Extremabellos

Los pueblos más bonitos de Cáceres

Esta ruta por la provincia extremeña es capaz de detener el tiempo entre callejuelas peatonales, plazas, monasterios y bellos paisajes de encanto rural.

Cáceres está cada vez más presente en la galaxia de los destinos rurales. No es para menos, a la provincia extremeña le sobran planes. Más allá del apoteosis primaveral del Valle del Jerte, están las Hurdes, el Parque Nacional de Monfragüe, la Sierra de Gata y la cantidad de pueblos encantadores que ocupan las coordenadas del plano. 

Piedra, madera y teja son los elementos de una arquitectura típica llena de balcones adornados con macetas, casas entramadas, plazas con historia, iglesias, conventos y algún que otro barrio judío. El tiempo en los pueblos de Cáceres parece otro, como si no pasara, casi como si no importara: la desconexión está garantizada.

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Hervás

No es tan pequeño Hervás como para andar ajustando sus calles al medio metro de ancho; pero aún así, el pueblo presume de tener una de las calles más estrechas de España. Una vez conocido este bello pueblo en el Valle de Ambroz, justo en la frontera con Salamanca, la Travesía del Moral, que así se llama la calle, queda en una anécdota frente al resto de bellezas que conforman su conjunto histórico-artístico. Pasear por las callejuelas empedradas de estructura medieval de Hervás es todo un planazo. Las casas entramadas y de adobe, el convento de los Trinitarios o la iglesia de Santa María, son muestra de su rico patrimonio, en el que destaca por méritos propios la antigua judería, una de las mejor conservadas de España. Por último, que nadie imagine el pueblo como un lugar en letargo, sino que hay suficiente animación en sus tascas, restaurantes y tiendas de artesanía.

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Cuacos de Yuste

Este pequeño municipio de la comarca de La Vera bien vale un imperio. Al menos, así lo creyó Carlos V, quien escogió para su retiro monástico tras abdicar el espectacular Monasterio de Yuste. Precisamente, el monasterio, declarado Patrimonio Nacional, es el que a día de hoy sitúa en el mapa de los pueblos más bellos de Extremadura a Cuacos de Yuste, reconocido como “Paraje Pintoresco” ya en 1959 por ser un bello ejemplo de la arquitectura popular y nobiliaria de la zona. Para conocer bien el conjunto histórico hay que recorrerlo de plaza en plaza: en la Plaza de Juan de Austria con forma de anfiteatro, está la Casa de Juan de Austria, también conocida como casa Jeromín ya que fue la que habitó el hijo secreto de Carlo V; en la Plaza de España, se disfruta de un escaparate de casas con entramado y en  Plaza Fuente los Chorros se siente la cotidianidad del municipio. 

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San Martin de Trevejo

En la comarca de la Sierra de Gata y prácticamente en la frontera con Portugal, se ve apacible en el valle de densos bosques extremeños de robles y castaños que ocupa, a los pies del monte Jálama. La sensación al entrar en San Martín de Trevejo es que el tiempo no pasa por él. Sólo el murmullo del agua de los regatos excavados en las calles parece marcar el paso de las horas. La torre del campanario destaca en su silueta chata. Callejuelas empedradas de estructura medieval, las cabezas de las vigas visibles,  la Iglesia Parroquial de San Martín de Tours o el Convento de San Miguel fueron ingredientes suficientes como para declarar al pueblo conjunto Histórico-Artístico. Hay otro patrimonio menos visible: “la fala”, una lengua autóctona sólo hablada por los vecinos del municipio desde hace más de ocho siglos. 

Para leer más: 

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Robledillo de Gata

Conforme la carretera se acerca a Robledillo de Gata se deja atrás los bosques de pino y aparecen los olivos. Tras los kilómetros recorridos, se entiende que este municipio, que no llega al centenar de habitantes, se quedara lejos de la vorágine de la modernidad, conservando su bella impronta de pasado rural. Sin duda, es uno de los últimos paisajes vírgenes de la sierra. Sus casas apiñadas son de adobe, de piedra, de madera, y sus tejados de teja árabe, tal como manda el canon de la arquitectura popular extremeña. Y cada una, tiene su bodega, que esta es tierra también de vinos. El Molino del Medio, un antiguo molino aceitero que funciona a modo de museo es el icono de Robledillo de Gata. La misma agua que hoy corre por algunos de los arroyos que cruzan el pueblo es la que movió su piedra no hace tanto. 

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Santa María de Guadalupe

Guadalupe aparece tras dejar atrás el embalse de Valdecañas. Hasta aquí llegó Cristóbal Colón siguiendo a los Reyes Católicos para pedirles unas carabelas con las que emprender su proyecto de ir a las Indias. En aquella época no estaba el embalse; pero el pueblo ya tenía su principal icono: el Real Monasterio de Nuestra Señora, testigo de muchos episodios históricos. Construido a lo largo de los siglos, el monasterio cuenta con un precioso claustro gótico, once cuadros de Zurbarán, obras de Goya, el Greco, una joya del barroco como es el Camarín de la Virgen… El conjunto por sí solo merece un viaje a Guadalupe. Algo que evidencia los numerosos peregrinos que llegan hasta el municipio. Por si fuera poco, en el restaurante de la Hospedería se pueden probar los manjares de esta tierra. Por ejemplo, una caldereta de cordero. La Plaza de Santa María, con su icónica fuente, o el antiguo hospital de San Juan Bautista de estilo mudéjar son algunos de los muchos otros lugares que marcar con una equis en el plano de imprescindibles. 

Para leer más:

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Trujillo

Por estas tierras pasaron los romanos, los visigodos y los árabes, quienes trajeron un período de esplendor para la ciudad y la amurallaron. La prosperidad continuó durante los siglos XV y XVI después de la Reconquista, cuando se erigieron parte de las joyas arquitectónicas que hoy motivan un viaje a Trujillo. El Castillo, en la parte alta, la ermita de San Pablo o las iglesias de Santiago o de Santa María la Mayor son ejemplo de la importancia de este enclave a lo largo de los siglos. Su Plaza Mayor, de estilo renacentista, está rodeada de soportales y casas como las de Orellana o Chavers-Cárdenas. Varios palacios, entre los que destacan el de los duques de San Carlos y el de Carvajal-Vargas, completan la visita por el centro de esta localidad cacereña. Antes de partir, no hay que dejar de degustar sus especialidades gastronómicas: el grite de cabrito, la sopa de obispo y la moraga.

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Granadilla

La historia de Granadilla es, cuanto menos, peculiar. Fundada en el siglo XI por los musulmanes, hoy su pasado se respira entre sus calles vacías protegidas por murallas almohades que aguardan la alcazaba reconvertida en castillo durante la Edad Media, la Plaza Mayor, la iglesia parroquial y la casa del Ayuntamiento. Todo esto quedó abandonado a mediados del siglo pasado tras la construcción del embalse de Gabriel y Galán, cuando el pueblo fue desalojado por declararse zona inundable. Finalmente nunca se inundó, y hoy, se encuentra sumida en un proceso de rehabilitación que pretende devolverle todo el esplendor que perdió.

iStock-1326472406. Valverde de la Vera

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Valverde de la Vera

Este pequeño municipio cacereño se originó durante la Reconquista, momento de prosperidad en el que se erigieron el castillo de los Condes de Nieva, levantado entre los siglo XIII y XIV, y la iglesia parroquial de Santa María de Fuentes Claras. Sin embargo, Valverde e la Vera es famoso por su fiesta de Los Empalaos, celebrada en Semana Santa, una tradición cuyos entresijos pueden conocerse en el Museo del Empalao. Ubicado en una casa tradicional verata, pretende dar respuesta al origen y significado de esta tradición en la que durante el Jueves Santo los penitentes cargan con un timón de madera atado con sogas mientras, descalzos, realizan un viacrucis por el pueblo.

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Coria

Coria fue sede episcopal desde la época visigoda -a excepción del período árabe- hasta 1959, cuando la sede se traslada a Cáceres. Este legado permanece en la cátedra diocesana que se levanta imponente cerca del Puente Romano, las murallas y la Puerta del Perdón o la de San Pedro. Desde esta última, se puede empezar a recorrer una localidad donde los monumentos se suceden uno tras otro: el Convento de la Madre de Dios, la Iglesia de Santiago y la Catedral de Santa María de la Asunción, así como el Palacio Episcopal y Ducal. Los museos Catedralicio y de La Cárcel permiten adentrarse todavía más en la historia de esta localidad extremeña.

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Galisteo

Su carácter estratégico convirtió Galisteo en lo que es hoy en día: una ciudad amurallada que aguarda numeroso monumentos y vestigios capaces de sintetizar su carácter. Rodeado por el espectacular Valle del Jerte, la Sierra de Ambroz y el río Alagón, este pequeño pueblo extremeño presume de su pasado con edificios como el castillo-palacio de La Picota y la iglesia de la Asunción. Alrededor de la Plaza Mayor, los soportales acogen a los visitantes y asistentes de tradiciones como Las Rajas, fiesta popular que se remonta al siglo XVII y que saca a relucir las migas y el frite galisteos y el moje de trucha, entre otros platos típicos.

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