teníamos medios económicos para viajar. De hecho, no teníamos ni coche. Cuando cumplí el sueño de ir a África con treinta y pocos era la primera vez que cogía un avión para cambiar de continente. El contraste fue brutal. Estaba cerca del lago Natron, en zonas donde no habían visto a un blanco en su vida. Quedé alucinado. Mi objetivo era trabajar con el equipo de Manuel Domínguez Rodrigo, de la Complutense. Pasé años en África sin ver un Ngorongoro y sin poder entrar a un parque nacional porque teníamos el dinero justo y pasábamos un hambre terrible.

Después, a medida que he ido yendo más por África y visitado otros países, he aprendido a que los turistas no me molesten. Eso es una cosa que no he entendido jamás. Los lugares son para compartir, siempre y cuando sea con civismo, claro… Lo importante es que yo nunca he ido a buscar lugares donde no va nadie, me los encontré y me los sigo encontrando muchas veces por mi trabajo. Pero nunca me he considerado un privilegiado por ello. Si otras personas también lo pudieran hacer no habría demasiado problema, siempre respetando el patrimonio, claro.

Parque Nacional del Serengueti, Tanzania

El autor ha vivido grandes experiencias en los campamentos de Tanzania.

Foto: Gtres

Lo malo es que muchas veces no se respeta. En el libro explicas una anécdota que te sucedió en un safari por el Parque Nacional de Nairobi. Había dos personas muy molestas gritando en el jeep y sin respetar la fauna. En ese sentido, ¿crees que cierto tipo de turismo es responsable del maltrato que ha recibido el planeta?

A mí cuando me preguntan qué regla hay que darle al viajero actual, siempre digo que son tres: el respeto al patrimonio natural, el respeto al patrimonio histórico y el respeto al patrimonio cultural. Y con lo cultural me refiero a lo étnico, a no considerar a la gente de allí como buenos salvajes, ni personas inferiores a nosotros, ni nada de eso… Pero a medida que ha ido aumentando el turismo en el mundo sí hay ciertos grupos que llegan a según qué lugares y no respetan nada. Van por ahí, chillando, molestando…

Antes no tenías que poner cuerdas o vallas en los lugares para prohibir el paso, por ejemplo. Vamos, que si tú estás en un yacimiento arqueológico es normal que no te subas para hacerte un selfie. Ahora, en cambio, vamos a tener que acabar poniendo vallas en todo el mundo. Ya ha pasado en los géiseres del Tatio, en Atacama. Una señora se acercó demasiado y murió. Y ahora todos los géiseres del Tatio tienen piedras alrededor, pintadas de amarillo. Todas esas mamparas de vidrio y barreras que están apareciendo en los lugares se podrían evitar si nos comportamos de otra manera. Por otro lado, yo ahí he tenido debates con mis colegas que son biólogos o antropólogos y siempre surge el mismo tema de que, tal vez, tendríamos que dejar a ciertas etnias y tribus en paz y ciertos grupos de animales también.

Mira qué ha ocurrido con las tribus de Etiopía por ejemplo que se han convertido en un espectáculo fotográfico...

Sí, pero porque no se han hecho bien las cosas. El problema no es que haya ido gente allí. Hay una gran paradoja en ese tema. Por ejemplo, los hadzabe. Al principio de ir a trabajar con ellos no iba nadie, pero ocurrió que se hizo un documental por parte de la BBC. ¿Y qué ocurre? Pues que cuando la gente ve eso en televisión, de repente todo el mundo va a una agencia porque quiere ir allí. Vale, entra dentro de la lógica. Si va un antropólogo o un documentalista, por qué no puede ir otra persona. Ahora bien, ocurre que se tiene que gestionar bien. A ver, ¿si tú nunca has tenido interés antes, para qué quieres ir a ver hadzabes?

Eso… Ya me lo cuentas tú y de paso me entero mucho mejor.

Lo que ocurre es que como científicos no podemos prohibir que la gente vaya. El problema es que los hadzabe muchas veces son los últimos en ver un beneficio en todo eso. Por otro lado, gracias a los trabajos que hemos ido haciendo sobre ellos se han ido dando a conocer. Que haya fotógrafos, antropólogos, aficionados o profesionales, o que haya turistas bien intencionados que quieran verlos ha creado una concienciación social de que existen.

Las situaciones más peligrosas que he vivido han sido con un animal que se llama Homo Sapiens.

Es decir, que el turismo puede tener su parte negativa, pero también tiene partes positivas cuando cosas que estaban a punto de desaparecer por desconocimiento se empiezan a conocer, que es lo que pasó con los gorilas de montaña. Dian Fossey fue importantísima para que los gorilas tuvieran una protección, pero cuidado, porque ella se equivocaba en el hecho de estar en contra de la llegada de turistas, cuando hoy sabemos que si no fuera por esos turistas que van a ver los gorilas de montaña, no habría dinero para los parques. ¿Qué se tiene que hacer? Pues respetar las políticas de control de grupos, que la avaricia no lleve a superar el límite impuesto de seis o siete personas. Yo voy bastante por esas zonas y en Uganda, he de decir, que se respeta totalmente. Además, los permisos son carísimos.

Hablando de visibilizar a los hadzabe, me he acordado de Gabi Martínez, con el que habéis formado un curioso dúo de trabajo, como detectives especializados en “animales invisibles”.

De hecho, si todo va bien, dentro de poco tendremos una novedad al respecto. Es un proyecto en el que estamos los dos juntos, en el que hemos ido haciendo cosas por separado y ahora, por fin, vamos a hacer algo de forma conjunta.

Él publicó en 2019 su libro Animales invisibles (Ed. Nórdica Libros).

Sí, y me lo dedicó por sorpresa… Es un proyecto que va efectivamente en esa línea que dices de dar visibilidad a animales invisibles, bien porque son míticos o porque se extinguieron o porque son difíciles de ver por sus propias características zoológicas, como el calamar gigante, pero que forman parte de un patrimonio histórico importantísimo. Ese es un proyecto maravilloso porque te permite contactar con las comunidades locales. También porque la gente puede comprobar que todavía hay lugares donde aún hay animales asombrosos, como por ejemplo el tritón del Montseny, que es el único vertebrado endémico que tenemos en Cataluña. El Montseny se llena de gente los fines de semana, pero la mayoría no sabe que existe.

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En cambio la mamba negra o el gorila espalda plateada que aparecen en el libro no fueron precisamente invisibles. Tanto la serpiente como el gorila podían haber acabado contigo, ¿qué otras situaciones de peligro has vivido en tus viajes?

Bueno… Como explico en el libro, el encuentro con el gorila no fue peligroso. Al menos, no para mí. Aunque sí lo sintieron así los que me acompañaban. Pero lo cierto es que las situaciones más peligrosas que he vivido han sido con un animal que se llama Homo Sapiens. Esas han sido por desgracia las que más he vivido. Por ejemplo, encuentros con furtivos armados con Kaláshnikovs. No es una sensación agradable…

De todas formas, yo creo que lo que da más miedo es lo que no ves. Es como cuando la gente ve un día la película Tiburón y luego se va a la playa. El tema es que he estado con tiburones en las Galápagos rodeándome las piernas y no he tenido ningún miedo. Pero, lo mismo estás en aguas oscuras y te dicen que estás rodeado de tiburones y entras en pánico. Me ha ocurrido muchas veces que yendo con masais o hadzabes y estás en un lugar y comienzas a ver pisadas de un león o de un leopardo, o sus excrementos, pero no le estás viendo y sabes que él sí a ti. A veces son estas situaciones las que dan más miedo.

Escuchándote hablar no me extraña que muchos te comparen con Indiana Jones...

Ahh… Eso no, no, ya me gustaría ser Harrison Ford, pero no, no llego…

Eso sí, en tus libros aparecen muchas referencias a películas de aventuras, por ahí salen mencionadas las de Indiana Jones, El bueno, el feo y el malo, Parque Jurásico o El planeta de los simios... ¿Has sido de sesión doble de películas?

Incluso puedo fardar de sesión triple. En L'Hospitalet, sólo había dos cines con películas de estreno y el resto eran sesión doble. Pero había uno, en Santa Eulàlia, en el que daban incluso tres películas. Recuerdo ir con 5 duros al Cine Stadium, que estaba más cerca de mi casa, y me estaba ahí hasta que me tenía que ir a casa. También hacía que mis padres me compraran el Teleprograma porque me miraba todas las películas que iban a dar durante la semana. Para mí, Sábado Cine era sagradísimo, y la sesión de la tarde, que siempre solía ser una de Tarzan o un western o así… Pero lo cierto es que no soy cinéfilo, prefiero decir que soy peliculero, porque ojalá tuviera tiempo de verlo todo, pero como no lo tengo, selecciono mucho. Tal vez pueda ver por enésima vez La Reina de África o yo que sé, Las Minas del Rey Salomón o Casablanca o Las Historias de Filadelfia… Pero realmente el cine para mí es básico.

Volvamos a subirnos a un avión para viajar... Si pones rumbo hacia el sur ya sé que escogerás con toda probabilidad ir a Tanzania. Pero, ¿y si miras hacia el norte?

Sí, Tanzania siempre será como mi casa. En cambio, al norte... Yo siempre digo que mi ciudad favorita es Londres. Es una ciudad donde llegas y por meses que te pases, descubres rincones y lugares donde estuvieron todos tus héroes y heroínas.

Y al este, ¿qué animal invisible irías a buscar?

Pues, ahora un lugar que se me ha quedado pendiente por toda la cuestión de la pandemia y el confinamiento ha sido Mongolia, por todo el tema de los dinosaurios, tras la pista de Roy Chapman Andrews.

¿Y al oeste, cuál sería tu rumbo?

Me iría a las Islas Galápagos

¿Otra vez?

Sí, es que las islas Galápagos son brutales...