Seducción instantánea

Receta de una foto: la sonrisa entre los arrozales nepalís

Hay lugares en los que la sonrisa no es impostada, en los que es un lenguaje universal. Ante esta serendipia, el fotógrafo solo puede dejarse embaucar.

Posiblemente, el requerimiento más habitual al retratar a alguien es pedir que sonría, y ante esta reacción, el hechizo le vuelve al fotógrafo como un efecto boomerang, seduciéndole. Pero hay países donde el idioma no es compartido. Y en muchos de ellos, no es necesario hablar ni sugerirla: como algo universal, la sonrisa es el lenguaje de sus habitantes ante el forastero, una especie de esperanto sin máscara.

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Foto: Gonzalo Azumendi

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De una u otra forma, en todos los rincones del mundo la existencia supone un continuo anhelo de brotes verdes, de ver germinar las cosechas tras inviernos que siempre se superan. Quizás esta emoción tiene mucho que ver con esta sonrisa que en Nepal atrapa al fotógrafo, junto al lago Phewa en Pokhara. Ante la imposibilidad de acercarse por el terreno encharcado, el teleobjetivo nos acerca a una mancha escarlata, la mujer de rojo de los arrozales. Por si su luz y alegría fuesen pocas, además sonríe, mientras parece sugerir aquello de “antes muerta que sencilla” en versión rural estilo Himalaya. La cámara congela el tiempo en ese instante precioso, mientras la imaginación vuela hasta El País de las Maravillas de Alicia, recordando su pregunta al Conejo Blanco

Alicia: ¿Cuánto tiempo es para siempre?
Conejo Blanco: a veces un solo segundo.

Es decir, ese instante que la fotografía congela, es la eternidad. (Lewis Carroll entendía esto bien ya que, además de escritor, fue un apasionado fotógrafo.)

¿La eternidad?... contemplando la escena, alguien se sentirá transportado al cielo, un paraíso que no es azul, sino verde, el color de la esperanza que está aquí, en la misma tierra.

Es por eso que tratar de explicar técnicamente la imagen resulta una tarea inviable. Es mejor sentirla. Algún erudito recurrirá a los puntos de fuga que forman los caminos conduciendo la mirada, o a la teoría del color, indicando que rojos y verdes son complementarios por lo que el atractivo está asegurado. ¿Pero acaso eso lo sabe ella? ¿Lo intuye y juega con todas las gamas del rojo para ir tan… ¡tan guapísima!?

Nada parece importarle. Ajena a todo el discurso medioambiental, elimina las malas hierbas con su hoz de druida, repitiendo por siglos el cultivo del arroz, el alimento básico de medio planeta. Resulta fácil comprender que esta naturaleza es parte de ella misma. Hay una simbiosis de energía donde las plantas parecen transformadas en un ejército de lanzas custodiando a su reina, fieles hasta morir por ella en la próxima cosecha. La vivencia es sublime, una suerte de síndrome de Stendhal según se cae por un túnel de emociones ante esta belleza única y natural.

De pronto el fotógrafo aterriza y despierta. Desarmado ante tanto poder, es como si observarla produjese una tensión donde uno entiende que está fuera, en un episodio pasajero de dos mundos ajenos, algo cercano a un duelo de miradas, en el que cuesta aguantar esa sonrisa limpia, y se impone bajar la cámara para no sucumbir a tanto hechizo (ese temor atávico de ser transformados en estatuas de piedra, al mirar fijamente a los ojos de la Medusa.)

¿Es consecuencia del uso del teleobjetivo, que muestra la vida desde lejos sin exponerse a ella?

Cámara y tecnología cuestionan la existencia de uno mismo. No es la mujer de rojo quien lo hace desde su universo tan ajeno. Los dos mundos se cruzan un instante; mientras uno usa una diminuta hoz para preservarlo, el otro busca atraparlo en pixeles… Tras lograrlo y dejar atrás la escena, siempre quedara ese sueño recogido en la memoria de una foto, mientras “Alicia través del espejo” se despide con una última pregunta:

Sombrerero Loco: en los jardines de la memoria, en el palacio de los sueños, allí es donde tú y yo nos encontraremos.
Alicia: Pero un sueño no es la realidad…
Sombrerero Loco: ¿Quién puede decir cuál es cuál?

Ingredientes:

  1. Un zoom 80-200 en cámaras de formato completo, o su equivalente, es perfecto en viajes fotográficos.
  2. En posición teleobjetivo el espacio enfocado es menor, y cuanto más abierto sea el diafragma, más se potenciará este efecto.
  3. Incluir personas en las imágenes rescata y humaniza paisajes a menudo vacíos. No tanto por dar proporción a las escenas (algo objetivo), sino por añadirles “alma” (elemento subjetivo.)

Elaboración:

El punto de foco en escenas como esta, es crucial, pues aísla y destaca el motivo… Es habitual el intento de utilizar la profundidad de campo como un intento de conseguir la mayor cantidad de imagen enfocada, lo que en ocasiones es menos interesante. En esta fotografía, se puede apreciar como el foco selectivo define y resalta a la mujer, y al estar en el mismo plano, también a la única planta que sobresale en el campo.

Un teleobjetivo fijo, o un zoom más versátil, permite cerrar la escena eliminando elementos que distraigan la atención.

Emplatado y edición:

Esta fotografía resulta vibrante por sus colores, y esta es la circunstancia que hay que potenciar. Bastará un mínimo retoque para ello.

Con la herramienta de corrección de color, se acentúan las diferentes tonalidades de los verdes de forma selectiva. Del mismo modo se procede con el magenta y los rojos, aumentando la atracción de los colores complementarios.

Aplicar contraste entre las diferentes tonalidades verdes del arrozal, ayudará a crear una sensación de movimiento que invita a adentrarse en su interior.

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