El viaje murakamista

De Tokio a Finlandia: viaje entre realidad y ficción con las novelas de Murakami

La obra del autor japonés, Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2023, funciona como una guía de viajes alternativa.

La obra del más occidental de los autores japoneses contemporáneos abre de forma paradójica una vía directa a Japón y, en especial, a Tokio, ciudad en la que nació en 1949. Haruki Murakami, tan aplaudido como denostado, meme literario agotado cada mes de octubre, es un polo de atracción, un vórtice feroz en el que coinciden literatura y geografía. Que sea el último Premio Princesa de Asturias de las Letras es un buena excusa para irse de viaje con el autor de Tokio Blues, Kafka en la orilla o 1Q84, aunque aceche el peligro de extraviarse por universos paralelos y llegue uno sin saber muy bien al “fin del mundo o a un despiadado país de las maravillas” (o precisamente por ello).

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¿Está Japón en la obra de Murakami?

Esta es la pregunta que se realizó el escritor Carlos Rubio cuando tuvo que enfrentarse al encargo de escribir un libro que trazara las relaciones posibles entre Murakami y Japón. ¿Era el tema un disparate tratándose del hombre que olía a mantequilla?

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En Japón, se usa el término "batakusai" (que huele a mantequilla) de forma despectiva para referirse a todos los artistas y creadores "demasiado" occidentalizados; especialmente a aquellos que tienen una influencia marcadamente estadounidense, como es el caso de Murakami, cuya literatura bebe directamente de autores como JD Salinger, Faulkner, Fitzgerald, Hemingway, Kurt Vonnegut y Richard Brautigan, además del jazz, Beethoven y la cerveza, el béisbol... Pero sí, "Ahí estaba Japón: en cada párrafo y en cada página; estaba en las palabras, los gestos, los valores y los sentimientos de cada personaje," afirma Carlos Rubio en El Japón de Murakami (Aguilar).

Basta sustraerse de la capa de barniz más pop y occiental que abrillanta sus novelas para encontrarse con Japón, desde la década de 1980 hasta los primeros años del siglo XXI, más de 30 años reflejados en una obra que suma una quincena de novelas, además de un buen puñado de relatos, ensayos, memorias y otros artefactos metaliterarios.

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En las novelas de Murakami hay personajes sin nombre, canciones, túneles y puentes que conducen a otros niveles de realidad, gatos, ranas gigantescas, soledades, espectros, sueños, el amor y el desamor. Sin embargo, el tema que subyace bajo todo eso es la dualidad entre la vida moderna y la tradicional en Japón. Murakami aborda la experiencia de la modernidad japonesa, con todas sus complejidades. Y así, solo hay que encajar las piezas de este enorme puzle para poder dar una vuelta hasta Takamatsu, por ejemplo, ciudad situada en la prefectura de Kagawa, donde está ambientada Kafka en la orilla, mejor novela del año 2005 según The New York Times. Un lugar que, pese a ser puerta de las muchas y hermosas islas del mar interior de Seto, y encontrarse el jardín Ritsurin, uno de los jardines más bellos del país, no suele ser parada habitual en las rutas más al uso de quienes se aventuran por Japón.

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El Tokio de Murakami

La obra de Murakami se desarrolla principalmente en el laberinto metropolitano de Tokio, que ha sido testigo de las transformaciones tecnológicas, sociales y culturales del país. La ciudad se convierte en un personaje en sí misma.

"Recuerdo que Yasuda estaba lanzando para los Swallows...", explica el propio Murakami en De qué hablo cuando hablo de correr (2007), recuerda el crujido del bate al chocar con la pelota, la carrera hasta la segunda base... Y es en ese momento crucial de la biografía del autor: "Y fue en ese preciso momento que me asaltó un pensamiento: ¿Sabes qué? Podría intentar escribir una novela." El lugar de tal epifanía es el Jingu Stadium. Es en este estadio, sede del equipo de béisbol que Murakami apoya, donde decide que se convertiría en escritor.

Hay más yuxtaposiciones entre la obra del novelista y la biografía de Murakami. "Después de alemán cogimos un autobús a Shinjuku y fui a un bar subterráneo llamado DUG detrás de la librería Kinokuniya." La música, el jazz en especial, la noche, las luces de neón, la soledad de la barra, el alcohol que ayuda a difuminar la frágil capa que separa lo onírico de lo real. Antes de que Murakami fuera escritor, era dueño de su propio club de jazz, el Peter Cat, un club de atmósfera parecida a la de cualquiera de los microbares que se pueden encontrar en el Golden Gai de Tokio, donde antes de que suenen Dexter Gordon o Miles Davis o Chet Baker, es posible que un barman viejo y manco te sirva un trago después de haberte pasado la carpeta del disco que acaba de colocar en el tocadiscos.

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Las obras de Murakami trazan una topografía de la ciudad, barrio a barrio. Como Ginza, el distrito más fashion de Tokio, donde Murakami pone a dos de sus personajes de “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” a trabajar en unos grandes almacenes. Shibuya y la colina cercana, donde se amontonan los "love hotels" a donde los solitarios de la ciudad van a buscar algo de consuelo, también es una de las coordenadas ineludibles. Sus novelas también exploran lugares como el parque Inokashira y el barrio de Sangenjaya, donde se mezclan lo antiguo y lo nuevo. La urbe es un escenario que remite a la experiencia de la contemporaneidad con sus atributos y contradicciones y que se aconseja explorar tal como hacían los amantes protagonistas de Tokio Blues (Norwegian Wood): "caminando y caminando por Tokio sin un destino en la mente."

 

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Otros lugares más allá de Japón

En Tokio Blues (Norwegian Wood), Toru Watanabe llega a Hamburgo, donde escucha una versión instrumental de la canción "Norwegian Wood" de los Beatles. La melodía despierta sus recuerdos de los años de universitario en la década de 1960 en Tokio, llevándolo a reflexionar sobre los encuentros y desencuentros en su vida. Esos son los años en los que Murakami, a pesar de asistir escasamente a clases, estudió literatura y teatro griegos en la Universidad de Waseda (Soudai), donde conoció a su esposa, Yoko.

 

A lo largo de su obra, abundan las referencias a la tragedia griega y a los grandes dramaturgos como Sófocles, Eurípides y Esquilo, a quienes conoce profundamente. No en vano,Sputnik, mi amor está considerada su novela griega, ya que gran parte de la trama se desarrolla en una isla griega, donde la protagonista experimenta aventuras y pesadillas por igual. Su pasión por Grecia no se detiene aquí, ya que en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo también se menciona la isla griega de Creta.

 

La geografía literaria global de Murakami llega incluso a Finlandia en Los años de peregrinación del chico sin color (2013). El protagonista, Tsukuru, busca en lugares tan distantes como Nagoya o Finlandia sanar la herida de un amor y una amistad truncada. Sin embargo, en las obras de Murakami, la realidad a menudo se mezcla con lo fantástico, como lo demuestra esta cita: "Mientras reflexionaba sobre eso y oía el tamborileo de la lluvia en la ventana, la habitación pareció transformarse. No era el dormitorio de siempre, y parecía tener vida propia. En esa habitación, poco a poco, Tsukuru dejó de distinguir lo que era real de lo que no lo era". Como afirmaba el propio Murakami, todo escritor, y quizás todo viajero, se enfrenta al desafío de explorar lo que yace en lo más profundo de su conciencia, ya que "el trabajo de un novelista es soñar despierto".