Pequeña antología del viajar enamorados

Todos tenemos héroes. Uno de los míos es Paul Theroux. Pero no siempre uno tiene que estar de acuerdo con sus héroes. Yo no lo estoy con algo que el americano escribió en el Tao del Viajero: "Salir de casa; ir solo; viajar ligero; llevar un mapa; ir por tierra; caminar a través de una frontera nacional; llevar un diario; leer una novela que no tenga relación con el lugar donde estés; no usar el móvil si se lleva; hacer un amigo". Bueno, estoy de acuerdo en todo menos en lo de viajar solo. O, al menos, no siempre.

 

No puedo estar de acuerdo con él porque el mejor viaje de mi vida -en realidad, debería hablar del viaje que me cambió la vida- lo hice junto a Cris por Latinoamérica y duró casi dos años, desde Ciudad de México a Ushuaia, el fin del mundo. Un viaje para una vida posible.

Seguir viajando

El nuestro no es un caso excepcional: “En la vía 9 dentro de seis meses a las seis de la tarde”. ¿Quién no recuerda la despedida de Jesse (Ethan Hawke) y Céline (Julie Delpy) tras su noche de paseo y charla por Viena en Antes del amanecer (Before Sunrise), la película de Richard Linklater. Luego les vimos recorrer París y el Peloponeso en dos películas más que juntas son una bella indagación acerca del amor y los vaivenes que nos zarandean más o menos durante la vida. Para quien diga que la historia de Jesse y Céline no vale como ejemplo de viajar en pareja porque son dos personajes de ficción, tengo algunas historias más, estas sí, de la vida real (si es que lo real tiene mayor valor que la ficción).

Before Sunrise

De autonautas y viajeros enamorados

Julio Cortázar y Carol Dunlop se conocieron en unas conferencias de escritores en Montreal, en 1977. Fue un flechazo y al poco tiempo vivían juntos en París. Carol para Julio fue una segunda juventud: viajaron, jugaron, escribieron, se amaron. Ambos escribieron Los autonautas de la cosmopista a partir de la experiencia de su viaje de París a Marsella montados en Fafner, una autocaravana Volkswagen roja. Tenían algunas reglas a seguir: no abandonar nunca la autopista, hacer dos paradas mínimo al día en áreas de servicio, analizarlo todo como si fueran viajeros naturalistas clásicos.

 

El viaje de Julio y Carol duró pocos días, pero en las fotografías que se tomaron se les puede ver muy felices, radiantes, eternamente jóvenes a pesar de que la enfermedad les acechara ya sin que ellos lo sospecharan, con ese tipo de sonrisa franca y luminosa que tanto me recuerda a la que solía lucir en sus fotografías Osa Johnson, la chica rubia, la viajera y aventurera empedernida, que todo Hollywood adoró en la primera década del siglo XX.

 

Cuando Osa se casó con el fotógrafo de cine Martin Johnson en 1910 tenía solo 16 años. La pareja no se instaló en su nido de amor como se acostumbra hacer, sino que emprendieron una vida de nómadas que duró hasta el final de sus días, acumulando libros y documentales (ambos fueron brillantes precursores del documental etnográfico): el salvaje Oeste Americano, los mares del Sur, Kenia, Nairobi, Borneo… Hicieron de sus vidas “la más bella de las aventuras”.

Rocosas canadá
Foto: iStock

Isabella Bird y Jim Nugent no eran tan bellos ni tan cinematográficos como Osa y Martin, pero sí tuvieron vidas viajeras igual o más intensas, y además protagonizan la más improbable de las historias de amor recogidas aquí. Cuando Isabella, la primera mujer en formar parte de la Real Sociedad Geográfica de Londres, llegó a las Montañas Rocosas en 1873 ya era una mujer con una buena carga de aventuras y viajes a cuestas a pesar de su delicada salud.

 

De hecho, el primer viaje de Isabella llegó por prescripción médica. Hubo de vivir una larga travesía y un huracán para dejar atrás por fin las depresiones y el insomnio y ya nunca dejó de viajar. Así que en 1873 se pasó seis meses intensos por Colorado y escaló el Long’s Peak guiada por Jim. En el último tramo, Jim cargó con ella como si fuera “un fardo de heno”, tal como contó ella misma en A Ladies Life in the Rockies, un libro que está plagado de indicios, al igual que las cartas que Isabella envió a su hermana, de la extraña tensión amorosa que vivieron, al más puro estilo de drama romántico, esta lady viajera y el sinvergüenza y tuerto -había perdido el ojo en un encuentro desafortunado con un oso grizzly- Jim Nugent.

 

Cimas geográficas y sentimentales son las que alcanzaron las parejas que aparecen en esta pequeña antología del viajar enamorados. Cimas amorosas que alcanzaron porque estas parejas no viajaron acompañándose, sino que lo hicieron (créanme) buscándose constantemente. Recuerdo el libro que Jesse iba leyendo en el tren de camino a Viena, cuando se encontró con Céline. Son unas memorias del actor Klaus Kinski, el mismo que dijo que ”hay que ser tan viejo como la Creación, y al mismo tiempo tan joven como si aún no se hubiera nacido… Hay que entregarse, abandonarse. Hay que perderse y volverse a encontrar. Las llamas del alma no deben apagarse nunca. ¡Hay que arder sin cesar, hay que quemarse y apagarse y volverse a encender!” ¿Y no es esa acaso la verdadera naturaleza del amor y del viaje? Viajemos pues enamorados y entonces todas las vidas posibles serán siempre nuestras.