Cuestionario en modo avión

Sandra Barneda: "Recomiendo Lisboa a todo el mundo. Con esa magia y melancolía parece que el tiempo se ha detenido allí"

La novela 'Un océano para llegar a ti' la ha convertido en finalista del Premio Planeta 2020.

Cada novela de Sandra Barneda (Barcelona, 1975) es un viaje por dentro y también por fuera. Del corazón de Bali en Reír al viento, escenario de su primera novela, a un diminuto pueblo de la comarca del Ampurdán en La tierra de las mujeres, la segunda. De la Venecia del siglo XVIII de Las hijas del agua a un riconcito de la Sierra de Gredos, Candeleda, en Un océano para llegar a ti, su último libro. No solo en la ficción ha viajado la periodista, presentadora de televisión y escritora, además de reciente finalisa del Premio Planeta 2020. Su pasaporte, prolífico y aventurero, presume de destinos cercanos como Málaga, País Vasco o Portugal –en especial, Lisboa y Sesimbra–. Y de otros lugares más alejados que le han dejado una huella imborrable. Como la isla de Bali, que la ha mimado hasta en ocho ocasiones, o la subida al pico más alto de Malasia, el Monte Kinabalu, en la Isla de Borneo: un hito en sus viajes y también en su vida. Ahora los deseos los tiene puestos en los fiordos noruegos, el Tíbet y un destino tan deseado como eternamente pendiente: Machu Picchu y la parte del Amazonas en Perú.

Sandra Barneda

Foto: Carlos Ruiz

Sandra Barneda

¿Cómo sienta convertirse en finalista del Premio Planeta?

Es un orgullo formar parte del club selecto de autores premiados con el Premio Planeta. Un orgullo y una responsabilidad, al mismo tiempo.

Una novela es siempre un viaje interior. ¿Hasta dónde te ha llevado este último?

Un océano para llegar a ti ha sido un viaje maravillo por el mundo de las emociones, el volver a lo esencial, a arañar la belleza de la vida desde lo cotidiano, desde lo que tenemos al lado y, por tenerlo al lado, no vemos, muy paralelo al momento en el que estamos, en el que la vida nos ha detenido y hemos tenido que volver a mirar lo esencial.

Gabriel, la protagonista, también hará el suyo propio...

Gabriel cruza ese océano para llegar a su padre y también a ella misma. Esta es una novela que habla de los reencuentros, de los malos entendidos y de las cuentas pendientes, también de los secretos familiares y de cómo las verdades soterradas con el tiempo pueden llegar a separar a dos personas que se quieren.

Candeleda, en el sur de la sierra de Gredos, entre el Valle del Tiétar y La Vera, en la provincia de Ávila. ¿Por qué has elegido este escenario para construir tu historia?

He elegido Candeleda porque necesitaba un pueblo cercano a Madrid que rezumara belleza por todos los lados. Y al estar rodeada de la cara sur de la Sierra de Gredos, con el pico Almanzor, me parecía el entorno de belleza que necesitaba la historia, una historia de recorrido de vida y de reconocer esas emociones que, a veces, se quedan estancas y dificultan el fluir de la vida.

He elegido Candeleda para mi novela porque necesitaba un pueblo cercano a Madrid que rezumara belleza por todos los lados.

Candelda

Puente del Puerto, uno de los paisajes que rodean Candeleda (Ávila)

Foto: Shutterstock

¿Te trastadaste hasta allí para escribir la novela?

Candeleda ha sido un lugar donde he pasado bastante tiempo para conocerla, pasearla, para imprimirme del carácter de los candeledanos, pero también he escrito en Madrid, Barcelona y Portugal.

Llegaste a Madrid hace más de 20 años desde tu Barcelona natal. ¿Qué añoras de ella?

Añoro poco, porque tenemos la ventaja de estar muy bien comunicados. Sigo teniendo a mi familia allí y viajando muchísmo a Barcelona. Siempre he dicho que el complemento perfecto es estar entre Barcelona y Madrid, porque Barcelona tiene cosas que Madrid no tiene y Madrid tiene cosas que Barcelona no tiene, así que me siento una privilegiada de poder vivir las dos ciudades.

Pregunta obligada: ¿cuál es la razón por la que viajas?

Porque necesito ampliar horizontes, enriquecerme y sentirme pequeña ante la inmensidad de las cosas que voy conociendo. Me llena de vida viajar y conocer gente, paisajes, culturas.

Viajo porque necesito ampliar horizontes, enriquecerme y sentirme pequeña ante la inmensidad de las cosas que voy conociendo.

Un océano para llegar a ti, se titula la novela. ¿Has cruzado muchos?

Soy más de mares que de océanos. He cruzado el Atlántico y el Índico también. Aunque gusta el océano porque me parece más salvaje que el mar. Cuando estoy frente a un océano, me parece más inmenso, más abrupto.

¿Qué recuerdo te han dejado la península de Samaná y República Dominicana? Hasta allí te trasladaste con La isla de las tentaciones

Me han dejado muchos recuerdos... He vivido experencias maravillosas trabajando con un gran equipo. Hemos estados dos meses y medio prácticamente confinados en un hotel. He podido salir muy poco del hotel por la situación de pandemia mundial que vivimos, pero no olvido esas playas salvajes, esa luz, esas palmeras que me han acompañado durante todos esos días de grabación y rodaje...

Samaná

"De Samaná no olvido esas playas salvajes, esa luz, esas palmeras"

Foto: iStock

Si pones rumbo al norte, ¿qué destino eliges?

El País Vasco y Cantabria por ese paisaje abrupto que tienen, por esa inmensidad de verde, aunque el corazón me lleva más al País Vasco.

¿Y si miras al sur?

Si miro al sur, también hablándote con el corazón, me quedo con Málaga. Es una ciudad que ha ganado mucho con los años, en la que tengo grandes amigos. Cada vez me gusta más pasearla, disfrutar de su actividad cultural, que han cuidado y mimado, y siguen enriqueciendo cada año.

Málaga es una ciudad que ha ganado mucho con los años

Al este, ¿adónde nos llevas?

Si miro al noreste me quedo con la zona del Ampurdán. Cadaqués, Port de la Selva, Llançà… Es una tierra que también llevo en el corazón y en homenaje a ella escribí La Tierra de las Mujeres.

¿Y al oeste? ¿Algún lugar en tu corazón?

Lisboa es una ciudad que también llevo en el corazón, tengo grandes amigos portugueses y cada dos o tres meses intento escaparme. La recomiendo a todo el mundo: la ciudad de Pessoa, con esa magia y melancolía... Parece que el tiempo se haya detenido allí.

Lisboa

"Lisboa la recomiendo a todo el mundo: la ciudad de Pessoa, con esa magia y melancolía..." 

¿Qué tipo de viajera eres?

Va con mi carácter, soy una viajera muy nerviosa. Cuando llego a un sitio nuevo, el primer día estoy revolucionadísima y me gustaría conocerlo todo. Me pego mucha paliza caminando, exploro mucho, pero al mismo tiempo no me gusta marcarme objetivos. Me gusta fluir, observar a la gente. Cada vez estoy aprendiendo más del turismo gastronómico, suelo buscar restaurantes de las zonas. Soy de caminar las ciudades.

¿Gastas alguna fobia o manía cuando viajas?

No suelo tener fobias ni manías. Creo que para viajar es importante tener la mente abierta y no ir con un concepto preconcebido. Me dejo llevar, cada viaje es una aventura.

¿Tu souvenir más apreciado de cuantos atesoras en casa?

Es un Buda tallado en madera, inacabado, que compré a un artesano de Bali la cuarta vez que estuve allí. El artesano me miraba con los ojos muy abiertos porque tenía otros budas muy bonitos y completamente terminados. Y también otra talla de Buda inacabada de la que solamente se ve la silueta.

¿Tu próximo viaje?

Todavía no me he planteado cuál será mi próximo viaje, pero tengo muchos pendientes, se me acumulan, y ahora viajo más con la cabeza que físicamente. Me gustaría conocer los fiordos noruegos, también tengo pendiente un viaje a el Tíbet.

Bai

"He estado como ocho veces en Bali, es de esos lugares que siempre están ahí". 

¿Y ese eternamente pendiente? Siempre hay uno...

Machu Picchu y la parte del Amazonas en Perú.

¿Un destino que te haya emocionado: con el que se haya creado un vínculo fuerte e inesperado?

Bali, sin duda. He estado como ocho veces, es de esos lugares que siempre están ahí. También la zona de Sesimbra en Portugal que, como está más cerca, voy más a menudo.

¿Y el viaje más impresionante de todos los que has hecho en tus 45 años de vida?

El viaje más impresionante lo hice junto a Jesús Calleja, que me invitó a subir un 4.100, el Monte Kinabalu. No soy nada montañera y para mí ascender esa montaña fue una experiencia inolvidable. Y a continuación, vencer mi vértigo y descender la ferrata más alta del mundo. Fue un viaje que no voy a olvidar nunca.