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Tarragona: lo que el turista no ve

Más allá de la Tarraco romana, la ciudad mediterránea esconde otras joyas que se suelen escapar de las principales rutas.

Tarragona es una de esas ciudades bendecidas por la luz del Mediterráneo, especialmente en esas horas tempranas en que el sol no muestra el color de la piedra sino que lo sugiere. En este paseo dejamos para otro día la Tarraco romana y ese patrimonio que le ha valido el reconocimiento Unesco, es este un deambular que pasa del modo flâneur al disfrutón con total soltura, que huye del estereotipo, del free tour de discurso wikipedista y del plato fotocopiado de la plaza de la Font, para ponerse el mapa de la ciudad por montera y crear un itinerario que cualquier empadronado, un poco bon vivant, firmaría.

 

 

 

De forquilla

El desayuno de forquilla (tenedor) es casi una institución en Cataluña, esa primera comida del día calórica, colesterólica, acompañada de media barra de pan y sin prisas, que era tan del gusto de Josep Pla. Cuando abrió sus puertas El Cortijo, a finales de los 70, fue el lugar de asueto de los estibadores, gente que no se andaba con milongas a la hora de desayunar o de comer. Con el traslado del puerto y la jubilación de aquella clientela portuaria, los hermanos Masegosa no tuvieron más remedio que adaptar el negocio. Con eventos como Dixie & Callos, la Espineta —con la recuperación de esta tradicional receta—, el Quina Barra —¡qué bocadillos!—, o la Bacanal de vinos, esa cocina del chup-chup con vinos honestos se hizo un hueco en el panorama gastronómico de Tarragona. Una intuición, casi visceral, llevó a Santi Masegosa a introducir los vinos naturales sin medias tintas: esos vinos le emocionaban y era lo que quería para su gente, aunque su gente no lo supiera todavía. El tiempo le ha dado la razón y El Cortijo se ha posicionado como un lugar de referencia en esa imparable tendencia en el mundo del vino. Hoy no es difícil ver, en esa taberna canalla que había sido un prostíbulo en los 70, a gente que llega desde la otra punta del mundo —han pasado californianos, australianos o japoneses— en busca de una copa de esos vino naturales. En El Cortijo no encontrarás un bacon con queso, pero sí Pancetamol, una panceta con varias horas de cocción a sus espaldas, unos chorros de vermut y vino blanco y generosidad con las especias para conseguir un toque asiático. El buen humor y cierta irreverencia saludable también forman parte del menú, se ha convertido en algo normal que Santi acabe sentado a tu mesa para compartir el último vino que acaba de descubrir, mientras Luis otea el horizonte, vigilante para que no falte pan con el que rematar esas salsas.

Arte transformador

Sin irse muy lejos de donde está El Cortijo, de hecho sin salir de la calle, encontramos uno de los murales que están transformando el barrio de la Marina o del Port. La iniciativa de poner color a marcos de puertas y ventanas tapiadas que remiten al pasado industrial del barrio, nació de cuatro vecinas, las integrantes del grupo CreaActives. Todo empezó con una acción que dieron en llamar de decoración afectiva, los árboles de la plaza de los Carros se llenaron de mensajes cariñosos que los vecinos del barrio iban dejando a su paso, arte efímero para implicar a la ciudadanía en este proceso renovador que pretende dignificar el barrio a través del arte. La temática de los murales está vinculada a la historia del barrio y a las personas que trabajaban en la zona del puerto cuando vivió su momento de esplendor gracias al comercio del aguardiente y del vino. Los murales van acompañados de un código QR con información de la obra. En el vecino barrio del Serrallo también podemos encontrar algunas buenas muestras de arte urbano, igualmente relacionadas con la actividad que se desarrolla en sus calles, en este caso vinculada a la pesca.

Al ritmo de pasodoble

Es de sobra conocido el aforismo que dice que la mejor manera de conocer una ciudad es a través de sus mercados. La visita al Mercado Central merece la pena, claro, por el tema gastronómico, pero también por el arquitectónico. El edificio fue obra de Josep Maria Pujol de Barberà, que coló algunos elementos modernistas en los detalles y proyectó un espacio soportado por columnas de hierro colado para dar paso a la luz y una mayor sensación de amplitud. En cuanto a los asuntos del yantar, destacan el buen pescado fresco, cómo no; las dulces creaciones del pequeño puesto de Cal Jan, pastelería con sede en Torredembarra que acaba de ganar el premio al mejor panettone de España; o la selección de quesos de Magda y sus consejos para hacer la tabla perfecta. Cada día a las 12:00 y a las 18:00, también a las 20:00 en verano, abren las puertas del reloj de la fachada y se pone en marcha el carillón con siete figuras que representan a personajes del cortejo popular de Santa Tecla, figuras que bailan al son del pasodoble Amparito Roca. Si hablamos de mercados tampoco nos podemos olvidar del que montan cada sábado los payeses en la plaza del Forum.

El cielo de Tarragona

Cuando el hotel H10 Imperial Tarraco abrió de nuevo sus puertas, en julio de 2020 tras una importante remodelación, le devolvieron algo que había perdido durante la anterior etapa: luz. La mayoría de las habitaciones tiene vistas al mar y al anfiteatro, además de una decoración muy fresca, de aire marinero, hasta el punto de que da la sensación de estar entrando en un lujoso camarote. El gran reclamo desde la reapertura ha sido el rooftop, una terraza con vistas a casi dos mil años de historia de la ciudad. Con gran acierto han bautizado a este espacio como Caelum, doble guiño al soberbio cielo sobre el Mediterráneo y al pasado romano de la ciudad. En la terraza ofrecen servicio de cocina informal y coctelería. Para comer y cenar es necesario reservar, algunos clientes ya lo hacen pidiendo una de las mesas con vistas a la Catedral, incluso los más avezados conocen el número que tiene asignado cada mesa. Hay dos momentos clave para subir a esa terraza: la tradicional hora del vermut —mejor con el vermut local Padró— y el del paso del atardecer a la hora azul, cuando iluminan la ciudad. Caelum está abierto desde Semana Santa hasta finales de octubre y los fines de semana hasta Navidad.

Cirios y fantasmas

La calle Mercería conecta la plaza de las Cols, abierta al Pla de la Seu y a la impresionante fachada de la Catedral de Tarragona, con la del Forum. En esta calle porticada encontramos una curiosa tienda, Casa Corderet, la cerería más antigua de Cataluña y, si se acaban de concretar las últimas investigaciones, una de las tiendas ininterrumpidamente en activo más antiguas de Europa. Los datos confirmados la datan en 1751, como buen ejemplo del barroco civil catalán; los que están manejando actualmente llevan esa fecha hasta 1631. En una falsa puerta tras unos estantes se escondieron numerosos civiles durante la Guerra del Francés. El nombre de la tienda viene de la figura de un cordero pascual que había en el lugar donde ahora se encuentra una pequeña hornacina con Santa Tecla, la patrona de la ciudad. Xavier Pagès, tras un periodo como trabajador y gerente, es el actual propietario de esta botica que sigue vendiendo velas, muchas fabricadas por ellos, y otros productos artesanos de proximidad a toda clase de clientes. Servir a judíos ortodoxos, católicos o beréberes, llevarse bien con todos en definitiva, es la clave de que el negocio siga vivo, según cuenta Xavier. Ese aire un poco misterioso que se siente al traspasar la puerta no podía menos que tener su propia historia de fantasmas, aire que supo captar el director Jesús Monllaó en su película Hijo de Caín, cuando convirtió la trastienda de Casa Corderet en el acceso a un mundo casi onírico donde se jugaba al ajedrez.

Argumentos de Netflix

Año 1171, dos caballeros de la familia normanda de los Aguiló apuñalan a uno de los señores de la ciudad, Hug de Cervelló, cuando regresa a Tarragona. No es parte de la sinopsis de la serie de moda, sino el hecho que dio origen a la construcción de una catedral. Antes de morir, más por mala conciencia que por buena fe, Cervelló dejó una importante parte de su herencia para la construcción del templo. A partir de aquí, nos encontramos con eunucos cantores que dan nombre a la campana que toca las horas, a ratas con un gato en procesión o a una santa manca que aún así es capaz de abofetear a un rey. Son parte de las historias que encierra la Catedral de Tarragona y nadie conoce sus entresijos como Julio Villar, una de las dos mitades de Argos, empresa especializada en la interpretación y divulgación del patrimonio, el arte y la cultura. Durante la visita que Julio hace a este sacro lugar se pasa por el retablo de alabastro del altar mayor y bajo el órgano de talla renacentista; se explica la historia del témenos y se sube al campanario para ver La Capona y otras dos campanas de principios del siglo XIV. Desde ese punto, la atalaya más elevada de la ciudad, se tiene una amplia visión del Camp de Tarragona, lo que nos permite entender perfectamente por qué los romanos se aposentaron aquí.

¡Viva la tarta de queso!

La Caleta es, seguramente, el restaurante con el ambiente más agradable de Tarragona. Está situado en una casa con pretensiones de masía, entre las playas del Miracle y de la Arrabassada. La terraza, si el clima lo permite, es una delicia; el interior, íntimo y cálido, no le va a la zaga. Román Del Olmo se ocupa de la gestión y de la sala, en los fogones está Vladi Degtyarev, cocinero de origen ruso que ha pasado por cocinas como la de Rodrigo de la Calle. Trabajan con una carta que lejos de ser corta es suficiente, ágil en las rotaciones, en la que han incorporado algunas notas de autor a la cocina mediterránea y de mercado. Manejan cada producto con delicadeza, como muestran algunos de los platos que han pasado recientemente por su carta: un tataki de atún con un sellado absolutamente milimétrico —más, sería delito—, la ensalada de tomate rosa con frambuesas y sake o la gamba blanca de Tarragona con escabeche de cítricos y pollo. Atención especial merece la carta de postres, uno de los postres para ser precisos. Román se entretuvo durante el confinamiento en buscar la tarta de queso perfecta. Jugando con las temperaturas y el queso payoyo ha llegado a rozar la perfección. La tarta que sirve es de una cremosidad rayana en lo sensual, con un fino sabor a queso, una seria candidata a acabar con la hegemonía del restaurante donostiarra La Viña en el reinado de las cheesecake a imitar. Si la ración sabe a poco, a través de su nueva línea La Caleta Selección es posible llevarse algunos de los productos del restaurante para casa, tarta de queso payoyo incluida. Eso sí, no se garantiza el ambiente.

El Mediterráneo que fue

Los caminos de ronda fueron trazados por los habitantes de la costa para el aprovechamiento de recursos y para vigilar los peligros que llegaban desde el mar. Más tarde, sobre todo en el periodo del romanticismo, los artistas contribuyeron a crear una nueva visión estética y emocional de los espacios del litoral y de los acantilados. Actualmente, los caminos de ronda nos permiten estar en contacto con la naturaleza, el paisaje marítimo y la historia. El que transita entre Tarragona y el recinto amurallado de Tamarit es evasión y aire fresco, especialmente en las horas más tempranas en que está menos concurrido. En el recorrido se atraviesan varias playas, pequeñas calas de aguas cristalinas y un espacio natural, el bosque de la Marquesa, que te permite soñar con el Mediterráneo que fue, un mar con mucho menos ladrillo y más despertares con el canto de las aves. El paseo junto al mar, en su recorrido por la ciudad, tampoco está exento de encanto, sobre todo si lo prolongamos más allá del Paseo Marítimo, por el Muelle de Levante hasta llegar al faro de la Banya.

Catedral