Un cine en el Prado

El Museo del Prado invita a sumergirse en la oscura Quinta del Sordo de Goya

La propuesta del francés Philippe Parreno lleva a otro nivel la experiencia de contemplar las perturbadoras pinturas negras de Goya que el museo expone en la sala 67 del edificio Villanueva.

El fotógrafo francés J. Laurent viajó hacia finales del siglo XIX por toda España con su pequeño carruaje laboratorio en el que preparaba y revelaba las placas de vidrio al colodión. Durante sus innumerables viajes se fue haciendo con una impresionante colección de fotografías que luego vendía en su tienda de París. Este romántico personaje fue uno de los últimos que pudo ver (y fotografiar) en 1874 las Pinturas negras de Goya en su ubicación original, en las paredes de la Quinta del Sordo. Luego fueron arrancadas por Salvador Martínez Cubells antes de que se derribara el ala de la casa donde se encontraban. La Quinta del Sordo fue demolida finalmente en 1909 y desde entonces, un aura de misterio la rodea. No en vano, fue el lugar donde se crearon unas de las pinturas más enigmáticas y fascinantes de la historia del arte español. Ahora las Pinturas negras de Goya cobran vida en su entorno original y podrán verse como nunca gracias a una singular propuesta del Museo Nacional del Prado, en colaboración con Fondation Beyeler, y de la mano del artista contemporáneo Philippe Parreno.

0b6c58b0-bb67-f10b-5bb0-d88bddf63967

Foto: Museo Nacional del Prado

9da3b517-fae4-4977-a1d5-49fdbd408c5d

“La cuestión que se plantea aquí es, por encima de todo, la de la imagen y el espacio, da igual en qué orden los planteemos”, dice Philippe Parreno acerca de la pieza que ha creado, una película de 40 minutos de duración que dialoga, experimenta y hace juegos de prestidigitación con las Pinturas Negras de Francisco de Goya y la desaparecida finca de la Quinta del Sordo. La película se proyectará en una instalación producida por ACCIONA Cultura en la sala 64-65 del Museo Nacional del Prado, hasta el próximo 4 de septiembre.

La propuesta consiste en un viaje al pasado, a un espacio perdido en los márgenes de la historia, la Quinta del Sordo, el lugar al que Francisco de Goya llegó solo, viejo y enfermo, y donde entre 1819 y 1824 pintó su famosa serie de pinturas directamente en las paredes de aquella residencia. De algún modo, Philippe Parreno hace algo similar a lo que hizo en 2012 con Marilyn, en la que el artista exorcizó la presencia de la fallecida actriz Marilyn Monroe, al recrear la suite del hotel Waldorf Astoria de Nueva York donde se alojó en la década de 1950.

9da3b517-fae4-4977-a1d5-49fdbd408c5d
Foto: Museo Nacional del Prado

Más que una proyección, un ritual

A pocos pasos de las pinturas negras de Goya, Philippe Parreno ha convertido el Museo del Prado en una de esas pequeñas salas de cine donde solo se suelen programar películas de autor y cine experimental. Él a lo que hace lo llama “ciencia ficción”. Lo que experimenta el espectador es un universo vivo, todo sombra y luz, como si estuviera en la caverna platónica a punto de ser revelado el mito que explica cómo un espacio se ha convertido en sublimación de una obra de arte. Los fotogramas vienen acompañados por música en directo, interpretada al violonchelo por J. M Artero.

Aunque Goya fuera sordo, el sonido durante la proyección es importante, tanto que Philippe Parreno se obsesionó en reconstruir la casa y el jardín en tres dimensiones para recrear fielmente la acústica original del lugar. Lo que se escucha viene de más allá del pasado, se ha recuperado del olvido.

violonchelo proyección Quinta del Sordo
Foto: Museo del Prado

Doscientos años entre las pinturas y la tecnología

Casi doscientos años van desde los murales originales pintados sobre yeso a los fotogramas iluminados con un haz de vela que ha producido Philippe Parreno. En el milagro de esta segunda vida de las Pinturas Negras de Goya ha tenido mucho que ver un equipo de cámaras ultrarrápidas (500.000 fotogramas por segundo) con las que el francés ha podido escanear los óleos con un detalle excepcional. La pieza se proyecta en diferentes momentos del día siguiendo una programación precisa. El músico presenta cada sesión con el sonido del violonchelo, la penumbra cae alrededor de los espectadores, la luz del proyector ilumina el pasado. Tal vez algo similar sintió J. Laurent cuando con su cámara fotografió aquel tenebrismo que no había visto nunca antes en ninguna otra obra de arte.