¡Mil millones de mil truenos!

De viaje con Tintín (II)

Una nueva entrega para seguir viajando por todo el mundo con el famoso personaje creado por Hergé

Martínez de Pisón, además de Catedrático Emérito de Geografía de la Universidad Autónoma de Madrid, geógrafo, escritor y montañero, es un tintinólogo de tomo y lomo por mucho que él prefiera considerarse sólo como “un aficionado más a las historietas de Hergé”. Ese es un exceso de modestia para alguien capaz de escribir un ensayo como Geografías y paisajes de Tintín (Ed. Fórcola) que viene a encajar en la cada vez mayor bibliografía dedicada al personaje. 

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Tintinólogos o aficionados, este es un libro fundamental para conocer mejor a uno de los pocos personajes de la historia del cómic que ha trascendido el marco de la viñeta y ha llegado a las salas de los museosFanny Rodwell, viuda de Hergé y presidenta de la fundación que lleva el nombre del dibujante, donó a la colección permanente del Pompidou el molde número doce de El asunto Tornasol (1955)—.

Un cómic muy viajero

Explica Martínez de Pisón que una de las razones por las que Tintín sigue siendo tan actual es porque sus historietas son “una mirada al mundo y una representación del mundo”. Y esto es lo que sitúa a sus cómics en la tradición de la literatura de viajes: se puede viajar por el mundo tras las huellas del aventurado periodista. 

 

Por supuesto que sus historietas son ficción pero, ¿qué viaje no es en mayor o menor medida una ficción?. Tintín es un viajero con una mirada determinada: es joven, europeo, aventurero e idealista. La narración de sus viajes está hecha con detalladas referencias geográficas, arquitectónicas e incluso tecnológicas. Una abrumadora riqueza estética y documental que permite al lector detenerse en las viñetas “como un viajero describe Martínez de Pisón para observar su entorno en la plaza de una ciudad de Oriente o en un remoto valle glaciar”.

 

A Tintín tal vez sólo se le pueda echar en cara que con tal historial viajero no visitara nunca España. Se podría decir que sólo se le vio de pasada y en blanco y negro en una viñeta de la primera versión de Tintín en el Congo (1930-1931) que desapareció en la edición coloreada de 1946. Más allá de estos detalles bibliófilos, los viajes de Tintín son una “fantasía sin edad”, dice Martínez de Pisón. Por supuesto que el mundo seguiría siendo igual sin sus aventuras, pero sería, como dice el autor, “algo más prosaico y en penumbra”.

 
 

Nantes

Las siete bolas de cristal (1948)

Esta historieta comenzó a publicarse por entregas en 1943 y cuando apareció como un álbum completo, la guerra se había acabado y Bélgica había sido liberada por los aliados. En éste título la troupe de Tintín ya está consolidada. El capitán Haddock se pasea por su castillo de Moulinsart con monóculo mientras dedica su tiempo a montar a caballo —al menos, lo intenta—. Tornasol está concentrado en sus investigaciones y experimentos. Tintín llega en tren para hacerles una visita. Todo parece apacible, hasta que la aventura vuelve a cruzarse en sus vidas: los miembros de una expedición arqueológica a Perú sufren al volver una extraña maldición que los hace caer en un letargo indefinido. Los escenarios de interior y paisajes europeos dominan el grueso de la acción, pero Hergé va anunciando el destino de la segunda parte de la historieta con diversas representaciones alternativas de Perú —un fetiche inca, mapas y diversos objetos que coleccionan los arqueólogos—.

Perú

El Templo del Sol (1949)

Dicen que segundas partes nunca fueron buenas, pero no en esta ocasión. En este álbum prosigue la aventura de la maldición inca de una forma maravillosa que recuerda a las películas clásicas de aventuras. La trama transcurre íntegramente en Perú con unas viñetas de lograda ambientación que transportan hasta al lector más despistado al país andino. Destaca Martínez de Pisón la riqueza en los detalles arqueológicos que recuerdan a los de Los cigarros del faraón. En este caso, la referencia de Machu Picchu es evidente, aunque Hergé se tome ciertas licencias por el bien de la historieta. Los escenarios de roquedos y  nevados, la profunda selva —con hasta cinco tonos verdes diferentes—, ríos, desierto, cuevas y minas hacen de este álbum uno de los que mayor riqueza paisajística de toda la serie. Finalmente, un eclipse será clave del desenlace al modo del relato de Augusto Monterroso.

Khemed

Tintín en el país del oro negro (1950)

El álbum que según la periodificación de Martínez de Pisón cierra el ciclo de guerra y posguerra, se ambienta en Khemed, un país inventado pero con claras referencias a la Península Arábiga, cerca de Arabia Saudita. El álbum pasará a la historia por uno de los gags más divertidos del ciclo, protagonizado como no podía ser de otro modo por Hernández y Fernández, esa suerte de pareja que se adelantó al humor de los Monty Python: los dos policías logran chocar con la única palmera que hay en todo el desierto tras confundirla con un espejismo. ​​De todas formas, la palmera está muy lejos de ser la verdadera amenaza a la que se enfrentan los personajes. La posibilidad del estallido de una guerra lleva al mismísimo capitán Haddock a ser movilizado a filas. Explica Martínez de Pisón que este título despertó a los lectores de la época referencias a la primera guerra de Indochina o la crisis de Corea. De algún modo, Hergé supo adelantarse a algunas de las claves geopolíticas que se vivirán a lo largo de la segunda mitad del S. XX.

Syldavia

Objetivo: la Luna (1953) | Aterrizaje en la Luna (1954)

Syldavia vuelve a aparecer en una aventura de Tintín, aunque esta vez solo como preludio a la geografía más fantástica que dibujó Hergé en toda la serie: la Luna. Tintín se adelantó a Neil Armstrong unos cuantos años. De Syldavia en esta ocasión solo aparece el macizo montañoso donde se ubica la estación espacial desde donde despegará el cohete del programa espacial dirigido por el doctor Tornasol. En el segundo álbum de esta singular carrera aeroespacial aparece una de las viñetas más famosas de todo el ciclo: el cohete ha alunizado con éxito entre medias de cráteres. La luna se ve a lo lejos, flotando en el universo, lejana, evidenciando la magnitud de la epopeya. La belleza del dibujo es excepcional. La vida de Tintín y de Haddock ya nunca volverá a ser la misma. A partir de ahora, pasan a ser personajes públicos y como tales en sucesivas ocasiones serán reconocidos. Para Martínez de Pisón es una “etapa culminante” de la serie.

Borduria

El asunto Tornasol (1956)

De nuevo Tornasol como agente provocador de un viaje. Solo que en esta ocasión no es a Perú como ocurre con El templo del sol ni a la Luna, sino un viaje por Europa y a un país ya conocido por los lectores de Tintín, Borduria, que ya apareció antes en El cetro de Ottokar. Las dotes como científico de Tornasol ya quedaron evidentes con el triunfal viaje a la Luna. Ahora, el proyecto de una máquina de ultrasonidos abocará a los personajes a una trama propia de película de espías. No hay mucho viaje ni se exponen nuevas geografías del mundo; pero por contra, en este álbum Hergé alcanza su madurez en el dibujo de las colinas belgas, los bosques, montañas y pueblos. 

 

Petra

Stock de coque (1958)

Una rebelión militar lleva de nuevo a la troupe de Tintín al país ficticio de Khemed, en la Península Arábiga. Acuden en ayuda del emir, un viejo conocido del álbum Tintín en el país del oro negro. Una anécdota en la elaboración de la historia demuestra la obsesión por el detalle que tenía Hergé: con el objetivo de dibujar las escenas que suceden en el “Ramona”, el barco con el que llegan Tintín y Haddock a Khemed, Hergé y un colaborador embarcaron en un mercante y se dedicaron a hacer fotografías y tomar notas. Las fotografías fueron el modelo para el dibujo en muchas otras ocasiones y en este álbum hay un ejemplo más. Muchos la reconocerán aunque no hayan leído nunca el cómic: los personajes avanzan por un desfiladero, y en el fondo se puede ver un templo excavado en la roca. Sí, la escena recuerda al “Tesoro” de Petra y es inevitable que al lector actual le venga a la menta Indiana Jones y la última cruzada.

 

Himalaya

Tintín en el Tíbet (1960)

Este es un álbum de mucha altura. Lo es literalmente porque sucede en el Himalaya, y también porque el despliegue técnico en el dibujo y el desarrollo de la trama encumbran el álbum entre los mejores de todo el ciclo. Dice Martínez de Pisón que “si sólo existiera este episodio en toda la colección de Tintín, bastaría para alcanzar un nivel muy significativo en la historia del cómic”. Lo cierto es que este álbum surge tras una grave crisis personal de Hergé, de ahí que la historia sea una loa a la amistad y la espiritualidad. Como no podría ser de otro modo, el color que domina es el blanco, con viñetas de paisajes de alta montaña dotadas de gran épica escénica. Los dibujos son bellos a la vez que evocadores. En esta historia, Hergé recupera el gusto por los escenarios geográficos reales representados con exactitud. Ahí está Katmandú dibujada con sus características estupas de Swayambhunath y la plaza Durbar, por ejemplo. Tintín y compañía hacen una travesía completa del Himalaya de sur a norte. Es un Himalaya que nada tiene que ver con la masificación que sufre en la actualidad.

 

Bélgica

Las joyas de la Castafiore (1963)

Este título es el contrapunto al fabuloso despliegue de geografías que hay en las historias de Tintín. Aquí los personajes apenas salen de casa. Prácticamente podían haber sido dibujados en zapatillas, como si tras las aventuras vividas en el Himalaya desearan mejor disfrutar de un tiempo de sofá y manta.  La razón es que Hergé, tal como indica Martínez de Pisón, buscaba una narración que se bastara a sí misma y que no dependiera del recurso del viaje. El contraste a tanto sedentarismo lo pone un grupo de gitanos. Son el toque exótico y sirven también para denunciar los prejuicios raciales. El mobiliario y la decoración del castillo de Moulinsart están dibujados con la exactitud de un especialista en antigüedades. A pesar de la falta de acción, Hergé logró mantener el ritmo de la historia hasta el final.

 

mar de las Célebes

Vuelo 714 para Sidney (1968)

Un intervalo más largo de lo acostumbrado en la aparición de la siguiente entrega parecía indicar que se habían acabado las aventuras de Tintín, cuando Hergé sorprendió con este álbum de trama rocambolesca, mezcla de ciencia ficción y aventuras muy al gusto de la primera época de Steven Spielberg. Aparecen extraterrestres, suceden fenómenos paranormales y hay hasta un viaje al interior de la Tierra. La isla donde sucede todo hay que buscarla en el mar de las Célebes. Y para llegar a ella, Tintín y compañía pasan por Japón, Timor y Makassar, por lo que con éste título, Hergé incorpora a la serie el último de los continentes que faltaba: Oceanía. 

Sant Teodoro

Tintín y los Pícaros (1976)

Este es el álbum del desencanto, como si el propio Hergé estuviera ya de vuelta de todo. El destino, además, quiso que fuera la última de las historietas dibujadas y terminadas, quedando Tintín y el Arte-Alfa como un proyecto que la muerte de Hergé truncó. La aventura se localiza en otro de los países inventados por Hergé, San Teodoro. No existe, pero como indica Martínez de Pisón, “está plagado de signos que remiten a lugares concretos”. Lugares de América del Sur: está Brasil con sus carnavales, vegetación tropical y arquitectura maya como la de Chichén Itzá, conflictos políticos como el de los tupamaros de Uruguay… Y otra vez esa crítica a los dictadores. Sólo que en esta ocasión, todo cambia para seguir igual. Después de todas las aventuras, si el álbum comienza con un “Viva Tapioca”, acaba con un “Viva Alcázar”. En el avión de vuelta, Haddock expresa su deseo de llegar a casa —nunca antes en ninguna aventura lo había expresado así— a lo que el propio Tintín le responde que él también lo está deseando. El destino quiso que ambos aventureros se despidieran de los lectores con lo que parecía una crisis existencial.

 

 

Tintín en el Tíbet-mobile

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