Blanco que te quiero, blanco

Los pueblos más bonitos de Málaga

Calles en pendiente cuyas casitas de fachada blanca se acuestan por la ladera de los montes definen la clásica imagen de estos pueblos malagueños. Pero hay mucho más por descubrir tras esta belleza radiante.

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shutterstock 1553366891. Frigiliana

Foto: Shutterstock

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Frigiliana

Frigiliana es una de las aldeas más bonitas de La Axarquía. Cuenta con la iglesia de San Antonio, cuyo campanario es el alminar de una anterior mezquita. El Barribarto, su núcleo antiguo, invita a pasear por calles de paredes encaladas adornadas con tiestos de flores, mientras se descubren escalinatas, pasadizos y patios escondidos. El pueblo se aferra a un cerro donde se confunden los restos de un castillo erigido en el siglo IX. Tras recorrer las cuestas, se puede compensar el paseo en algún mesón del centro o del barrio nuevo, que sigue creciendo justo al lado. En ellos sirven guisos de esencia morisca como el choto (cabrito) con salsa de almendras y postres condimentados con miel que elaboran en el pueblo y son un buen recuerdo para llevar a casa, junto a artesanías de esparto y barro. Frigiliana es una etapa de la Ruta de los Pueblos Blancos, que se puede seguir por la costa con enclaves aislados del interior como Cómpeta, cuna del vino axarqueño.

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Casares PC

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Casares

El castillo de Casares, una fortaleza construida por los árabes en el siglo XIII, fue creada como bastión defensivo del reino nazarí, y sus murallas delimitaban la extensión del pueblo. Hoy son uno de los pocos vestigios que se conservan en pie. La iglesia de la Encarnación, con un campanario mudéjar, el templo parroquial de San Sebastián y la pintoresca ermita de Veracruz son otros de los atractivos del pueblo. Resulta difícil imaginar Casares sin sus miradores. Encaramado en lo alto de una colina, a los pies de la sierra Crestillina, cuesta creer que este pueblo aferrado a la montaña se encuentre a escasos 15 km del Mediterráneo. Una panorámica teñida de cal que embelesa por la disposición de sus casas como terrones de azúcar apilados, de ahí que se bautizara a Casares como «un pueblo colgante». La visión se completa alcanzando la sierra de Ronda y el Campo de Gibraltar, enclaves que colindan con esta joya andaluza.

iStock-1288574735. Mijas

Foto: iStock

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Mijas

Una escultura de bronce junto a la Oficina de Turismo es la protagonista de la Plaza de la Virgen de la Peña de Mijas. Se trata de una burro, el símbolo de la localidad. El tesón y la disciplina de trabajo de estos animales fueron la herramienta gracias a la que los trabajadores de las canteras podían recorrer las empinadas cuestas. Por estas pendientes es por donde actualmente se extiende el término municipal formado por las bonitas casitas blancas que definen la típica imagen de Mijas. Un blanco que conforma el paisaje más clásico de los pueblos blancos andaluces, perfectamente conjuntado con las macetas azules que cuelgan de las paredes y las flores de rojo intenso que emergen de ellas. Por todo ello, el mejor plan para descubrir el municipio es dejarse llevar por la inercia de los pasos entre el laberinto de callejuelas peatonales y detenerse en alguno de los locales a probar lo mejor de la gastronomía local: un gazpachuelo o un salmorejo para aliviar el calor y una sopa cachorreña o de maimones para soportar el frío.

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Genalguacil

La belleza de este pueblo viene avalada desde la época del dominio árabe, pues la etimología de su nombre remite a una función decorativa relacionada con la presencia de plantas, árboles y flora en general: Genna-Alwacir, los jardines del Visir. Los límites de esta localidad están a cobijo del Valle del Genal, dentro de la Serranía de Ronda, y se encuentran rodeados por el llamado Bosque de Cobre. Repleto de castaños de hoja caduca, en otoño se convierte en un espectáculo de tonos naranjas, amarillos, marrones y rojos que hace las delicias de todo fotógrafo. Quizás es este gusto por la estética del que se han visto contagiados sus habitantes desde tiempos inmemoriales lo que explica que Genalguacil se haya convertido en un pueblo-museo de referencia. Y es que es ya toda una tradición que, desde 1994, cada año diferentes artistas dejan su huella en forma de obra de arte en las calles del pueblo. Un legado que se cuida y conserva convirtiendo el municipio en un auténtico museo al aire libre.
 

GettyImages-578695669. Archidona

Foto: Getty Images

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Archidona

“De la tajada peña se arrojaron y en el aire las almas dejaron”, escribió Carvajal y Robles. El poeta se refería a la leyenda de la Peña de los enamorados que define el perfil del cielo de Archidona cuando se dirige la mirada hacia el oeste. Un cristiano y una musulmana enamorados huían para poder vivir su amor y viéndose casi atrapados decidieron lanzarse peña abajo para morir juntos antes que vivir separados. Los ecos de esta romántica historia planean sobre los tejados de Archidona, cuyas casas aparecen recostadas en la falda del monte. La Plaza Ochavada, de planta octogonal, constituye el punto de referencia en el centro histórico. El patrimonio arquitectónico que se puede descubrir en su interior comprende desde el castillo fortaleza con dos líneas de muralla hasta numerosos edificios religiosos, entre los que destaca la ermita de la Virgen de Gracia o el Convento de Santo Domingo.

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