...o sin quitarse el pijama

La vuelta al mundo sin salir de Nantes

Así sería hoy en día el viaje que realizó Phileas Fogg en la famosa novela de Verne

Al hablar de los viajes imaginarios, se suele pensar en clásicos como Luciano de Samósata y su Historia verdadera, en la que narra un hilarante viaje a la Luna por el que algunos lo consideran un precursor de la ciencia ficción; o en las peripecias de Gulliver en Liliput, Brobdingnag y Laputa. Pero no es menos imaginario el poco conocido viaje de Gulliver a otras islas muy reales, las de Japón, o la vuelta al mundo de Phileas Fogg y su fiel Passepartout.

Estación de Chhatrapati Shivaji (Bombay)

Foto: iStock

La vuelta al mundo en 80 días

Aunque es del todo infundada la leyenda urbana según la cual Verne casi nunca salió de su Nantes natal, pues le entusiasmaba viajar e incluso llegó a poseer varios barcos, lo cierto es que sus mejores viajes los llevó a cabo con la imaginación. Y no solo los fantásticos, como su Viaje al centro de la Tierra o De la Tierra a la Luna, sino también los más realistas y minuciosamente concebidos de acuerdo con las posibilidades de la época, de los que sin duda el máximo exponente es La vuelta al mundo en ochenta días.

La vuelta al mundo en 80 días

Un libro con el que muchos lectores han viajado sin necesidad de hacer la maleta. 

Foto: Cordon Press

Un siglo y medio después de su publicación, la obra maestra de Verne sigue siendo la mejor manera de recorrer el planeta en zapatillas y cómodamente arrellanado en un sillón, pasando sin prisa las páginas de un libro. Echemos una rápida ojeada a su fascinante itinerario:

La primera etapa es Londres-París, que hoy se podría cubrir rápidamente en tren o automóvil gracias al túnel que une Inglaterra con Francia bajo el Canal de la Mancha. Sin bajar del coche o cambiando de tren, se puede ir en un día o dos de París a Turín y de Turín a Bríndisi, en el tacón de la bota de Italia, en cuyo magnífico puerto natural se subiría a un barco hasta Suez y de allí a la bulliciosa Bombay, cuyo atestado puerto sigue siendo el más importante del subcontinente indio.

Brindisi hoy

El radiante puerto de Bríndisi, desde donde partir hasta tierras orientales.

Foto: iStock

Desde el puerto de Bombay, y cruzando una de las ciudades más densamente pobladas del mundo, se llegaría a la monumental estación Chhatrapati Shivaji, una joya de la arquitectura indo-sarracena recientemente declarada Patrimonio de la Humanidad, donde partiría el tren hasta Kholby. Quien quisiera emular a Phileas Fogg tendría que ir de Kholby a Allahabad (por cuya prestigiosa universidad se la conoce como “la Oxford de Oriente”) a lomos de un elefante; pero en la actualidad hay formas más convencionales de realizar el trayecto.

De Allahabad se cogería el tren hasta Calcuta (pasando por Benarés, la más sagrada de las siete ciudades sagradas), y, tras visitar el templo de la diosa Kali, cerca del tristemente célebre “barrio rojo”, y el Jardín Botánico de Kokata, se embarcaría con destino a Hong Kong y de allí a Shangái. Y de Shangái al gigantesco puerto de Yokohama, en la bahía de Tokio, en cuyas inmediaciones se encuentra el barrio histórico Kannai, con su famoso Museo de la Seda y su Torre Marina, el faro más alto del mundo.

Estación de Chhatrapati Shivaji (Bombay)

El caos y la belleza conviven en la preciosa estación de  Chhatrapati Shivaji 

Foto: iStock

A continuación, quedaría atrás el Viejo Mundo para cruzar el Pacífico rumbo a San Francisco. Hacerlo en paquebote, como Fogg y Passepartout, constituiría una heroicidad innecesaria; pero coger un avión sería poco acorde con el espíritu de la aventura, si bien reduciría a unas doce horas un viaje de varias semanas. Una posibilidad más verniana sería embarcar en el Sun Princess y realizar un relajante crucero de 28 días, si se dispone del tiempo necesario y de los 4.000 euros del pasaje.

El resto del periplo tiene poco misterio para el viajero occidental: de San Francisco a Chicago, pasando por Omaha, y de Chicago a Nueva York en tren o autobús, desde donde el Queen Mary 2 navega hasta Cobh, la ciudad portuaria del sur de Irlanda, bien comunicada por tren con Dublín, desde donde un ferry sería la mejor manera de llegar hasta Liverpool en pocas horas. Y tras hacerse un selfie con las estatuas de los Beatles, el tren serviría para ir desde la Lime Street Railway Station de Liverpool hasta Londres en unas cuatro horas. Final -y principio- del viaje.

Cobh

Cobh: la puerta de entrada, de nuevo, al viejo continente. 

Uno de los detalles más llamativos y emocionantes de la novela de Verne es la aparente ganancia de un día al dar la vuelta al mundo de oeste a este, lo que permite a Fogg ganar la apuesta cuando ya la daba por perdida, pues ha visto salir el sol una vez más que los días realmente transcurridos. Este curioso fenómeno, no siempre bien entendido, ha dado lugar a interpretaciones tan disparatadas como la que encontramos en algunas aventuras de Superman (tanto en los cómics como en el cine), en las que, volando alrededor de la Tierra a la velocidad de la de la luz, el hombre de acero consigue retroceder en el en el tiempo. Ese sí que es un viaje imaginario.

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