Trashumancia cultural

La oveja negra, una solución para la Siberia extremeña

En esta comarca, recientemente nombrada Reserva de la Biosfera, este color no es sinónimo de mal augurio... sino de futuro.

Hay un lugar extremeño donde el negro deslumbra de manera natural. A los insectos acorazados en refulgente quitina se unen buitres y cigüeñas del mismo color, y la guinda la pone un rebaño de 1.500 ovejas merinas negras criadas en ecológico. Toda esta fauna oscura coincide en La Siberia, la comarca extremeña que durante siglos se llamó Los Montes y los Lagos hasta que un embajador español que había vivido en Rusia la atravesó y encontró el parecido con la legendaria inmensidad vacía. Y el nuevo nombre, triunfó.

 

Merina negra

Foto: Gema Arrugaeta

Merina negra

Hoy, la región registra una densidad de siete habitantes por kilómetro cuadrado que la incluye en la denominada Laponia española. Un espectáculo de grandes espacios que combina la montaña emboscada con la estepa, la dehesa, los ríos y los embalses que, construidos durante el franquismo, hacen de La Siberia la zona con más costa interior de España. Distinguida el pasado año como Reserva de la Biosfera, es un paraíso del corzo, el zorro o el jabalí; y del rabilargo, la avutarda y las cigüeñas de cualquier color, además de los mastines, las vacas y las ovejas que pastan en extensivo, aunque no todas lo hacen igual.

El rebaño de merinas negras de la familia Cabello Bravo tiene su núcleo en Siruela, antigua capital invernal de La Mesta, la asociación de ganaderos y pastores que en la Edad Media ostentó un enorme poder en España. Las ovejas forman parte de un proyecto centrado en la recuperación de razas autóctonas ideado por el ganadero Miguel Cabello, que también cría gallinas, pavos, burros, mastines y cabras, si bien las ovejas son el símbolo, la metáfora emblemática de una apuesta que se basa en principios ecológicos e involucra a tres de sus cuatro hijos y a Marisa, su mujer.

Puebla

La Puebla de Alcocer y el entorno de La Siberia Extremeña.

Foto: iStock

Y es que la singularidad del rebaño no apunta sólo al color. La presión del mercado ha impuesto algunas dinámicas productivas que los Cabello Bravo no comparten: inyectar melatonina para cambiar los ciclos de sueño de las ovejas y hacerlas copular en épocas inusuales; procurarles antibióticos por sistema; o fumigar con pesticidas y herbicidas cultivos cercanos a los pastos son prácticas aún habituales, también en mucha ganadería extensiva, que la familia pretende evitar.

Su deseo sería centrarse en el comercio de lana emulando a sus colegas de Australia o Nueva Zelanda, conocedores de que la merina negra tarda más en echar lana pero, cuando lo hace, es de una finura emocionante. Sin embargo, ni España posee un buen mercado lanar ni los Cabello Bravo están dispuestos a aumentar el número de ovejas para satisfacer las expectativas de otros. Han recibido propuestas de diseñadores de alta costura para aumentar las cabezas de ganado, y siempre las han rechazado. “Yo sé cuál es mi medida. Sé lo que hay y lo que hago. Si crezco, esto se acabará”, dice Miguel Cabello, que después de esquilar, regala vellones a artesanas amigas para que tejan jerséis, calcetines o chales, además de realizar "esculturas" y alfombras como las que firma Laneras, un cercano proyecto textil sostenible.

Por otra parte, la merina no es una gran productora de leche así que, en el contexto español, el único negocio realista es la carne, que se vende especialmente a países como Marruecos, Dubái o Arabia Saudí, donde un jeque también les tentó para aumentar el rebaño. Pero tampoco. Marisa prefiere seguir haciendo pocos y exquisitos quesos con la leche de ovejas negras y, sobre todo, las cabras retintas, que luego reparte entre gente de confianza, porque su comercialización es ilegal, "aunque no hay nada más sano que esto".

La inexistencia de un matadero en la zona y las dificultades de los siberianos para vender su propia carne, leche y lana en el territorio que habitan ha convertido a Cabello en un ganadero de ideas y por eso, durante los meses que trabajé con sus negras, al saber que yo era escritor, pensó una forma de ayudar al sector primario y la cultura: una acción que sirviera para visibilizar hasta qué punto puede funcionar una alianza entre artistas y personas que viven en y cuidan de la naturaleza.

Embalse

La Siberia Extremeña es la región interior con más kilómetros de costa. 

La inspiración se materializó en la Caravana Negra, una pequeña trashumancia que convirtió a un grupo de artistas (el director de cine Agustí Villaronga, las ilustradoras Carla Berrocal y Carla Boserman, el director de animación Mario Torrecillas, los fotógrafos Carles Mercader y Gema Arrugaeta y el pintor Ángel Mateo Charris) en pastores de ovejas negras por tres días. Las obras resultantes se empezarán a exponer pronto y en paralelo se ha creado la Asociación Caravana Negra. Uno de sus propósitos es espolear la creación artística que mira a la naturaleza, además de invitar al apadrinamiento de animales autóctonos, estimular el voluntariado granjero, quizás abrir un museo "oscuro" y, si al fin llegan los permisos, vender un par de quesos o calcetines de merina negra en los pueblos siberianos.

Ahora que tras la pandemia miles de personas empiezan a observar la España vacía como una alternativa real de futuro, las ovejas negras demuestran hasta dónde puede llevar una idea emergida desde un color inesperado.

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