Pasión por la geografía

Fitz ROy
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Nuestra llegada a Geografía no pudo ser más teatral. La clase ya había empezado y nos dio por llamar a la puerta y entreabrirla un palmo, asomando por ella únicamente nuestras cabezas ladeadas. Como la sinceridad es a veces un buen atajo, dije en voz alta:

–¿Se puede pasar? Venimos huyendo de Filosofía.

A lo que el profesor respondió:

–¡Bienvenidos, adelante!

Durante ese curso descubrimos que para estudiar Geografía no hacía falta aprender topónimos. Pues, salvo en su nivel más elemental, esta ciencia no consiste en memorizar y ubicar países, ciudades, ríos, cordilleras, cabos o golfos, sino en comprender lo que hace singular a un territorio y cómo se relacionan los seres humanos con él.

 

 

Escultura de El PRincipio
Escultura de El Principito en Bres, Bielorrusia. Foto: Shutterstock

Las clases de José Luis Reinoso eran densas y didácticas. Había impulsado el grupo de teatro del instituto y le gustaba declamar sobre la tarima, dictando literalmente unos apuntes con los que apenas podía rivalizar un libro de texto. Sus enseñanzas destilaban amor y curiosidad por la tierra. Y era dado a saltarse el guion: recuerdo la mañana en quedespachó la agricultura de España en un cuarto de hora para dedicar el resto de la clase a instruirnos sobre vinos, tema que le apasionaba. Me pareció una forma sui géneris de acercarse a la filosofía de Epicuro, o a su famoso jardín, pero no partiendo de las ideas sino de la materia.

Viajar fue mi mayor prioridad desde la juventud. Así que cuando ingresé en la Facultad de Geografía e Historia al año siguiente no me identificaba con el personaje del Geógrafo que aparece en el libro El Principito. Antoine de Saint-Exupéry narra que este anciano redacta libros enormes y vive en el sexto planeta que visita el pequeño príncipe, del que apenas conoce nada, pues no dispone de exploradores que le remitan informes fiables y él jamás abandona su escritorio. Pero le da al Principito un buen consejo: que visite la Tierra, «un planeta que tiene buena reputación».

 

 

Guía del trotamundos
Portada de la Guía del Trotamundos. Foto: D.R.

La muerte de Franco flexibilizó los planes de estudios en la Universidad de Barcelona, lo que me permitió elegir únicamente asignaturas de Geografía a partir del segundo año de carrera, por interesantes que fueran la Historia o el Arte. Fue una época muy estimulante, donde compartí aula con Albert Padrol y Pep Bernadas, que fundaron la librería de viajes Altaïr en 1979. En la primera sede de esa librería presentamos la Guía del Trotamundos, publicada por la editorial en la que había empezado a trabajar. La había escrito Tomás Mata, tras alejarse un tiempo de sus estudios de Geografía para viajar por Europa. Habían pasado solo cinco años desde que llamamos a aquella puerta «huyendo» de Filosofía.

Si hay un profesor del que me considero discípulo es Lluís Casassas i Simó. Daba igual el título de la asignatura que impartiese ese año: en ella me matricularía. Sus clases eran magníficas, y aún más las cuatro excursiones en autocar a parajes de Cataluña que organizaba durante cada curso, de las que era obligatorio asistir a tres. En un mirador, en un prado, en el mercado semanal de un pueblo, en un claro del bosque, en una colonia industrial… Casassas nos ofrecía una extraordinaria visión de conjunto de ese territorio, integrando el escenario geográfico, la geología y la botánica, la historia y la economía, el arte o los retos del presente. Todo con ello con una afabilidad y una elocuencia fuera de serie.

 

El plano de metro de Nueva York
El metro de Nueva York, un universo de nodos. Foto: Shutterstock

Dentro de la Geografía existen diversas escuelas y no tendría sentido enumerarlas aquí. Pero una que ensanchó mi mundo es la Geografía de la Percepción. Según ella, cada ser humano elabora una imagen subjetiva del espacio que le rodea a partir de sus impresiones sensoriales y de sus experiencias y recuerdos. Y con ese material construye un mapa mental que no suele coincidir con los mapas reales. En La imagen de la ciudad (1960), el ingeniero y urbanista Kevin Lynch explica cómo organizamos la ciudad en nuestras mentes abstrayendo elementos del paisaje urbano. Clasifica esos elementos en sendas, bordes, distritos, nodos e hitos. Las sendas son las calles, vías o caminos por los que cada persona circula habitualmente, casi de modo automático y sin apenas prestarles atención. Los bordes son líneas que delimitan espacios, marcan discontinuidades en el paisaje y facilitan la orientación; por ejemplo, un río, una playa, una cordillera que corta el horizonte o una avenida o una vía de ferrocarril que dividen la ciudad. Los distritos son zonas o barrios en los que es posible adentrarse con la imaginación: lugares con personalidad propia que organizan la ciudad y favorecen los sentimientos de pertenencia en sus habitantes. Los nodos son confluencias de sendas en las que suele ser necesario detenerse para tomar una decisión, como las plazas principales de cualquier ciudad o una gran estación de tren. Los hitos son los edificios y enclaves singulares distintivos.

 

 

Niño viajero
Foto: iStock

Si un niño tuviera que dibujar un mapa de su ciudad, la senda que lleva a su escuela sería quizá la calle principal, y sus nodos e hitos más sobresalientes, tal vez un parque o la tienda de chuches. El mapa mental de quien habita en una ciudad varía en función de su trabajo y difiere notablemente del que esbozaría un turista o un crucerista. Pues el viajero va en pos de distritos singulares, donde le aguardan comercios que se nutren de él en buena parte, y de hitos que quizá lleva años deseando contemplar o fotografiar

Son esos hitos del paisaje y de la ciudad, cargados de significado, los que convierten un espacio homogéneo e impersonal en un lugar, es decir, en un centro que sirve de referencia a las experiencias personales y estructura el espacio, humanizándolo. Otro tanto se podría decir del paisaje rural. Cada cultura ha tenido hasta hoy su forma particular de cultivar la tierra, de construir sus poblados y templos o de celebrar sus mercados y sus fiestas. Del mismo modo, cada persona organiza su hogar a su manera, creando estancias o rincones que encierran valor para ella.

Cuanto menos homogéneo es un espacio, cuantos más lugares cargados de significado y personalidad posee, mayor es el vínculo que une a la población con él. El arraigo y la identificación que experimentan sus habitantes genera una sensación de seguridad. El lugar les ampara, pues las personas han vertido en él su trabajo, sus vivencias e ideas. Lo han convertido, en cierto modo, en una prolongación de sí mismas.

 

Jemaa el Fna
La plaza de Jmaa el Fna en Marrakech. Foto: Shutterstock

Las ciudades donde las personas se sienten más cómodas y a las que los viajeros volverían una y otra vez suelen responder a esa fórmula. Por un lado, una personalidad urbanística que estimule las asociaciones simbólicas y sea expresión de una memoria colectiva. Por otro, una relación directa entre sus habitantes, sea en las calles, comercios o establecimientos públicos. Ese calor humano, el alma de la aldea o la ciudad, es lo que las mantiene vivas y evita que se conviertan en un museo o un decorado, norma que también puede aplicarse a monumentos y santuarios. Cuando el ayuntamiento de Valencia le preguntó a Juan Goytisolo si consideraba posible hacer en la ciudad una plaza con el colorido y la vitalidad de la de Jemaa el Fna de Marrakech, el escritor contestó que no: «Esa plaza es el producto de siglos de relaciones humanas; lugares como ese pueden ser suprimidos por decreto, pero nunca creados por decreto».

A partir de la palabra griega topos (lugar), el geógrafo chino-estadounidense Yi-Fu Tuan (1930-2022) definió con el concepto de topofiliael conjunto de relaciones afectivas y de emociones positivas que el ser humano mantiene con un lugar. Ese paraje puede ser tanto su vivienda como un jardín, un paisaje de la infancia, una parte o la totalidad de su aldea o ciudad, un destino al que le atrae viajar... Pero según advierte Yi-Fu Tuan, un sentimiento creciente en el hombre moderno es lo que llama toponegligencia. Es decir, la tendencia a perder el sentido del lugar, el corte de las raíces que nos unen con el entorno. Ese desarraigo de las personas en un mundo cada vez más homogéneo es una de las causas de la actual crisis ecológica. El espacio pasa de ser una vivencia a convertirse en un concepto, algo ajeno e impersonal. Crece el número de individuos que no experimentan una relación de pertenencia hacia el lugar donde viven o en el que nacieron. El resultado es una alienación del ser humano, que acaba considerando los lugares o el paisaje como objetos con los que solo cabe una relación de consumo o una contemplación superficial. La toponegligencia, el descuido del lugar, reemplaza así gradualmente al sentimiento de topofilia, reprimiendo uno de los impulsos más íntimos del ser humano.

Sin embargo, al viajar tenemos la oportunidad de ejercitar nuestra capacidad instintiva para apreciar el entorno y sentirnos integrados en él, «como en casa», aunque nuestra relación con ese destino sea temporal. Desarrollar topofilia por ciertos lugares es una necesidad humana. Y la topofilia se ejerce a través de la acción y la preservación. Es algo que invita a involucrarse y comprometerse con el entorno, a participar en fiestas e iniciativas colectivas, a convivir y formar vecindario, cultivando lo que el pensador austriaco Ivan Illich denominó «el arte de habitar».

 

 

Portadas Edición Impresa

Bueno, ha llegado el momento de confesar por qué me doy el lujo de explicar estas cosas. La razón es que, tras casi nueve años dirigiendo la edición en papel de Viajes National Geographic (todo un sueño para un geógrafo y periodista amante de los viajes), acabo de jubilarme. Y me lo he pasado en grande, gracias sobre todo al magnífico equipo que forma la redacción. Personas con una profesionalidad, una paciencia, un humor y una modestia a toda prueba (¡cuesta tanto que se alineen esas cuatro fuerzas!), con las que ha sido un privilegio hacer la revista cada mes. Ya les dediqué una newsletter en junio de 2020. Pero en ella no aparece Isabel García, la nueva directora de arte, con quien solo he podido compartir 14 meses acabando de dar forma a las páginas tête à tête (suena mejor que codo a codo), fascinado por su creatividad visual y su amor por el planeta y sus gentes. Sandra Martín, la jefa de redacción y mi otra mano derecha, pasa a ser subdirectora de la revista. Suyo es el mérito de buscar el mejor autor posible para cada reportaje y de editar los textos a la perfección. Mientras que Javier Zori del Amo, director y gran impulsor de la web de Viajes National Geographic, pasa a dirigir también la revista en papel. Siempre le agradeceré que me animase hace cuatro años a escribir estas newsletters, pues mi vida habría sido menos rica y productiva sin ellas. Reuniendo las primeras 28, RBA publicó el libro Nómadas por naturaleza (en este momento ya habría material para un nuevo volumen, si la editorial se animase).

Probablemente, sin aquella profesora de Filosofía con la que no sintonicé nada de esto habría pasado o se habría escrito. Cierro pues una etapa y abro otra. Pero lo más importante es que la revista queda a cargo de profesionales magníficos. Estoy seguro de que la vais a disfrutar incluso todavía más.