Proeza con conciencia

Nacho Dean, el español que nadó el mundo por la conservación de los océanos

Cinco océanos, cinco travesías y un mensaje: "Debemos ser conscientes de que no es posible una humanidad sana en un planeta enfermo".

Antes de embarcarse en la travesía de unir a brazadas los cinco continentes, Nacho Dean apenas había nadado. Y menos cruzando océanos. Su intención era firme, así que se sacó el bono de la piscina municipal y comenzó a entrenar. La idea no es tan descabellada, teniendo en cuenta la trayectoria y expediente de Dean: dos años antes se había convertido en el primer español en dar la vuelta al mundo a pie (33.000 km, 31 países y 12 pares de deportivas). Pero esa es otra - fascinante- historia.

2 Meis-Kas traverse (julio 2018) ABRAHAM YOUSSEF

Foto: Abraham Youssef

2 Meis-Kas traverse (julio 2018) ABRAHAM YOUSSEF

La última, la relata en su libro La llamada del océano. La gran aventura de unir nadando los cinco continentes, una hazaña que tiene como objetivo mandar un mensaje de conservación. “Mientras di la vuelta al mundo a pie fui testigo de la cantidad de plásticos y basura que hay en todas las playas del mundo”, cuenta Nacho Dean a Viajes National Geographic. “Sentí la necesidad de embarcarme en una nueva expedición para llamar la atención sobre la degradación de los océanos”.

Más del 70% de la superficie del planeta está cubierta por agua “y aun así la llamamos Tierra”, bromea Dean. No tan broma es el pronóstico que dan los expertos, quienes aseguran que para el 2050 habrá más toneladas de plásticos que peces en los mares. Los océanos, además de regular la temperatura, son los grandes pulmones del planeta: generan la mayor parte del oxígeno que respiramos y absorben el CO2 emitido a la atmósfera, pero “tal es la cantidad de CO2, que se está provocando la acidificación de las aguas, blanqueando los arrecifes de coral, lo que provoca su muerte”.

La Expedición Nemo

Así que, con ese mensaje de conservación de océanos en mente, y tras más de un año de entrenamiento que supuso 2.500 kilómetros nadando, se embarcó en lo que llamó Expedición Nemo. Su plan trazado no era sencillo: cinco océanos, cinco travesías a nado en aguas abiertas en los estrechos más apasionantes y remotos del planeta: el estrecho de Gibraltar (uniendo España con Marruecos), la travesía de Meis-Kas (Grecia con Turquía), el estrecho de Bering (EE.UU con Rusia), el Mar de Bismarck (Indonesia con Papúa Nueva Guinea) y el Golfo de Áqaba (Egipto con Jordania). “A medida que diseñaba la expedición me fui dando cuenta del peligro que conllevaba”, cuenta Dean. “Distancias kilométricas, mares revueltos, temperaturas glaciales y fauna”. Hablamos de tiburones, cocodrilos marinos -que pueden medir hasta cinco metros- o medusas irukandji, cuyo veneno puede ser letal. Aun así, nada le detuvo.

Nachooo

Nacho Dean en una imagen promocional del libro. 

Foto: Guillermo Pérez

En el mar Mediterráneo: nadando con tortugas

No es casualidad que el 8 de junio de 2018, Nacho Dean apareciese en Tarifa dispuesto a unir Europa con África, cruzando el mar desde Islas de las Palomas hasta Punta Cires. Era, como lo es hoy, el Día Mundial de los Océanos. Rápido se dio cuenta de lo poco permisivo que es el mar: “tú no cruzas el Estrecho, sino que el Estrecho te permite a ti cruzarlo”. Los vientos eran demasiado fuertes como para comenzar a nadar y tuvo que aplazar la salida hasta el 26 de junio, día que logró cruzarlo en casi cuatro horas.

“El Estrecho de Gibraltar es un lugar fascinante. Es ruta migratoria de mamíferos marinos”, explica Dean. “Por ahí pasan ballenas, calderones, delfines, cachalotes, orcas...”, un ecosistema que corre peligro teniendo en cuenta que más de trescientos buques cruzan sus aguas al día. Las infraestructuras portuarias, los vertidos de hidrocarburos, la urbanización del litoral, la actividad industrial o la sobrepesca son también un peligro para el hábitat natural. “España es el segundo país del Mediterráneo más contaminado por plásticos después de Turquía”, añade.

Tras cruzar el Estrecho de Gibraltar, era turno de unir Europa con Asia. Lo hizo desde Kastelórizo, una isla griega del Dodecaneso, hasta la costa de Kas, en Turquía. En total siete kilómetros que recorrió en dos horas, con tortugas marinas de compañeras. “Las corrientes llevan plásticos hasta este rincón y las tortugas acaban ingiriéndolos porque lo confunden con alimento. Además, las praderas de posidonia, algo endémico del Mediterráneo y que oxigenan el agua, están desapareciendo”.

Las corrientes llevan plásticos hasta este rincón y las tortugas acaban ingiriéndolos porque lo confunden con alimento.

Viajar en el tiempo: Estrecho de Bering

Lo más parecido a una máquina del tiempo se encuentra en el Estrecho de Bering, sobre el Círculo Polar Ártico. Se le llama la última frontera, que es intercontinental entre Asia y América. En total, 80 kilómetros de separación, pero justo en la mitad se encuentran las Islas Diómedes. La occidental pertenece a Rusia, la oriental a EE.UU. “Entre ambas islas pasa la línea de cambio de fecha. Fue como nadar hasta mañana y luego volver a ayer”. Una travesía de cuatro kilómetros, pero con temperaturas de 3º C, que Nacho Dean terminó en una hora y once minutos. Nada más salir del agua avistó a tres ballenas jorobadas. Por lo visto, había estado acompañado.

Lamentablemente, los efectos del calentamiento global son palpables en el Estrecho de Bering: “Antes se podía cruzar andando sobre el hielo, ahora son bloques flotando entre ríos de mar. Las morsas, las focas, los osos polares están migrando cada vez más al norte en busca del frío y la comunidad de esquimales, los Inuit, están viendo peligrar su alimento”.

Estrecho Bering

La inquietante travesía a nado por el estrecho de Bering.

Foto: Abraham Youssef

La travesía más complicada: Papúa Salvaje

Nacho era consciente de las complicaciones de la cuarta travesía cuando se disponía a unir Asia con Oceanía desde Mabo, Indonesia, hasta Wutung, Papúa Nueva Guinea. Una frontera delicada debido a los conflictos políticos. No menos delicado era nadar 22 kilómetros en aguas a 30º C, entre tiburones, cocodrilos y medusas con veneno letal. Así que fue bien preparado de neopreno y consciencia. Las brazadas se hacían pesadas en el agua caliente y cuando notó el picor de una medusa en la cara pensó “qué necesidad hay de jugarse el tipo. Me planteé abandonar, pero en ese momento un miembro de mi equipo se quitó la ropa y se metió a nadar conmigo. Ese gesto tan bonito me dio fuerza para terminar”. En total, seis horas y media nadando. “En la orilla de la playa me intentaba poner de pie y las olas me tiraban. Hice la aparición menos glamurosa del mundo”.

Mientras tanto, por aquellos parajes siguen llegando toneladas de plástico a las playas, los químicos empleados en agricultura se vierten al mar y empresas explotan a mil seiscientos metros de profundidad un yacimiento de oro y cobre en el mar de Bismarck, una amenaza para la supervivencia de las comunidades locales que dependen de la salud de los ecosistemas marinos.

El fin de la expedición en el Golfo de Áqaba

Esta fue la última y quinta travesía. Diez kilómetros desde Taba (Egipto) a Áqaba (Jordania). Era hora de unir África con Asia y poner punto y final. “El Mar Rojo es uno de los destinos favoritos a nivel mundial para la práctica del buceo. El mundo submarino es espectacular”. Completó la travesía en dos horas. La Expedición Nemo había terminado. “El reto deportivo está muy bien, pero el compromiso no acaba cuando toco Jordania. La misión es divulgar lo que veo y crear conciencia sobre el estado de los océanos. Está muy bien limpiar playas, pero eso es como poner tiritas. Hay que solucionar el problema de raíz, dialogar con autoridades y empresas, que se deje de fabricar tanto plástico y concienciar de un consumo responsable”.

Viajar sí, pero con cabeza

Nacho Dean recorrió el mundo a pie durante tres años, un medio de autopropulsión, el más amable con el medio ambiente. “Cuando viajamos, creo que hay que dejar un impacto positivo en los lugares”, segura Dean. “No ir a grandes complejos hoteleros, sino fundirte en su cultura, consumir local. Desplazarte por los lugares caminando, en bici o en transporte público. Pero es fundamental que los gobiernos y autoridades regulen el turismo con una legislación que respete el ecosistema. No todo vale. No todo por dinero”.

Es fundamental que los gobiernos y autoridades regulen el turismo con una legislación que respete el ecosistema.

Hoy en día, solo el 3% de la superficie marina está protegida. Ambientalistas y científicos como es el caso de Greenpeace piden el compromiso político de que al menos un 30% de la superficie se declare santuario marino con el fin de salvaguardar la salud de nuestros océanos. “Creo en el ser humano y confío en que seremos capaces de reaccionar a tiempo”, concluye Nacho. “Debemos ser conscientes de que no es posible una humanidad sana en un planeta enfermo”.

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