God Save the Queen

Todo sobre Balmoral, la última residencia de Isabel II

Así es la finca ubicada en Escocia por la que la soberana británica sentía auténtica devoción.

Las banderas ya ondean a media asta en Buckingham, pero Isabel II falleció lejos de Londres, rodeada de su familia en el castillo de Balmoral, en Escocia. Si bien muchos descubrieron la existencia de este lugar gracias a la gran pantalla -en la magistral película The Queen (2006) de Stephen Frears o en la cuarta temporada de la serie The Crown, por ejemplo-, los verdaderos conocedores de la galaxia de la Casa Real Británica sí sabían del infinito apego que Isabel II tenía por esta finca familiar. De hecho, los miles de visitantes que acuden anualmente hasta el castillo lo han convertido en uno de los lugares más famosos de Escocia. Ahora pasará a la historia como el lugar donde murió la reina más longeva y popular del Reino Unido, todo un referente de la monarquía europea tras siete décadas al frente de la Corona británica.

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Foto: Shutterstock

Balmoral

La muerte de Isabel II en Balmoral supone prácticamente una metáfora: allí la soberana siempre encontró refugio, incluso en los días oscuros tras el accidente mortal de Lady Di en París. El castillo era, según todas las fuentes especializadas, el lugar donde la reina se sentía más feliz, allí donde lograba relajarse de sus obligaciones oficiales y vivir algo parecido a una vida normal - “La reina te pregunta si has terminado, apila los platos y se va al fregadero”, aireó Tony Blair en sus memorias-, libre de los estrictos corsés de la institución viviente que era en realidad.

De pabellón de caza a residencia de la familia real

El castillo de Balmoral, que se ubica en las Tierras Altas de Escocia, era el lugar donde la soberana veraneaba de niña con sus padres y su hermana, la princesa Margarita. Cuando murió Jorge VI en 1952, lo heredó y quiso perpetuar la tradición con sus propios hijos, sus nietos y sus bisnietos. Ella y el duque de Edimburgo solían retirarse en la finca de finales de julio a principios de octubre, mientras el resto de la familia y amigos iban y venían perseguidos por algún que otro paparazzi bien apostado en la puerta.

El castillo original comenzó a construirse bajo las órdenes de William Drummond, en 1390. Luego perteneció a Roberto II de Escocia, quien tenía un pabellón de caza en la zona y, posteriormente, fue pasando de mano en mano entre familias aristocráticas hasta que el príncipe Alberto, marido de la reina Victoria, se encaprichó de él y lo compró en 1852. Fue él quien decidió reconstruirlo para que se adecuara a las necesidades familiares siguiendo el estilo historicista victoriano. Algo así como una ficción arquitectónica que buscaba el efecto estético del perfecto castillo medieval.

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Foto: Shutterstock

Así pues, mientras el Palacio de Buckingham es propiedad del estado británico, el Castillo de Balmoral (al igual que Sandringham Estate, en Norfolk) forma parte de las posesiones inmobiliarias privadas de la soberana. Posesiones que se fueron ampliando hasta sumar 20.000 hectáreas de bosques, colinas, huertos, plantaciones y pastizales donde hay animales como ciervos rojos, ardillas o urogallos. A este paraje llegaba Isabel II y toda la familia real para disfrutar del senderismo, del tiro al plato, de la caza, la pesca, de picnics o de fiestas regadas con champán y canapés... Lo típico que se hace en una escapada rural pero a nivel aristocrático.

En Balmoral se fotografió a la reina montada a caballo o conduciendo su Range Rover -apenas sacaba la cabeza por encima del volante- por caminos embarrados. Ahora quedará por inmortalizar una imagen más para la historia, la del féretro de Isabel II saliendo con todos los honores de su guardia real hacia el Palacio de Holyrood en Edimburgo, capital de Escocia, desde donde hará su último viaje a Londres.