Son 80 días, son 80 nada más…

La vuelta al mundo en 80 días, un viaje que sigue inspirando 150 años después

El 7 de noviembre de 1872, los lectores de 'Le Temps' se encontraron con la primera entrega de la historia más popular de Julio Verne.

Infografía con el resumen del viaje de Phileas Fogg

Mapa 80 días

El señor Phileas Fogg volvió a su casa del Reform Club a las siete y cincuenta minutos, antes de lo acostumbrado y habiéndose jugado veinte mil libras, justo la mitad de su fortuna, cuando mandó llamar a su nuevo criado, un tal Jean Passepartout: “-¿El señor se va de viaje? -le preguntó éste-. Sí -respondió Phileas Fogg-.Vamos a dar la vuelta al mundo”.

Uno puede imaginarse la cara redonda del criado, una mezcla de incredulidad y sorpresa al recibir la noticia. Tiene el tiempo justo de hacer la bolsa de viaje -nada de maletas: dos camisas de lana y tres pares de calcetines, un impermeable y la manta del viaje y un buen calzado-. El resto, pioneros en viajar ligero, lo comprarán antes de dirigirse a Charing Cross-. Así comenzó hace justo ahora 150 años la vuelta al mundo más famosa de los anales viajeros, La Vuelta al mundo en 80 días.

Una apuesta con 150 años

Fue un 7 de noviembre de 1872 cuando los lectores de Le Temps se encontraron por primera vez con los dos famosos personajes en situación de emprender su viaje. Era el inicio del título más exitoso y popular de Julio Verne, quien se había embarcado en el proyecto de los Viajes extraordinarios, algo así como la monumental comedia humana de Balzac pero a nivel científico, con viajes por los mundos conocidos y desconocidos con la finalidad de resumir “todos los conocimientos geográficos, geológicos, físicos y astronómicos acumulados por la ciencia moderna”, según describió su editor francés, Pierre-Jules Hetzel.

Este ejercicio geográfico no suele hacerse con la primera lectura de la novela. Entonces, los lectores inocentes no se cuestionan acerca de si las direcciones que aparecen son reales o no, si los nombres de los barcos, si lo descrito de los lugares por donde pasan los protagonistas, existe o existió alguna vez. En la infancia, la ficción sola es suficiente. Es mucho más tarde cuando se busca en la realidad una excusa para justificar la invención. Esa es la clave de la obra de Julio Verne, la verosimilitud, el halo de realidad que proyectan todas sus novelas a pesar de lo fantasioso de sus aventuras. Por aquel entonces, este recurso permitía que los lectores de la época leyeran las primeras entregas de La vuelta al mundo en 80 días como si se tratara de la crónica periodística de un viaje real.

Es cierto que no se trataba de Darwin ni de cualquiera de los viajeros científicos que por entonces maravillaban al público con sus descubrimientos. Pero, en plena era victoriana, lo que proponía Julio Verne era la historia de un inglés acompañado por un francés haciendo algo que hasta entonces nadie había osado intentar: dominar los elementos y los nuevos medios de transporte para dar la vuelta al mundo en un tiempo récord. Con tal argumento, el de Nantes tenía al público en el bolsillo.

El mito del viajero inglés

Desmontando a Phileas Fogg.

“Dicen que se parecía a Byron”, pero con mostacho y patillas -que era moda en 1872- y mucho menos romántico: impasible, puntual y rutinario, son los tres adjetivos que mejor definen a Phileas Fogg. Más que un personaje, se trata de la personalización de la famosa flema británica. Sin embargo, se le sospecha un pasado aventurero, tal vez marino, como se podrá comprobar más adelante de la trama. De momento, al inicio de la novela, sólo se sabe que es un tipo de costumbres, que siempre acude a la misma hora al Reform Club, donde juega su partida diaria al whist, su única pasión conocida, y que no se niega nunca a una buena apuesta.
Phileas Fogg permanece también impasible a cualquier situación adversa durante el viaje. En realidad, tal como afirma el narrador de la novela, no viajaba, sino que se limitaba a tratar de describir una circunferencia. De hecho, uno de los compañeros temporales del viaje incluso se llega a preguntar si bajo su aspecto frío, late un corazón humano. Metódico en el desplazamiento -porque lo suyo no es un viaje tanto como un desplazarse: pasajero en el mundo, diría de él Michael Marder en Filosofía del pasajero-. En su cuaderno de viaje, Phileas Fogg anota con la precisión de un contable los lugares principales por donde pasa, la hora, el medio de transporte. Una especie de debe y haber del viaje en el que calcula el tiempo que lleva de ventaja o el que pierde en según qué momentos.

El Londres de Phileas Fogg es real y data de 1872.

Quien sí disfruta de la esencia viajera es Jean Passepartout. Pasado el primer momento de ansiedad que le provoca la partida, el criado francés se muestra como todo un aventurero, capaz de una adaptación al medio y a los lugares sorprendentes y siempre con interés por conocer: “Me doy cuenta que viajar no resulta inútil si quieres ver cosas nuevas”, dirá en algún momento (aunque, ciertamente, su mirada es la de un viajero prejuicioso, occidental y blanco que no evoluciona nunca). Sin embargo, el desenlace del viaje tiene más que ver con el azar que con la contabilidad, como queriendo dar Julio Verne una última esperanza al sentimiento romántico de la vida: es cuando los dos protagonistas se dejan guiar por el azar que se reencuentran en Yokohama. Nueve días después de ese reencuentro, el grupo de viajeros ya había recorrido exactamente la mitad del globo terráqueo.

79 días, 23 horas, 59 minutos y 10 segundos después

A mediados del siglo XIX ya los avances tecnológicos aportan nuevas posibilidades fascinantes a la aventura. Julio Verne usa todos los medios de locomoción conocidos en su época para que Phileas Fogg pudiera dar la vuelta al mundo en 80 días. Es fácil imaginar a los lectores de la época expectantes con la nueva entrega de Le Temps, haciendo seguimiento del viaje, aplaudiendo los avances y lamentando los retrasos y las encerronas del detective Fix para retener a Phileas Fogg en territorio británico con tal de poder detenerle.

La tarde del 21 de diciembre de 1872, los cinco colegas de Fogg están reunidos como es habitual en ellos en el salón del Reform Club. El reloj marca las 20:40 minutos. “Sólo faltan cinco minutos”, comenta uno de ellos. Pero todavía no cantan victoria a pesar de que Phileas Fogg aún no ha llegado. Saben que su amigo es un excéntrico del orden y la puntualidad, que nunca suele llegar ni tarde ni temprano. Lo que no saben es que esta ocasión su exactitud es accidental.

Por fin, cincuenta segundos antes de la hora fijada como límite, el héroe aparece seguido de una turba de gente que aplaude la hazaña. Ganaba así las 20.000 libras de la apuesta. Sin embargo, durante el viaje, se había gastado cerca de 19.000 libras. ¿Qué beneficio había sacado en todo ello? Se pregunta el narrador y los lectores de la novela. ¿Poca cosa? Mil libras de las de entonces. ¿Para eso tanto esfuerzo? Hay algo más importante, Phileas Fogg encuentra el amor durante el viaje y “con el corazón en la mano, ¿no haríais, por menos de eso, la vuelta al mundo?”.