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El viaje transformador de Beatriz Montañez

La expresentadora de televisión publica 'Niadela', un libro donde explica su experiencia vital tras desaparecer de la escena pública hace cinco años.

Tras cinco años fuera de la escena pública, Beatriz Montañez (Almadén, Ciudad Real,1977) vuelve para contar su experiencia en Niadela (Errata Naturae), un libro que es mezcla de diario personal, de confesión, de poema y de escritura de la naturaleza (el género que en inglés se conoce como nature writing). El libro ha despertado la curiosidad mediática: no siempre alguien que desapareció de la vida vuelve para contarlo (al menos, no tan bien como ella).

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La llegada a Niadela

Atrás quedan los días de grabación en el plató con el Gran Wyoming, la gente reconociéndola en las calles de Madrid, el ruido. Es la una de la madrugada del 29 de mayo de hace hoy casi cinco años. Un taxi local la ha dejado donde comienza el sendero de tierra que lleva hasta el lugar al que va. Tras cruzar el río, aparece la casita. Lleva trece años sin estar habitada. Apenas hay cobertura telefónica, no hay agua caliente, no hay electricidad los primeros días se iluminará con un centenar de velas—, no hay un ser humano a menos de veinticinco kilómetros a la redonda.

“Camino tres kilómetros por un sendero de tierra hacia el paisaje que me ha invocado tantas veces.” (Beatriz Montañez)

Aquella primera noche, Beatriz Montañez durmió vestida por su repulsión a los insectos y la suciedad. Tiempo después escribió: “Voy a necesitar grandes esfuerzos de adaptación, superar algunas fobias, muchas frustraciones y dudas y, sobre todo, una pesada incertidumbre”. Así comenzó su viaje más radical, el que la llevó a encontrarse a sí misma.

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Foto: Mario Martín

¿Dónde se encuentra Niadela?

Niadela es un espacio geográfico y también emocional. No aparece en los mapas y, aunque tampoco importe mucho, son pocas personas las que saben dónde se ubica exactamente.

En Niadela hay un bosque, un riachuelo que la acompaña por las noches con su rumor, un barranco próximo. La casa está sobre una pequeña colina. Frente a la puerta hay una antigua mesa de piedra a la que da diversos usos: se tumba sobre ella, escribe, medita… El interior con la vigas al descubierto se adivina acogedor a pesar de los desconchones de la humedad. Hay un segundo piso abierto con su habitación, hay dos chimeneas, cortinas de visillo, una mesa de madera, cuatro sillas que encontró en una casa abandonada, estanterías para los libros. Es pequeña, pero lo tiene todo para ser el refugio con el que todo el mundo puede llegar a soñar aunque sólo sea una vez en la vida.

“No puedo volver a mi Niadela abandonada, pero en mis sueños regreso con frecuencia a aquellos primeros días, los más bellos y extraños de mi vida.” (Beatriz Montañez)

Quien no pudo nunca volver a los días "más bellos y extraños de su vida" fue Charles Foster Kane. El magnate de la prensa y las finanzas pronuncia "Rosebud" en su lecho de muerte: así comienza la película Ciudadano Kane (1941), de Orson Welles, con el misterio de una palabra cuyo significado nadie conoce y que parece guardar el secreto de la vida de Kane. Sólo al final el misterio es revelado para los espectadores. La cámara enfoca un trineo quemándose en el gigantesco horno donde se deshacen de los trastos que el magnate fue acumulando en su vida. Entre las llamas se lee la palabra: el trineo es la felicidad perdida de la infancia.

— ¿Es Niadela el "Rosebud" de Beatriz Montañez?

— Efectivamente, sí. Has dado en el clavo. Niadela es ese lugar en el que he sentido que he podido volver a ser una niña, con absoluta libertad y sin que nadie me juzgue.

1.Niadela aislada en los bosques

Foto tomada por Beatriz Montañez de Niadela

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El libro comienza con una cita sacada del libro Caminar, del filósofo inglés William Hazlitt. Amante del silencio y de las caminatas por la naturaleza, sus ideas revolucionarias le llevaron a aislarse socialmente. La escogió Beatriz Montañez para dejar claro al lector que lo que hace en su libro es desnudarse, mostrarse tal cual, con lo bueno y lo malo, con los errores, con sus carencias, con todo lo que lleva consigo.

Expresar nuestros sentimientos ante otros parece extravagancia o afectación y, por otra parte, tener que desmenuzar este misterio de nuestro ser a cada momento y lograr que otros asuman un interés igual en él es una actividad para la que pocos se muestran competentes (V. Hazlitt)

Aunque este es un libro que celebra la vida, parte del fracaso y del dolor porque, como dice ella misma, el éxito muchas veces no es más que apariencia: “Yo creo que era clave comenzar el libro así, desde lo que era en ese momento, una mujer fracasada que se había abandonada a sí misma”.

— Pero, Beatriz, en aquellos años podías parecer cualquier cosa menos una fracasada…

— Claro, pero ese es otro problema. Pensar que si eres bueno en tu trabajo tú ya eres una persona exitosa, pero es que eso es simplemente la superficie, la piel. Lo importante es qué está ocurriendo debajo de la piel. Nosotros no somos lo que hacemos, no somos el trabajo que llevamos. Eso es solo lo que la vida nos ha permitido hacer según unas circunstancias. Yo me sentía absolutamente fracasada, como ser humano, me refiero...

Una loa a la naturaleza

Niadela es naturaleza. Con todo lo bueno y, también, con sus posibles incomodidades. A pesar de que la hora de la llamada para la entrevista se había pactado, Beatriz Montañez tardó en responder: “A ver qué tal me oyes —dijo nada más descolgar—porque hoy hace un poco de viento… Es que cuando sopla el viento como aquí es un poco precaria la comunicación se va perdiendo la cobertura”. Pero no, no se perdió la cobertura y la entrevista se convirtió en conversación.

En el momento de la conversación, la primavera comenzaba a mostrarse en Niadela. Lo primero que brota allí son los almendros —”una auténtica gozada”, dijo exactamente— y luego vienen los chopos blancos —”que sacan los amentos, una flor roja muy bonita”, quiso dar el detalle—. Ese detalle es importante, nace de la curiosidad, de la observación constante por el entorno que rodea a la casa.

“Me despierto cuando el cárabo, con su canto abovedado y lánguido, todavía llena de vaho el crepúsculo.” (Beatriz Montañez)

Emociona la capacidad que tiene Beatriz Montañez para describir la naturaleza, tanto en la conversación como en la escritura. Sin embargo, tal como reconoce, cuando llegó hace cinco años, "era una urbanita apocalíptica que gritaba al ver una hormiga". No tenía ni idea de la flora del lugar, ni de las plagas de insectos, ni del cantar de las aves, ni que las ratas, a pesar de que las expulses, siempre vuelven. Lo ha ido aprendiendo todo durante estos años. Dice que es fácil describir a la naturaleza cuando estás inmerso en ella, cuando amas el lugar que habitas.

4.Puerta de Niadela

Foto tomada por Beatriz Montañez de la entrada a la casa

Su interés por el detalle le ha llevado a escribir un extenso glosario de aves y otros animales que ha visto durante todo este tiempo: una buena cantidad de arañas diferentes (araña avispa, araña camello, araña cara de vela…), de avispas, ciempiés, cigarras, escarabajo de cementerio, mantis, todo tipo de lagartijas, jabalís, tejones, topillos, sapos, pulgas, murciélagos… y su querida zorra. A todos los animales les da las gracias por haber compartido todos estos años con ella en Niadela.

— Sorprende la cantidad de animales y flora que observas y describes en el libro…

— Yo soy muy curiosa, hasta el punto de que no soporto estar viendo algo sin saber qué es, me pone de los nervios. Esa curiosidad que me llevaba al ver una flor extraña a apuntar sus colores y su forma para después buscarla en internet me proporcionaba tantísimo placer que poco a poco se fue convirtiendo en el glosario de Niadela.

Aprender a vivir con lo justo

“Nada tengo”: así comienza Niadela, con dos palabras cuyo eco se siente a lo largo de todo el libro. La vuelta al origen se siente en cada una de las páginas escritas. Antes de irse, canceló las cuentas bancarias, anuló las tarjetas de crédito, vendió su casa de Madrid, lo metió todo en cajas y las guardó en un almacén. “Me vacié por completo —explicó—. Y luego vas recuperando las cosas que realmente necesitas y que sabes que pueden serte útiles”. En la nevera tiene una libreta imantada donde apunta lo que va necesitando: "para mi satisfacción, la lista es muy corta", se lee en el libro.

Su comida es sencilla y no come nada que provenga de animales, solo se permite algún capricho, chocolate, tal vez una botella de vino muy de vez en cuando. Toma el café cada mañana en una taza sin asa, frente a la casa, pegada al muro de piedra para sentir el ánimo de la hiedra. Le gusta esa taza defectuosa. Medita cada día. Meditar para ella es como dibujar, es como escribir, es mantener la atención, alcanzar cierta paz. Da largos paseos. Algunas veces viene alguien a visitarla, pero se queda pocos días. Los primeros años venía su pareja, pero sus estancias se fueron espaciando en el tiempo hasta que dejó de hacerlo.

“Hace diez días que no sé de nadie y nadie sabe de mí. Hace ocho días que no escucho el sonido de mi voz, aunque ahora escucho las palabras resonar en mi cabeza” (Beatriz Montañez)

— ¿Te resultó duro adaptarte a tu nueva vida en soledad?

— La primera sensación real de ahora empieza lo duro es cuando terminé mi relación de ocho años con mi pareja. Yo sabía que podía ocurrir. Sabía que en el momento en que me viniera a Niadela la relación se podría resentir y sabía que estaba poniendo en peligro mi relación, pero es que, si no, la que estaba en peligro era yo. Cuando la relación terminó yo ya sabía que eso podía ocurrir, pero fue ese el día en que me dije a mí misma que ahora sí empezaba realmente lo duro, porque tener una relación supone tener un apoyo, alguien a quien le puedes contar tus tristezas, tus dificultades. Alguien que te ve desde fuera y te puede dar un buen consejo. Sin ese apoyo, me di cuenta de que comenzaba la parte dura…

Decir adiós a un padre

Para Beatriz Montañez la soledad ha sido un aprendizaje, descubrir que con ella llegó la inspiración, el despertar de la imaginación, de los recuerdos, una mejor forma de conocimiento y apreciación. La soledad también ha sido un camino para superar el trauma de la muerte temprana de su padre, casi cuarenta años después. A ella y a sus hermanos no les comunicaron la fecha del entierro, no asistieron al último adiós, nadie habló de él en casa, pero sus cosas, las botas azules que usaba para ir a trabajar, su cartera en el recibidor, la ropa en el armario, permanecieron en sus vidas mucho tiempo.

— Beatriz, ¿Niadela te ha permitido gestionar mejor el recuerdo de tu padre?

— Totalmente, la soledad me ha ayudado a comprender qué relación tenía con mi padre muerto, con su fantasma. Es un tema recurrente en la psicología y el psicoanálisis, y es un tema recurrente en algunos escritores, Paul Asuter, sin ir más lejos. Creo que la escritura puede ayudarnos a entender nuestra relación con las personas que ya no están en nuestra vida. Y yo durante mucho tiempo sentí odio por mi padre, estoy segura que Niadela me ha ayudado a reencontrarme con esa sensación de odio y convertirla en amor.

Libros de Beatriz

Foto tomada por Beatriz Montañez

La escritura sanadora

Primero es la lectura. Beatriz Montañez tiene una libreta por libro donde toma notas, apunta con lápiz las frases que le llaman la atención, debajo escribe lo que le sugieren, escucha el roce de la mina sobre el papel. Cada libro, su libreta. En Niadela hay cientos de libros. Se mezclan los libros de filosofía —ella habló de Carl Jun y de su “amado” Nietzsche—, libros budistas, cuentos nepalíes, cuentos chinos, nature writing, y, por supuesto, los grandes. Lo dice así, “los grandes” y cita de memoria a Conrad, T. Wolf, C. Dickens, Fernando Pessoa, Stendhal, Gabriel García Márquez, José Saramago…

“Es sábado por la tarde. Llevo tres horas sentada delante de la libreta. Sólo he escrito doscientas veintitrés palabras.” (Beatriz Montañez)

Escribe tanto a mano como en ordenador. Se turna también de silla cuando se atasca con algún texto. Escribe “con rutina militar” —dijo durante la conversación—, siguiendo un protocolo. La disciplina es necesaria cuando la puerta abierta de Niadela invita a salir y a disfrutar de la naturaleza. Se prepara mentalmente, atenta a que pase por allí la inspiración para agarrarla por el rabo. Hay días que consigue poco, apenas un centenar de palabras, pero insiste al siguiente.

— Beatriz, ¿y ahora qué?

— La satisfacción que encuentro escribiendo es tan brutal que merece la pena seguir intentándolo. Es lo único que me he planteado. Y yo para eso necesito aislarme, mucha soledad y silencio. Por ahora quiero seguir aquí y es lo único que quiero. Lo que el destino me depare lo abrazaré y lo aceptaré y, en el caso de que no sean buenas noticias o circunstancias, lo sobrellevaré porque es lo que toca.