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El último Dios de Nápoles

Radiografía de una ciudad que encumbró, idolatró y crucificó a Maradona con una pasión que va más allá del fútbol.

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iStock-139692375. Católica y politeísta

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Católica y politeísta

No hay en el mundo una urbe católica más politeísta que Nápoles. Entre decumanos, palacios desconchados y callejuelas que hacen de la ropa tendida su particular bandera, cada cual rinde culto a su deidad particular. Hay quienes rezan ante las hornacinas y altares que, sin venir mucho a cuento, aparecen en cualquier fachada de cualquier quartiere. Durante décadas, era muy normal ver cómo las viudas adoptaban una calavera anónima de los osarios y catacumbas de la ciudad con la que establecían una relación estrecha que iba más allá de la oración por una alma desconocida. Cada mañana, el espresso se celebra con una liturgia casi eucarística: primero el sorbito de agua para limpiar el paladar, después el trago largo de café. Quien incumple esta regla es tachado de blasfemo. La pizza margherita es la patrona de cualquier mesa con mantel de cuadros mientras que no hay ninguna pizzería que no tenga una fotografía de Sofía Loren ante la que reclinarse. 

iStock-527072683. A la sombra del Vesubio

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A la sombra del Vesubio

A este Olimpo improbable se agarra una ciudad que todos los días se levanta mirando al Vesubio para constatar si el volcán se ha despertado nervioso o apaciguado. Esta incertidumbre es una fábrica de deidades que alcanza su súmmum cada 19 de septiembre, cuando el obispo de la diócesis más importante del sur de Italia alza el relicario de San Jenaro y la sangre del mártir se licúa, un prodigio que los más fervorosos vinculan a la prosperidad de la ciudad. La tradición se repite otros dos días al año: el primer domingo de mayo y el 16 de diciembre, evitando así que una licuefacción fallida provoque una taquicardia de 365 días de duración. Y es que, cuando este fenómeno no se produce, los fieles se despiertan cada día temiendo una nube de ceniza o, yo qué sé, una pandemia inexplicable. 

shutterstock 1145704685. Generación Maradona

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Generación Maradona

Aunque las nuevas generaciones tengan armas, raciocinio y criterio para no caer en este fatalismo aderezado por un rosario de supersticiones; no hay un niño napolitano que no sepa quién fue Diego Armando Maradona. A finales de los años 80, cuando al nordeste de la ciudad se empezaban a alzar los primeros rascacielos del Centro Direzionale proyectado por Kenzo Tange, llegaba al equipo local el gran astro del fútbol mundial. No hace falta decir que la ciudad partenopea era más proclive y estaba más preparada para encumbrar a un zurdito habilidoso que a un gigante de aluminio. 

maradó. La peregrinación buscando a D10S

Foto: Cordon Press

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La peregrinación buscando a D10S

Su paso por el SSC Napoli no se puede resumir solo en un vídeo de grandes jugadas y en un palmarés otrora impensable para este conjunto. Se rememora, mejor, en dos coordenadas que no falta en cualquier itinerario viajero que se precie. La primera es el gran mural con la figura del Pelusa en el populoso Quartieri Spagnoli, donde su figura hace sombra a cualquier madonna. Y no es una exageración: las indicaciones rupestres para dar con esta pintura no respetan ni las paredes de las basílicas. La segunda es el Bar Nilo, la oficiosa sede de la iglesia maradoniana, donde se exhibe lo que hoy es ya una reliquia: el pelo milagroso de Maradona. Todo ello en un altar kitsch, con más carcoma que años, en el que cuelga un papel donde, escrito a mano, se advierte al turista que no se puede hacer una foto sin tomar un café.   

1024px-Maradona napoli fotografos. El fin de un idilio

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Divide y ¿vencerás?

El idilio entre ciudad y estrella se empezó a debilitar, de algún modo, con la celebración del partido entre Italia y Argentina en el Mundial 1990. Como bien describe el documental Diego Maradona del realizador Asif Kapadia, que con la ocasión ha vuelto a los cines, el hecho de que el astro luciera en su estadio San Paolo la camiseta del rival desconcertó a los tifosi. El 10 de la albiceleste había calentado la previa tratando de enfrentar al rival, utilizando las diferencias económicas entre el norte y el sur de la bota para alistar a los seguidores locales para su causa. La jugada no le salió del todo bien y, en lugar de dividir a la afición contraria dividió a sus acólitos napolitanos. Meses más tarde, en marzo de 1991, dio positivo en control un antidopaje evidenciando que, a todos los niveles, su relación con la ciudad estaba agotada. Dios no subiría al cielo, sino que regresaba a Buenos Aires.  

shutterstock 1863054151. Un nuevo santoral

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Un nuevo santoral

De algún modo, ni delantero ni ciudad lograron recuperarse de aquello, entrando en juego la superstición, la hipérbole y el determinismo sureño. Y así seguirá siendo ya que Maradona ya había muerto para Nápoles. Ya no era de carne y hueso, era divino. Pero, quizás, la desaparición del genio del fútbol mundial sea su consagración definitiva como deidad napolitana. Ni San Jenaro (cuya sangre sí que se licuó el pasado 19 de septiembre) ni San Paolo (cuyo nombre va a ser sustituido por el de Diego Armando Maradona en el estadio local) lo vieron venir. Puede que porque el Pelusa siempre estuvo por encima de ellos. Puede que porque Nápoles haya encontrado una religión definitiva a la que agarrarse ante cualquier rugido del Vesubio.

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