Decálogo rural

Los pueblos más bonitos de Girona

El encanto de estas poblaciones gerundenses hará que más de uno consulte la agenda para planear una escapada.

Desde la naturaleza de su territorio interior hasta la abrupta e idílica Costa Brava, se sabe que la provincia de Girona enamora. Y este recorrido por algunos de sus pueblos más bellos tan solo viene a confirmarlo. Pero más allá de su belleza, estas localidades tienen mucho más que ofrecer: gastronomía, historia, patrimonio arquitectónico…

 

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Cadaqués

Unos 15 km de carretera de curvas pronunciadas son una de las posibles explicaciones para entender cómo Cadaqués ha conseguido mantener aquella belleza única que poseen los pueblos de pescadores que viven aislados y completamente abocados al mar. La brisa marina de la Costa Brava se cuela por las calles del casco antiguo en las que las casitas blancas de puertas y ventanas azules guían al visitante hacia el paseo marítimo, que ofrece una preciosa panorámica de la bahía y la playa principal. Desde luego, una vista de postal. Pero más allá de ser un destino contemplativo, las actividades culturales también tienen un gran protagonismo. Por ejemplo, en la playa de Portlligat se puede visitar la Casa-museo de Dalí, el lugar que el artista convirtió en su residencia después de instalarse en 1930 en lo que comenzó siendo un pequeña barraca de pescadores y terminó siendo una más de sus creaciones.

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Calella de Palafrugell

Una retahíla de pequeñas calas de arena dorada rodeadas de bosque de pino y precedidas por un mar turquesa salpicado de barquitas de pescadores es el microclima litoral del que goza esta población gerundense. Dicen que Serrat se inspiró en este rincón de la Costa Brava para componer Mediterráneo y no parece descabellado, pues entre sus casas blancas de tejado inclinado y las calles y soportales del barrio de Port Bo se respira el más puro ambiente marinero. Algo que llega a su culmen cada primer sábado de agosto, cuando tiene lugar la tradicional Cantada de Habaneras. Siguiendo el camino de ronda hacia el norte se descubren las bellas calas de Llafranc, y hacia el sur los frondosos Jardines de Cap Roig, poblados por un millar de especies botánicas de origen mediterráneo que maridan a la perfección con el azul marino que reina en el horizonte.

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Pals

Decía Josep Pla que “Pals no es bueno para una, sino para cientos de visitas”. Y después de conocerlo alguien podría pensar que quizás es bueno incluso para instalarse. El escritor catalán cuenta con un mirador que lleva su nombre desde el que se puede contemplar las Islas Medes, el Canigó y la Sierra de l’Albera. La Torre de las Horas y la iglesia de Sant Pere, ambos monumentos de estilo románico, definen el perfil de este pueblo de origen medieval construido alrededor de un castillo. La piedra de los muros y los tejados anaranjados de las típicas casas catalanas lo bañan de un característico color cálido. Y a su alrededor los campos de arroz, el producto local del que no hay que olvidarse y que se puede probar en cualquiera de los locales repartidos por el municipio. Todo ello una receta que sin riesgo de error.

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Foto: Getty Images

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Besalú

La icónica imagen de su puente románico suspendido sobre el río Fluvià es una de las mejores cartas de presentación de Besalú, un pueblo situado en la comarca de la Garrotxa que presume de poseer uno de los conjuntos histórico-artísticos mejor conservados de Cataluña. Además de una visita a los principales monumentos medievales como el monasterio de Sant Pere o la Casa Cornellà, resulta especialmente encantador un paseo por el barrio judío, la comunidad a quien esta villa le debe la mayor parte de su legado histórico. Para sorpresa de los historiadores, en 1964 se descubrió en el lugar ocupado por la Sinagoga judía una sala subterránea construida en estilo románico con una piscina que se llenaba de forma natural. Un espacio que se usaba para purificar el alma y que todavía hoy mantiene la capacidad de trasladar al visitante cientos de años atrás.

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Foto: iStock

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Peratallada

La Edad Media conformó el aspecto de este pueblo ampurdanés y parece que desde entonces el tiempo no haya pasado. La villa se organizó siglos atrás alrededor del castillo-palacio, cuyos primeros datos se remontan, al menos, al siglo XI. Un laberinto de estrechas calles empedradas invita a perderse por esta población, entrar en los comercios del núcleo antiguo para llevarse a casa alguno de los deliciosos productos artesanales, probar la gastronomía tradicional en sus restaurantes y seguir la inercia del caminar hasta llegar a las murallas. Antaño protección infranqueable del pueblo, actualmente todavía se puede pasear por los impresionantes fosos excavados directamente de la roca. De ahí su nombre, claro.

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Foto: Getty Images

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Monells

Su icónica plaza mayor se volvió más emblemática -si cabe- al protagonizar Ocho Apellidos Catalanes. Su uniformidad de piedra, sus arcadas humildes pero sólidas y sus poderosos edificios componen una estampa irresistible que al ser recorrida en carne y hueso resulta más fascinante que en la pantalla. Pero Monells es mucho que la plaza Jaume I -su nombre oficial- Es, también, otras plazuelas irregulares e inesperadas como la del Oli, calles que prolongan este idilio pétreo como la de Les Arcs o con una iglesia que, por contexto, se vuelve portentosa: la de Sant Genís al otro lado del río, en la riera. No muy lejos asoman otros pueblecitos con los que completar este paseo y que, aunque no están en este listado, merecen una parada como Cruïlles, Corçà o Madremanya. 

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Castellfollit de la Roca

Un sobrevuelo, como el del vídeo, sobre este pueblo ayuda y mucho a describirlo: es casi un milagro. Y es que esa ubicación vertiginosa, casi imposible, es lo que marca a una localidad que vive acostumbrada al abismo que marca su pared de más de 50 metros sobre el río Fluvià. Su modo de empleo es muy sencillo: recorrer sus estrechas callejuelas con acento medieval hasta llegar el vértice final, la iglesia de San Salvador. Esta mezcla de vistas, viaje al pasado y templos que ejercen de epicentro hacen que la visita sea mucho más que una panorámica extrema. 

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Tossa de Mar

Este pueblo costero tiene una doble alma: la de ser un destino de sol y playa -como atestigua su playa principal y los hoteles a su alrededor- o ser un pueblito histórico protegido por su muralla y su castillo. Una dualidad que, a efectos viajeros, es irresistible ya que permite al visitante disfrutar del imaginario costero de la Costa Brava y del medieval del Empordà. A efectos pedestres, el recorrido por Tossa de Mar comienza a pie de playa, entre chiringuitos y hoteles con reminiscencias modernistas, y continúa coronando el castillo y el barrio fortificado, donde sorprenden lugares como la iglesia en ruinas de San Vicenç, el monumento a Ava Gardner (quien conectó este lugar con Hollywood) o el Museo Municipal, donde sobresale una colección de arte contemporáneo realmente notable. 

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Tossa de Mar: mucho más que un castillo de postal

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Foto: iStock

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Beget

Si se buscara en un diccionario ilustrado cómo es el perfecto pueblo románico pirenaico, Beget aparecería como entrada principal. Y es que en un callejero mínimo acumula muchos de los iconos rurales de este estilo, como es la torre con ínfulas de faro de la iglesia de San Cristóbal o los diversos puentes románicos que burlan la riera homónima. Pero más allá de la postal, esta localidad sorprende por sus balcones floridos y por una joya escultórica, el Cristo Majestad, que impone su serenidad medieval entre delirios barrocos. 

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