mito, vida y extinción

Tras la pista de los animales invisibles del mundo

El libro ilustrado que propone un viaje a lo largo y ancho del planeta buscando animales de todo tipo al modo de los naturalistas del S. XIX.

Se parte siempre a la búsqueda de algo, pero muchas veces acaba por no encontrarse aquello que se deseaba encontrar. Le sucedió por ejemplo a Michel Peissel, uno de los últimos grandes exploradores del siglo pasado, cuando fue tras las huellas del Yeti al Tibet y, sin encontrarlo, acabó descubriendo el caballo de Riwoche, un verdadero fósil viviente. Esta es una de las historias que se pueden leer en Animales Invisibles, mito, vida y extinción (en Nórdica Libros), un libro que propone todo un viaje a lo largo y ancho del planeta buscando animales de todo tipo al modo de los naturalistas del S. XIX. De la mano de los aventureros vocacionales Gabi Martínez (1971) y Jordi Serrallonga (1969), con las ilustraciones de Joana Santamans (1977), llega a las librerías como tarjeta de presentación de un ambicioso proyecto interdisciplinar mucho más amplio (incluye: investigación, educación en escuelas, institutos y universidades, conferencias, talleres y cursos, series documentales, conservación, productos editoriales, proyectos de campo, viajes...). Un proyecto que, en definitva, busca reivindicar el valor de lo invisible en un mundo en el que, cada vez más, parece contar solo lo más visible (o lo que se quiere como más visible)

 

 
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Foto: cortesía de la editorial

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La búsqueda es lo valioso

En línea con la estirpe de los viajeros y soñadores de antaño, también ellos están acostumbrados a partir de expedición para muchas veces dar con algo diferente a lo que fueron a buscar. Al fin, el éxito o no es lo de menos, como explica Viggo Mortensen porque sí, este hombre además sabe escribir bien en el prólogo del libro: “el ejercicio de buscar sin garantías de encontrar lo que deseamos es un fin valioso en sí mismo”. Un fin tan valioso que suma, como si se tratara de uno de aquellos gabinetes de curiosidades de la Ilustración, hasta cincuenta y un animales invisibles: desde pequeños como la abeja, a gigantes como la barrera de coral; desde maravillosos como el unicornio, a deseados como el tsuchinoko; desde extintos como el picozapato, a poderosos como el calamar gigante. Aquí aparecen algunos que los autores han seleccionado para Viajes National Geographic como más representativos

 
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Ilustraciones: Joana Santamans

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Mamut lanudo

Mammuthus primigenius (Blumenbach, 1799)

Al poco de abrir por su inicio el libro, aparece la cabeza de un mamut ocupando una doble página que se podría enmarcar y colgar en el salón de casa. Sus colmillos retorcidos giran hacia arriba poderosos, cuelga la trompa, su pelaje parece poder acariciarse, se adivina áspero. Es abundante pero se puede identificar un ojo, pequeño y, sin embargo, capaz de expresar todo el misterio de un ser desaparecido con la extinción masiva del Cuaternario. No hay espacio para más de su enorme cuerpo, que queda fuera de las páginas. “Ya pintaba así los originales, pensando en cómo irán encajados dentro del libro”, explica Joana Santamans a Viajes National Geographic. Eso forma parte de su formación como diseñadora gráfica además de ilustradora. Se nota en toda su obra artística, en sus murales, en sus óleos de gran formato sobre madera, en sus colaboraciones con marcas de moda y también en sus dos libros Vida, Bestiario ilustrado y Vida, Herbario ilustrado.

Éste podría ser uno de esos especímenes que aparecen de vez en cuando en las estepas siberianas incrustados en el permafrost. Pero no, ella lo ha pintado con la escultura del mamut a tamaño natural que hay en el parc de la Ciutadella de Barcelona como modelo. Recuerda que de niña solía subirse en sus colmillos para jugar. Joana Santamans ha partido muchas veces de su memoria emocional, pero también de un documentado estudio para acabar de hacerse en cada caso con su referente de animal invisible. Sus pinceles, al final, han obrado un tipo de milagro: dar vida a los animales muertos.

 
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Ilustraciones: Joana Santamans

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Celacanto

Latimeria chalumnae (Smith, 1939)

Joana habla con Viajes National Geographic desde casa. De vez en cuando su chihuahua Nika reclama nerviosa su atención. Siempre ha vivido rodeada de animales. A ella y a su hermano les criaron en contacto con la naturaleza en un pueblecito de la comarca catalana del Anoia, donde su padre tenía una granja ”aquello era casi más un balneario de conejos”, aclara. A parte, tenían pavos reales, caballos, aves, ocas, patos, cobayas… y su madre les llevaba siempre que podía de acampada. Tal vez por ello sea que se siente tan involucrada en dar valor con sus pinceles a lo invisible: “no hay naturaleza afuera, es que todos somos naturaleza”, afirma. 

A pesar de que sienta que hay una emergencia por cuidar el entorno natural, lo suyo no se entiende como arte denuncia, sino que como explica, pinta desde la belleza que siente, centrándose en la composición y el color con el fin de inspirar. Así que no dudó cuando Gabi Martínez y Jordi Serrallonga llegaron con el proyecto de este libro bajo el brazo. Pronto se lo hizo suyo, confiesa, y tras aplazarlo en el tiempo por otros proyectos, se obsesionó con estas ilustraciones durante el confinamiento: “Me fue muy bien, viaje mucho, viajé muy lejos… Siempre que pinto es como un viaje. Y he descubierto que la pintura me ofrece también la adrenalina que aporta un buen viaje”.

El celacanto apareció en la órbita de los científicos en 1938 cuando unos pescadores locales entregaron un ejemplar a Marjorie Courtenay-Latimer, conservadora en un museo de historia natural de Sudáfrica. No salían de su asombro, aquello se trataba de un fósil viviente. Hoy tras insistir en su búsqueda se puede encontrar con vida en las profundidades del Índico. Sin embargo, a pesar de su existencia, Joana Santamans tuvo que afrontar el desafío de ilustrarlo con las pocas imágenes que hay. Sí había ejemplares disecados, pero, claro, no es lo mismo. Al final, como con el celacanto, detrás de cada ilustración de este libro hay un importante trabajo de documentación ”leía, miraba, comparaba, hubo muchas charlas con ellos...”, explica.

 
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Ilustraciones: Joana Santamans

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Unicornio

(sin evidencia científica)

Fue el historiador griego Ctesias quien, sin haber viajado a la India, dio crédito a la existencia de los unicornios allá por el siglo IV a. C. Le ocurrió igual a Plinio, quien dio por buena su existencia a partir de unas descripciones que no pudo corroborar. Le pasó un poco lo mismo a Joana Santamans al tener que pintar a un animal que es más producto de la creación humana que de la naturaleza. Pero esa es la ventaja de la ilustración frente a la fotografía. Sobre todo, cuando toca dibujar animales extintos o mitológicos. Para este unicornio, Joana Santamans buscó reproducir una atmósfera de ensoñación mediante el uso de unos colores que brillan sobre un fondo oscuro. Se pasa la mano sobre la superficie antes de pasar la página porque parece que el unicornio tiene relieve. Sin embargo, mayor reto supuso dibujar a los animales extintos porque “el problema era evitar la sensación de animal muerto de especies que muchas veces solo están disecadas. Al final con las ilustraciones he dado vida a estos animales”, explica.

 
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Ilustraciones: Joana Santamans

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Girafa reticulada

Giraffa reticulata (De Winton, 1899)

El dibujo parece querer sacar la cabeza por encima de la página abierta. Para muchos tal vez sea su primer encuentro con este animal tan fascinante, pero Jordi Serrallonga vio por primera vez a una jirafa reticulada hace unos veinte años, cerca de Namanga, en la frontera entre Kenia y Tanzania. Y es que este arqueólogo, naturalista y explorador puede hacerse suyo aquello que dijo Humboldt sobre que la visión más peligrosa sobre el mundo es, precisamente, la de aquellos que no han visto el mundo. Él ha visto mucho. Capaz de aventurarse en África por lugares habitados sólo por algunos hadzabe igual que por las calles de Barcelona. De hecho, hace pocos días acabó en el hospital por un fuerte golpe con hemorragia tras ir detrás de unas tórtolas que despertaron su atención en la ciudad y apareció en la presentación del libro en la librería Byron con un ojo morado. “Parecía que había salido de una pelea de un bar -dice a Viajes National Geographic-. Todo por la tórtola de las narices”. Nunca mejor dicho.

Algunos lo considerarán un afortunado, por sus viajes, por sus aventuras, por haber visto varias veces jirafas reticuladas en libertad. Todo un privilegio. ¿Un privilegio? No debería serlo. “La jirafa es un animal que impresiona cuando se ve en vivo, no solo por su movimiento, que es atípico, o por su tamaño, o su mirad, sino, sobre todo, porque yo creo que la gente la ve como si estuviera frente a una especie de dinosaurio”, explica durante una larga llamada telefónica. 

Tal vez algún día no haya ningún afortunado y sólo se puedan ver los esqueletos de las jirafas como hoy se hace con el de los dinosaurios: “Eso es terrible, por eso el reivindicar los animales invisibles es una forma de darnos cuenta de que o tomamos partido de ello o acabarán todas las especies siendo invisibles”, explica Jordi Serrallonga.

 
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Ilustraciones: Joana Santamans

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Dodo

Raphus cucullatus (Linnaeus, 1758)

¿Sabremos evitar la desaparición final de la jirafa reticulada? Con el dodo no hubo tiempo. Fue un esclavo cimarrón el último ser humano que pudo observar a uno con vida en 1674 y luego desapareció para siempre. Un poco este libro va en ese sentido, gira todo él alrededor de la pregunta fundamental acerca de qué legado dejaremos a nuestros descendientes. Esa es la pregunta que se hizo más de una vez una pieza clave de este libro, tal vez la única que se mantiene invisible: un incansable mecenas que aparece en la dedicatoria inicial y que ha querido mantenerse en el anonimato. “Quiero dejarles algo a mis hijos para que sepan que al menos sus progenitores quisieron hacer algo para evitar esta desaparición”, dice Jordi Serrallonga que les dijo una vez. Sin esta persona, Animales Invisibles Project no existiría.

El dodo es el símbolo del conservacionismo, representante de todos los animales extintos, un poco como el 'Solitario Jorge' de las islas Galápago. Los dos fueron cazados hasta desaparecer, el primero porque no podía volar, el segundo porque no podía correr, los dos porque constituían una fuente de carne fresca y abundante… Hasta que se acabó. “Si perseguimos a todos los animales igual se extinguirán”, explica Jordi Serrallonga.

Hoy solo se puede ver a un dodo en los museos, como ocurre en el Museo de Historia Natural de Oxford. En su vitrina se suelen acumular muchos visitantes: es un ave extraña, gruesa, con un pico grande, es popular, salió en Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll. Y, sin embargo, qué poco se sabe de este animal que últimamente se cree que fue algo más ágil y estilizado, no tan torpe como se le ha venido representando. Un error en el que se cayó porque, como explica Jordi Serrallonga, “la extinción del dodo no solo fue físicamente, sino que además dejó pocas evidencias científicas, por eso las reconstrucciones que se hicieron fueron todas equivocadas, porque se hacía a través de los relatos de los últimos marineros que los vieron con vida”. Por eso es importante cuidar también de los animales extintos, porque aún pueden explicarnos muchas cosas.

 
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Ilustraciones: Joana Santamans

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Mimis

(sin evidencia científica)

En el mismo sentido que con los extinguidos, hay que seguir cuidando de los animales míticos para mantener las culturas humanas que había detrás de ellos. Y es que “nos estamos cargando nuestro registro vivo advierte Jordi Serrallonga. Es que hay grupos culturales como el de los hadzabe que quedan solo 400 viviendo de forma tradicional en el Gran valle del Rift. Si desaparecen, no físicamente, sino como grupo, su cultura se perderá y con ella sus animales mitológicos”.

Animales mitológicos como los Mimi en Australia. Los Mimis no se dejan ver ya más que en las pinturas rupestres. Se puede leer en el libro que son tan frágiles que, tal como explica la leyenda, el viento podría partirlos por la mitad. Pero fueron ellos los que transmitieron toda la sabiduría a los aborígenes: cazar, hacer fuego, preparar comida…

Mantener esa cultura es importante. Si no, puede acabar por cumplirse el vaticinio de uno aborigen que se recoge en el libro al hablar del mala, un pequeño mamífero en la costa oeste australiana en peligro de extinción: “Los humanos han olvidado de dónde vienen. Han olvidado el medio ambiente. Y ahora deberán afrontar la caída”.

 
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Ilustraciones: Joana Santamans

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Picozapato

Balaeniceps rex (Gould, 1850)

Pocos son los que lo han visto en libertad. Dicen de él que pone dos huevos y que cuando nacen los polluelos, la madre los alimenta el tiempo suficiente para que los dos hermanos cultiven una rivalidad atroz que les lleva a luchar a muerte. El ganador consigue el privilegio de seguir siendo alimentado por la madre, de ahí que se le conozca con el sobrenombre de 'Caín de los Pájaros' . En cierta forma, todo esto de los animales invisibles comenzó con este singular ave. Era febrero de 2002 en alguna parte del lago Alberto, al oeste de Uganda, cuando Gabi Martinez estaba remontando el Nilo Blanco. 

Fue allí donde un hombre que jamás había visto a un picozapato le dijo que, sin embargo, le podía asegurar que sí existían. "¿Cómo está tan seguro?", le preguntó éste. “Existen muchas cosas que no he visto nunca pero en las que creo. Sería muy tonto creer que el mundo solo es lo que yo veo”, le respondió. Ahí fue donde Gabi Martínez sospechó que había alguna historia, algo en lo que creer y que merecía la pena contar. Luego llegó el Yeti, la clave que detonó lo que después sería este proyecto de Animales Invisibles y el origen de una amistad inquebrantable con Jordi Serrallonga este libro es la historia de unos animales invisibles, pero también se puede leer como la historia de una gran amistad.

Fueron muchos los viajes que los dos fueron acumulando por separado a lo largo del mundo. Viajes que les permitieron ver cómo estos animales afectan y condicionan al imaginario común de aquellos lugares a los que iban. Es ahora, pasado el tiempo necesario, cuando Gabi Martínez se ha dado cuenta de que “el animal invisible es al viaje lo que el muerto a la novela negra. O al revés, el muerto en la novela negra es lo que sería el animal invisible al viaje. Es ese hilo del cual tú puedes tirar para explicar una sociedad, un paisaje, un mundo…”. O cómo, y por qué, se ha producido un crimen.

 
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Ilustraciones: Joana Santamans

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Macaco

Macaca silenus (Linnaeus, 1758)

Suele ocurrir con los viajes tras animales invisibles de este libro que en ocasiones no se avista ningún espécimen. Ocurre, por ejemplo, con el puma, que los expedicionarios solo ven disecado, y muy lejos de su lugar original, en San Cristóbal. Pero esto, lejos de ser vicio reprochable, forma parte del verdadero valor de este proyecto: “Precisamente, se trata de contradecir a ese mundo que tiende a decirte que sólo lo visible es lo que importa. Se trata de demostrar que, a lo mejor, todo lo que no se ve, es lo que sustenta al mundo”, explica Gabi Martínez. 

El macaco representa la importancia de esta filosofía. En 1976 el especialista en ofidios Romulus Whitaker alertó sobre el problema de la deforestación en un valle de la India por culpa de un proyecto de un embalse. Nativos y diversas organizaciones ecologistas emprendieron entonces una serie de movilizaciones para advertir del peligro que corrían diversas especies como la macaco cola de león. Finalmente, en 1985 se logró que el valle Silencioso se declarara parque natural. Se trata de “un lugar donde después de diez horas viajando encuentras un reducto donde hay un poco de tranquilidad en un país tan saturado de gente como es la India”, explica Gabi Martínez. Hoy el macaco cola de león es la imagen oficial del lugar. Esa es otra de las lecturas del libro, la que destaca el papel de los animales, su habilidad para seguir viviendo, convirtiéndose en una apuesta sobre todo por la belleza y la pureza.

 
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Ilustraciones: Joana Santamans

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Tsuchinoko

(sin evidencia científica)

“Con el Tsuchinoko entramos en una dimensión de juego que creo que es muy simpática”, explica Gabi Martínez a Viajes National Geographic desde el lugar donde está documentando ya su próximo libro. Como mínimo, es curioso encontrarse a este animal propio de series de animes japonesas que, según cuentan las leyendas, ronca mucho al dormir, le da por hablar mucho, mentir y que es aficionado al alcohol. Esta criatura fue avistada por primera vez hace mil cuatrocientos años y desde entonces forma parte del imaginario cultural japonés. Fue escogido entre los cincuenta y un animales del libro como prueba de que los animales invisibles no es una extravagancia de los autores, sino una posibilidad, una riqueza más. 

Dos personas se cruzaron en el viaje tras el Tsuchinoko. Las dos vestían camisetas idénticas donde se podía leer la siguiente leyenda: “Quiero creer”. Se trata de una opción: la del optimismo. Los autores de este proyecto también quieren creer. No. Mejor dicho, ya creen desde hace décadas: “Creer siempre ha sido algo que permite vivir mejor. Por eso estos animales invisibles nos permiten vivir un poco mejor. Por eso, mientras más creamos en ellos, más feliz será nuestra sociedad”, concluye Gabi Martínez.

 

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