Un Pantone playero

Las playas más coloridas

Nadie puede resistirse al innegable atractivo de estas coloridas fachadas a orillas del mar.

Las casetas de playa fueron antiguamente una pieza muy característica del veraneo más elegante, y, gracias a sus colores, también del más decorativo. Su función era la de proteger a sus usuarios del sol, del viento o del gentío. También servían para cambiarse de ropa sin riesgo de ser visto y para guardar los trastos. De madera, tela o hasta latón, solían colocarse al inicio de la temporada estival y se retiraban al final del verano, con la llegada de ese septiembre que siempre amenaza con traer tiempos más fríos. 

 

A día de hoy, playas de todo el mundo continúan tiñéndose de alegres colores gracias a estas casetas de madera o carpas de lona. Muchas, además, tenían un origen asociado a diversas funciones, como la pesca, y han acabado siendo un reclamo turístico. En muchos casos, estas llegan a ser más conocidas, incluso, que la propia playa que las alberga.

 
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De verde y blanco en el Garraf

La playa del Garraf no es precisamente grande o famosa. Se exhibe, más bien discreta, para los viajeros que, desde las ventanas de los vagones de trenes y cercanías, miran hacia el mar, tal vez deseando chapotear en él en cuanto el tiempo -físico y atmosférico- se lo permita. A pesar de no ser muy frecuentada, la playa del Garraf cuenta con una imagen entrañable y carismática que atrae profundamente a quienes la descubren y la convierten en un de las más carismáticas de las playas de Cataluña. Y la culpa de ello la tienen las llamadas 'Casetes del Garraf'. Se trata de un conjunto de casetas de playa que, con sus colores verdes y blancos, son el elemento más icónico. Estas cabañas de madera, ahora remodeladas, son antiguas barracas que los pescadores de la zona usaban para guardar sus utensilios.

Costa Nova-Aveiro

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Costa Nova y sus 'palheiros'

Fina arena, dunas salvajes que se mecen entre la calmada ría y el indómito Atlántico, y ni rastro de ladrillo. Solo una paleta de optimistas y alegres colores. Quizás, fuera de territorio portugués, el nombre de Costa Nova no sea de los más conocidos, pero Instagram ha encumbrado esta playa de la zona norte de Portugal hacia lo más alto en cuanto a fotografías de coloridas y marítimas fachadas se refiere. La pequeña urbanización de playa se diferencia de los pueblos colindantes debido a sus palheiros, las famosas casas a rayas donde el blanco se combina con el azul, el rojo, el amarillo o el verde, haciendo de sus fachadas un arcoíris marinero de innegable atractivo.  Los palheiros surgieron como almacenes para los pescadores locales que faenaban en la zona cuando Costa Nova aún no había sido edificada. Con la llegada del turismo, estos fueron reformados y pasaron a convertirse en residencias turísticas y en un imán para aquellos que buscan la foto más colorida y veraniega del día. 

San Lorenzo

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Las casetas de San Lorenzo

La historia de Gijón es, también, la de su mar. La ciudad ha vivido siempre mirando hacia él y aprovechando al máximo esta relación. También para el ocio. En el siglo XIX, era la de Pando la playa que se utilizaba para el descanso. Ya entonces estaban allí las típicas casetas de madera de colores, hasta la reina Isabel II tuvo la suya propia en el verano de 1858, durante su estancia en Gijón. Con el tiempo, la playa de San Lorenzo se convirtió en la más popular y las coloridas barracas también se trasladaron a este nuevo emplazamiento.  Con 1,5 km de arenal, la asturiana playa de San Lorenzo y sus casetas se han convertido en un emblema en Gijón. Alquiladas o compradas, las casetas ahora son de lona y sirven de lugar de descanso, reunión y dan intimidad para guardar ropa y objetos personales.

 
Zarautz

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Los toldos de la playa de Zarautz

Más que casetas, en la de Zarautz, la playa más extensa de Gipuzkoa, lo que hay son toldos con rayas de colores. Los llaman “toldos”, en detrimento del contundente término “caseta”, debido a que el refugio que suponen poco o nada tiene que ver con algo que se asemeje a una casa, sino que se trata de estructuras cubiertas por rayados trozos de tela que los tolderos montan y desmontan. Alrededor de ellos gira toda la vida social playera durante el verano. También fue así como los llamó el pintor valenciano Joaquín Sorolla cuando retrató a su familia en dicha playa, en su cuadro Bajo el toldo

 
Cromer Beach

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Cromer Beach, casetas, época victoriana y un muelle de madera

Una tímida fila de garitas de madera se asoma al mar de Cromer Beach con sus coloridas vestiduras hechas de pintura. En el condado costero de Norfolk, la pequeña localidad de Cromer es uno de los destinos más habituales para el veraneo de las familias inglesas. Pero no solo de unas cuantas cabinas de colorines que, antiguamente, servían para cambiarse recatadamente, puede vivir el lugar. Cromer cuenta, también, con una profunda herencia victoriana y un llamativo muelle de madera, tan típico de las localidades costeras inglesas, plagado de puestos de comida. Además, aquellos que disfruten de la carne del cangrejo, encontrarán un verdadero manjar en los que, desde hace siglos, se vienen pescando en esta zona.

Art Decó de Miami Beach

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Los puestos de socorristas Art Decó de Miami Beach

Alrededor de 30 casetas salvavidas y “alegravistas” se reparten a lo largo de la playa más grande del sur de Florida. Cualquiera que haya visto “Los Vigilantes de la Playa” sabe de este tipo de puestos de socorristas, pero los de Miami Beach son un deleite visual, además de vitales para los bañistas. Los primeros fueron instalados en los años 20 del pasado siglo, aunque la mayoría de los que se mantienen en pie a día de hoy son mucho más recientes. Tras el huracán Andrew que, en 1992, destrozó gran parte de la ciudad, hubo que reemplazar las casetas originales que fueron arrancadas de cuajo por la fuerza del viento, y fue el arquitecto William Lane el encargado de hacerlo. Se inspiró en el estilo Art Decó, que caracteriza a la ciudad, pero también en las formas del pop de los cincuenta y los sesenta y en en la fauna tropical de la zona sur de Florida, convirtiéndolas, así, en un enérgico y juguetón reclamo turístico donde las inspiraciones son tan dispares y coloridas que parecen gominolas sacadas de la mente del burtoniano Willy Wonka.  

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