La otra capital del mundo

Bilbao: lo que el turista no ve

Más allá del Guggenheim, el Athletic y los pintxos, Bilbao esconde rincones que normalmente se le escapan al visitante y muestran la otra cara de la capital vizcaína.

Hace no muchos años el turista no veía nada de Bilbao porque sencillamente no llegaban a una ciudad con cierto orgullo de su gris y una fealdad más repetida que real. Pero el Guggenheim y la reconversión industrial cambiaron la cara de la capital vizcaína para convertirla en un destino de primer orden. Más allá de los lugares repetidos en todas las guías y de las visitas que hay que hacer sí o sí, el botxo -cariñoso nombre con el que se conoce la villa de Bilbao- esconde algunos rincones que normalmente se le escapan al visitante. Y que merecen la pena si realmente se quiere conocer un Bilbao que es mucho más que titanio y pintxos.

 

 

Noruega

Decir que Noruega es un barrio de Bilbao suena a chiste. Pero más o menos. Y es que el barrio de Olabeaga se conoce popularmente así porque era aquí donde llegaban y descargaban los barcos con bacalao de este país. Un barrio marinero con todo lo bueno y lo malo que eso suele significar del que han quedado algunas casas de colores que ayudan a reforzar ese idea de la noruega bilbaína, y la pasión de la ciudad por este pescado salado. Cuentan los vecinos que la humedad y lo sombrío de unas calles en las que el sol no era habitual también ayudaron a reforzar esta fama de barrio nórdico. Además de tener una calle dedicada y un busto en la pequeña y fea Plaza Venezuela, los lazos bolivarianos van un poco más allá. Y es que a menos de 50 kilómetros de Bilbao el pueblo vizcaíno de Bolibar es el punto de partida hacia América de la saga familiar de este histórico personaje. En el siglo XVI emigraron hacia la actual Venezuela y en algún momento cambiaron la b por la v en el apellido familiar que identifica su origen vasco. Por cierto, en este recorrido político alternativo por Bilbao, además de la casa de Simón Bolivar no puede faltar otra visita un tanto surrealista: los bustos de Lenin y Marx rescatados de la antigua embajada de la Unión Soviética en Madrid e instalados en la plaza Kepa Enbeita Urretxindorra del barrio de Otxarkoaga.

Entre muelles

Además de pasear por allí y hacer alguna foto a las casas de colores -en realidad la foto buena es desde el otro lado de la ría- muy cerca queda el Museo Marítimo y la icónica grúa Karola, lo único que queda los antiguos astilleros Euskalduna. Esta ribera de Olabeaga -rebautizada como Muelle Sirgueras en honor a las mujeres que arrastraban desde la orilla y con cuerdas las gabarras que surcaban la ría- también se presta a un largo paseo hasta casi cruzarse con el río Cadagua. Bonito no sería la palabra, pero los restos de los silos de la harinera son tremendamente fotogénicos.

Zorrozaure

Quienes aprovechen para cruzar al margen derecho de la ría para hacer la foto de las casas, harán bien en quedarse por allí a pasear. Es verdad que ahora mismo es una zona en obras con tramos poco amables, pero la isla de Zorrozaure -península artificial durante muchos años- apunta maneras para ser la nueva zona de moda de Bilbao en pocos años. Se trata de un ambicioso plan urbanístico firmado por Zaha Hadid hace más de una década y que poco a poco se va materializando. Entre futuros bloques de pisos y una larga lista de puentes que unirán esta isla con el barrio de San Inazio a través de lo que fue el Canal de Deusto y con Olabeaga, por allí quedan interesantes restos de un pasado industrial reciente, como la curiosa fachada de la antigua fábrica de galletas Artiach.

El tigre

 

Hace no mucho, pocos habrían pensado en el popular barrio de La Ribera como un destino para pasear o tomar algo, pero desde hace ya unos años el Espacio Open ha dinamizado mucho la oferta cultural y la cafetería con vistas a la ría y su patio es un gran lugar para descansar tras el recorrido. A la vuelta, por cierto, ya en territorio de Deusto y de nuevo junto a la ría el edificio “El Tigre” también es una de esas curiosidades arquitectónicas que suele pasar desapercibida. Y eso que su gigantesca escultura de un tigre -la discusión de si era un tigre o una leona fue durante años tema recurrente en Bilbao- realizada por Joaquín de Lucarini en 1943 llama mucho la atención.

El gasolino

A lo largo de este paseo por la orilla de la ría llaman la atención una especie de casetas -bastante destartaladas- que se asoman al Nervión, con escaleras que conducen a pequeños embarcaderos. Son justamente eso. Hace algunos años a lo largo de la ría numerosos botes conocidos como gasolinos cruzaban de una orilla a otra. Sólo quedan un par en funcionamiento: el que va de Erandio a Barakaldo y el que hace la competencia al Puente Colgante de Portugalete, ofreciendo ese mismo recorrido, pero por el agua. Una alternativa bastante más local y auténtica a los barcos turísticos que recorren la ría desde el centro de la ciudad hasta la desembocadura en el mar. Por cierto, los más animados también pueden probar con piraguas que se alquilan junto al Museo Marítimo, bajo el puente de Euskalduna e incluso hacer sus pinitos con paddel surf ante las miradas atónitas de los bilbaínos que hace sólo 20 años se hubieran reído mucho si alguien hubiera sugerido algo así.

El otro museo

El Guggenheim ha capitalizado tanto la atención que puede que algún visitante se vaya de la ciudad sin saber que hay otro gran museo. De hecho, definirlo como “el otro” museo es casi insultante porque el de Bellas Artes no sólo estaba ahí muchos antes, sino que cuenta con una colección permanente magnífica y ofrece una programación en ocasiones más interesante que la del gigante de titanio. En septiembre de este 2021 comenzarán las obras de su segunda ampliación, a cargo de Norman Foster aunque sin afectar a su actividad. Además de recorrer sus salas, un café en la cafetería con vistas al parque (de Doña Casilda, oficialmente, “de los patos” según la mayoría de bilbaínos) es un plan inmejorable para un día cualquiera por Bilbao.

La zona minera

Muy poco queda de aquellas grandes industrias que fueron desapareciendo a finales del siglo XX. La conservación del patrimonio industrial y su puesta en valor sigue siendo una gran asignatura pendiente para recuperar y convertir en visitables lugares como el citado edificio en ruinas de Molinos Vascos o el único alto horno que queda en pie de los míticos Altos Hornos de Sestao. Mientras eso ocurre, al menos sí es posible hacerse una idea del pasado minero acercándose hasta Trapagaran y tomando allí el funicular de Larreineta para subir hasta La Arboleda.

De pozos a lagos

Los antiguos pozos inundados se han convertido ahora en una bonita zona con lagos y campos para pasear. Además, el pueblo cuenta con un buen surtido de restaurantes -las alubias de Casa Sabina siguen teniendo fama, aunque dicen que ya no son lo que fueron- para dar de comer a los visitantes, mientras que el centro de interpretación Peñas Negras permite saber algo más sobre la que llegó a ser una de las mayores explotaciones mineras del sur de Europa.

Bilbao bolivariana

Aunque vistas sus gestas Simon Bolivar perfectamente podría ser del centro de Bilbao, en realidad no fue así. Pero casi. Y quienes paseen con el Casco Viejo con algo de tiempo y buena vista podrán encontrar una pequeña placa en la calle Banco de España que identifica la casa donde el libertador de América vivió durante aproximadamente un año en 1801.

El ascensor del Casco Viejo

No ver el Ascensor de Begoña es prácticamente imposible porque la imponente columna de 45 metros de hormigón que se alza desde el Casco Viejo es visible desde muchos puntos de la ciudad. La pregunta es obligada para quienes no lo conocen: ¿qué demonios es eso? Era un ascensor que unía este barrio con el de Begoña pero al que el ascensor del metro de Bilbao que hace ese mismo recorrido sentenció hace ya unos años. Alternativa rápida durante mucho tiempo a las escaleras de Begoña (Calzadas de Mallona es su nombre oficial), en verano de 2014 dejó de funcionar sin que su futuro esté claro por ahora. La falta de mantenimiento ha ido haciendo mella en el estado de la construcción, cuya recuperación figura en mayúsculas en la lista de temas pendientes de la ciudad.

Más puentes

Aunque este privilegiado mirador ya no es accesible ni parece que vaya a serlo a corto plazo, hay un par de puentes que, pese a no ser de los más mediáticos en Bilbao se les tiene especial cariño. El de San Antón, primero de la villa y presente en el escudo de la ciudad y del Athletic Club es uno de ellos. Quienes visiten el mercado de la Ribera pueden acercarse porque está justo al lado. Fuera totalmente de los recorridos turísticos habituales, el de Cantalojas sobre las vías que terminan en la estación de Indalecio Prieto (Estación del Norte, para todo el mundo) tiene canción propia de Platero y Tú y una bonita foto que sacar a la estación desde allí. Bajando por la calle San Francisco -que sigue sin tener la mejor fama de la ciudad, cierto- se accede al barrio de Bilbao La Vieja que en sus calles más cercanas a la ría ha vivido un gran auge en los últimos años.

Hamaiketako

La gastronomía es uno de los puntos fuertes del País Vasco y de Bilbao, eso no es ningún secreto. Tampoco que los pintxos son lo que más triunfan entre los visitantes. Y para beber txakoli o sidra. Buen menú. Pero si se trata de hacer un master en bilbainismo, en el plan gastronómico no puede faltar un hamaiketako (algo para picar a media mañana) a base de café con bollo de mantequilla o pincho de tortilla. Y los domingos y fiestas de guardar, una ración de rabas -casi tan buenas como las de los vecinos de Santander- y un vermut preparado, otro de esos clásicos de Bilbao no tan conocidos como se debería. Para quienes quieran pasarse con matrícula de honor la asignatura de bares auténticos, una pista: El Palas. En realidad no se llama así porque una de las gracias del lugar es que no tiene nombre (otros aseguran que es la Bodega Vallejo) pero lo importante es el ambiente del lugar, con sus barriles de vinos, y sus dos barras, una dedicada a servir bocadillos de conservas. El de bonito con piparra, anchoa y alegría (pimiento picante riojano) es la especialidad de la casa.

Pollo con vistas

El monte Artxanda con su funicular que sube desde el barrio de Matiko es una de las rutas clásicas del visitante. Ofrece buenas vistas sobre la ciudad e incluso hay un enorme letrero rojo de Bilbao para facilitar la foto de rigor. Justo enfrente hay otro monte y otras vistas, tal vez más desconocidas. Tal vez porque el festival BBK Live ha hecho que muchos ya conozcan Cobetas. Para subir toca coche o autobús, así que además de las vistas de la ciudad hay que aprovechar la visita para cumplir con otro de los clásicos bilbaínos: comer o cenar o lo que sea en una cervecera. Antiguos merenderos donde la gente iba con su comida y tenía mesa y sillas a cambio de consumir la bebida -cerveza, de ahí el nombre- las que quedan funcionan ya como restaurantes y la mayoría están fuera de la ciudad. El menú no tiene complicaciones: pollo asado, ensalada, tortilla, pimientos de Gernika en temporada o rojos si no la es, morcilla, patatas fritas…

Artxanda

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