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Vídeo: Brujas de 9h a 21h

Trazamos un día perfecto en esta coqueta ciudad de Flandes a través de sus planes imprescindibles.

Brujas

Descender del tren y entrar casi a bocajarro en el casco antiguo de Brujas es equivalente a trasladarse en el tiempo, como si el billete llevara la Edad Media como destino final. En este viaje en el tiempo cinco siglos atrás, el visitante llega a una ciudad donde las suelas de los zapatos no pisan más que calles adoquinadas cuyos trazados solo se ven interrumpidos por los bellos canales que dibujan el entramado urbano de esta pequeña localidad flamenca. Pasear por su centro es todo un placer, pues por en él no se permite la entrada de los vehículos a motor, de modo que se pueden descubrir todos sus encantos sin tener en cuenta más tráfico que el de los barcos y los carros de caballos.

Precisamente a la funcionalidad de unos canales que unen Brujas con el mar le debe la ciudad la prosperidad que experimentó durante el periodo medieval. Estas fluidas vías de comunicación y su estratégica ubicación la convirtieron en un punto clave del comercio en la Europa de la época. Sin embargo, en los siglos posteriores la región experimentó un periodo de decadencia que, a su vez, contribuyó a mantener el buen estado de uno de los burgos medievales mejor conservados del viejo continente.

Grote Markt, Brujas
Foto: Istock

El skyline de Brujas está claramente dominado por el campanario, la torre del Belfort, que preside, señorial, el nudo en el que todo empieza y acaba, el punto de fuga de toda ciudad flamenca que se precie: la Grote Markt. Las casas gremiales de grandes ventanales embellecen este amplio espacio con sus fachadas de colores y sus típicas puntas escalonadas. Un conjunto que se aprecia a la perfección tras ascender los más de 300 escalones del Belfort para contemplar una de las mejores vistas de la ciudad.

Una vez introducidos en el carácter comercial que forjó y dio esplendor a este núcleo flamenco, para seguir descubriendo el resto de sus atractivos es cuestión de dejarse llevar por su centro histórico declarado Patrimonio de la Humanidad. Esta pequeña ciudad es ideal para conocerla en una visita de un día y, como todo viaje tiene sus imprescindibles, entre los que se encuentra el imperativo de profundizar en su cultura gastronómica. Una visita a una de sus chocolaterías permite descubrir el sabor del clásico chocolate belga, y una parada en una cervecería artesanal introducirá al viajero en el mundo de la cerveza belga, una bebida de tradición histórica.