Trucos fotográficos

Receta de una foto: el bosque encantado

La explosión de colores en el otoño es una de esas ocasiones que un fotógrafo no debe perderse… Aguardan muchas sorpresas.

Muchas veces, fotografiar es un ejercicio sencillo donde una bella imagen está al alcance de todos. Solo es importante la ilusión por descubrir los lugares en el momento oportuno. En esta ocasión, el protagonista es un bello rincón aragonés cuyo descubrimiento merece ser inmortalizado. Y no perecer en el intento.

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Foto: Gonzalo Azumendi

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Ingredientes

  • Lo más importante, el lugar. Por eso, conviene escoger un paraje repleto de árboles que durante esta época pierden las hojas sin quedarse del todo desnudos. El agua es el otro elemento clave, ya que le aporta a la foto un contraste de color y, a su vez, permite crear un espejismo mágico con el efecto seda.
  • Sin miedo a los días nublados. Entre árboles, la luz puede filtrarse creando fantásticas imágenes; pero también contrastes insalvables. Como en esta foto, un cielo nublado asegura una iluminación uniforme, pero menos espectacular.
  • Trípode. En la espesura de los bosques, un trípode es un buen aliado para paliar la falta de luz y conseguir mayor profundidad de campo.

Elaboración

El otoño se asocia al tránsito, quizás a cierto declive que precede a los días sin luz. Sin embargo, es una época llena de energía, ideal para echarse al monte, y entre abedules, olmos, robles y hayas, retratar los infinitos colores que saturan los bosques. Este cálido arco iris vegetal se completa en esta foto con los tonos fríos de la Cascada del Estrecho en el Valle de Ordesa. Una imagen sencilla, como un regalo al alcance de todos, con solo seguir los indicadores.

El disparo instintivo puede ser un encuadre vertical de la caída del agua; pero el otoño hipnotiza y atrapa… Para integrar sus colores, se impone una imagen horizontal, aquí dividida en dos mitades exactas: el lado derecho pétreo, estático, y de tonos dorados, toma relieve contra las aguas azules de la mitad opuesta, plena de dinamismo.

Como parte del rito, en esta época es habitual que los bosques se pueblen de columnas de fotógrafos, que igual que comandos de marines portan voluminosas mochilas donde nada falta: filtros, teleobjetivos por si aparece un corzo, objetivos macro para retratar hongos, reflectores y multitud de accesorios para resolver cualquier situación, incluida la bota de vino. Pero mucha carga agota, mermando energías y creatividad. Otra alternativa es fotografiar con lo básico: una cámara y un pequeño zoom. Restará posibilidades, pero se gana en frescura al disparar sin tregua, igual que guerrilleros integrados en la selva.

Cada cual elegirá su opción, pero siguiendo con esta imagen de ejemplo, los pasos de unos y otros llevaran al mismo estrecho mirador, el único lugar despejado donde está vista resulta posible… cualquiera que se asome tiene asegurada la preciosa postal, algo así como fotografiar un cuadro allí expuesto, donde solo es necesario apuntar. De este modo, todas las fotos serán parecidas, pero cada cual vivirá la suya individualmente con una intensa satisfacción personal.

El desafío sería conseguir algo diferente, más personal, pero en muchas ocasiones al hacer la foto de un paisaje, la respuesta es automática. Se ve y se dispara. Diríase que es la escena la que atrapa a la cámara y la gobierna… Como en una trampa, el fotógrafo cae preso del hechizo del bosque, y toma la foto dirigido por ese encantamiento.

Es al revelarla cuando la imagen muestra sus inquietantes secretos. De pronto empiezan a aparecer caras, como sí elfos, ninfas, duendes y otras criaturas hubieran jugado con el fotógrafo, y ahora se muestran, reivindicándose… O quizás retratados accidentalmente, en un descuido fatal que les delata.

De pronto, la cascada se convierte en un druida de pelo y barbas blancas, o en la piedra superior dentro el agua, aparece un rostro de aspecto chamánico. Observándola, esa misma roca mutara en dos caras diferentes de frente y una más angustiosa de perfil.

Aún más zozobra produce toda la mitad derecha, que oculta el rostro gigante del hombre roca, con su nariz disimulada por el árbol rojo, un ojo a su lado izquierdo, camuflado en el agujero pegado a la cascada, y a su misma altura en el borde derecho, el otro… Fácil es identificar la boca en la raya que por abajo cruza la pared.

Con estos descubrimientos, mejor rogar que todo sea un fenómeno de pareidolia, (ese peculiaridad de ver figuras y rostros en superficies y objetos), porque ampliando la foto nos invaden nuevos rostros turbadores. De pronto, la belleza inicial de la foto se transforma resultando imposible volver atrás, a la inocente mirada original… ahora solo aparecen caras, los secretos escondidos del bosque encantado. Imposible soslayar el hechizo,

Fotografiar el otoño es observar y sentir sus colores y formas… quizás Saint-Exupéry pensaba en los fotógrafos cuando en su libro El Principito nos legó aquella celebre sentencia: “Solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos “.

Emplatado (y edición)

  1. Lo primero es rescatar las altas luces, para no perder detalle en el agua ni en el brillo de las hojas. Así será más fácil retocar después el color.
  2. Posteriormente, se ajusta el contraste para dar volumen a la vegetación y se potencian los colores amarillos y rojos con corrección de color, buscando una mayor separación de los arboles con los tonos de las rocas y el cian del agua.
  3. Solo queda añadir un poco de saturación y la foto está lista.

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