Lo más bonitos del archipiélago

Las Islas Canarias de pueblo en pueblo

La lejanía y el aislamiento de las Islas Canarias respecto a la Península ibérica las convierte en un enclave geográfico exótico y privilegiado. Su origen volcánico las ha dotado con paisajes de belleza única de la que estos pueblos gozan a diario.

 

Valle Gran Rey

La Gomera

No hay carreteras que bordeen la costa de La Gomera. Para ir de una localidad litoral a otra es preciso remontar un barranco rumbo al interior en la isla y, una vez en las alturas, descender hacia el mar por otro tajo entre las montañas. Cada barranco es diferente. Y el de Valle Gran Rey goza de unas condiciones excepcionales: soleado, al abrigo del viento y pródigo en manantiales de agua. El término municipal engloba trece núcleos de población escalonados entre la playa y las cumbres de Garajonay. Valle Gran Rey presenta pues un paisaje de palmeras y peñascos, salpicado de bancales con huertos, caseríos o pequeños barrios. Este idílico enclave atrajo hace ya medio siglo a un turismo hippie. En ese vergel donde desplazarse implica subir o bajar, la playa del Inglés devino un punto de encuentro entre cosmopolita y rastafari. Su negra arena, el profundo azul del mar y la espuma de las olas siguen deparando unos atardeceres inolvidables.

Tejeda

Gran Canaria

Tempestad petrificada. Así calificó Miguel de Unamuno el espectáculo geológico que se admira en las cumbres de Gran Canaria. La imponente caldera de Tejeda tiene unos 15 km de diámetro y se formó por hundimiento del terreno, en el que la erosión labró luego profundos barrancos. Hoy dos monolitos de basalto que constituyeron enclaves sagrados para los isleños desafían la verticalidad: el Roque Nublo (1813 m) y el Roque Bentayga (1404m). El pueblo de Tejeda respeta la arquitectura tradicional canaria y conserva todavía viviendas-cueva, como en los tiempos de antes de la conquista. Se puede visitar el Museo de las Tradiciones de Tejeda, que rinde homenaje a quienes vivieron en el lugar a lo largo de los siglos, o el Centro de Plantas Medicinales, que destila la sabiduría de pastores y botánicos. No hay excusa para perderse el Roque Bentayga, en las cercanías. Un centenar de cuevas con habitaciones, enterramientos y silos se arraciman en torno a este almoragén o lugar de culto aborigen, un centinela de basalto que comunica cielo y tierra.

Betancuria

Fuerteventura

Betancuria, curiosamente, es el municipio menos poblado de Canarias con 800 habitantes. Que el pueblo más bello de la isla sea el más vacío explica los cambios acaecidos desde que en 1404 Jean de Bethencourt y Gadifer de la Salle establecieron aquí la capital de la tierra que estaban conquistando. Solo el interior proporcionaba seguridad, pues la costa –la isla cuenta con 325 km de litoral– era una fuente de peligros. Por ella irrumpían los piratas –África se halla a 100 km– y las incursiones esclavistas. Hoy, para quien se aloja en un hotel de la costa, llegar a la vega del río Palmas, encajada entre montañas, implica atravesar un paisaje semidesértico en el que Betancuria aflora casi como un espejismo. Pero la visión se materializa al pasear por sus calles empedradas, a menudo entre casas de sólidos muros con balcones de pino canario. La iglesia Matriz de la Concepción atesora imágenes veneradas como la Virgen de la Peña (la Peñita), cuyo santuario se halla 5 km al sur y protagoniza una gran romería cada mes de septiembre.

Teguise

Lanzarote

Teguise, la hija de Guadarfía, el último rey aborigen de Lanzarote, dio nombre a la que sería capital de la isla hasta 1847. En el siglo XIV el pueblo maho había sufrido las razias esclavistas de castellanos y aragoneses, de las que Guadarfía había escapado más de una vez. A cambio de protección contra ellas, en 1402 los colonos normandos pactan con Guadarfía construir un castillo en la Costa del Rubicón. Pero meses después los castellanos asaltan a los aborígenes, y cuando estos acuden a la Gran Aldea de Acatife a solicitar ayuda, el gobernador les tiende una celada. Guadarfía logra fugarse y guerrea contra los europeos hasta que en 1404 se rinde y es bautizado. Maciot de Bethencourt, pariente de los conquistadores, se casa con Teguise y funda la ciudad. Hoy, en el centro de Teguise –La Villa, para los lanzaroteños– todo respira calma, con las blancas casas coloniales con esquinas de piedra desnuda y la carpintería de balcones y puertas pintada de verde. Las mañanas de domingo Teguise acoge el mayor mercadillo de Canarias. Los isleños van después de mediodía, cuando en algunos bares se puede escuchar música en vivo mientras se degustan tapas y vinos de producción local.

Haría

Lanzarote

La forma más espectacular de llegar a Haría es desde el sur, por la carretera que parte de Teguise. La ruta gana altura progresivamente, hasta que de pronto se asoma al valle de Malpaso. Conviene detenerse en el Mirador de los Helechos para contemplar un bucólico paisaje que ya no se olvida: el Valle de las Mil Palmeras. El mayor oasis de palmeras canarias envuelve las casas encaladas de los pueblos de Haría y Máguez. Al norte se eleva La Corona (609 m), un volcán de formas perfectas –surgió hace solo 21.000 años– en cuya cueva de 6 km con forma de túnel se ocultaba la población de los piratas, y donde hoy pueden visitarse los Jameos del Agua y la Cueva de los Verdes. La cornisa de El Risco, que se alza al oeste, contribuye a que el valle sea el más húmedo y fértil de Lanzarote. Estamos en un pueblo de rica tradición campesina y artesanal. César Manrique eligió Haría para vivir cuando la fama y el aumento del turismo en la isla mermaron su tranquilidad. La casa en que residió hasta su muerte es hoy un museo.

Tejeda

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