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Zaragoza en cinco pueblos imprescindibles

En este recorrido de sur a norte aparecen cinco localidades zaragozanas cuya cultura, paisaje y patrimonio arquitectónico ponen en valor a esta interesante provincia.

 

Anento

Una enorme roca caliza de tintes arcillosos es el telón de fondo frente al que se desparraman las casas y las intrincadas callejuelas de Anento, en mitad del valle del Jiloca. El manantial de Aguallueve tiene un papel importante en el aspecto que ofrece un paisaje de vegetación frondosa, que se extiende entre altas paredes de piedra y que en las épocas de mayor humedad luce alfombrado de musgo. El castillo de Anento y la iglesia románica de San Blas atestiguan el esplendor medieval que experimentó la villa. El primero se asienta en lo alto del pueblo y sirvió de defensa para esta localidad fronteriza desde 1357. Y la iglesia, cuya torre destaca por encima de los tejados, esconde en su interior un preciado tesoro en forma de retablo gótico, además de pinturas murales y un elegante pórtico con bóveda de crucería.

Daroca

Ya sea por el Portal de Valencia, la Puerta Baja o la Puerta del Arrabal, la entrada al casco antiguo de Daroca promete una profunda inmersión medieval. Esta terna de portales son parte de las antiguas murallas que defendían una villa que durante mucho tiempo fue cruce de caminos, frontera de reinos y avanzadilla de la conquista cristiana. De sus robustos muros se conserva un perímetro de 4 kilómetros que a su vez constituye un agradable paseo que conduce hasta el castillo, desde donde se alcanzan las mejores vistas del pueblo y el valle del Jiloca. La importancia de Daroca y la pervivencia de sus murallas ha permitido que se hayan conservado entre las calles del centro numerosos edificios históricos que cuentan parte de un rico pasado. Entre ellos destacan siete iglesias de las diez que había en el siglo XII, pomposas casas señoriales o icónicos rincones como la Fuente de los Veinte Caños.

Tarazona

Hay lugares en los que todo pivota en torno a un monumento. Y eso es lo que le sucede a Tarazona con su catedral. Cuando se llega a la Plaza de la Seo, la elegancia mudéjar del exterior de este edificio sorprende y embelesa. Es como si el ladrillo se transformara en mármol por la lucidez y las filigranas de la torre. Dentro espera un amalgama de estilos, mucha luz y un claustro repleto de celosías que sintetizan a la perfección el alma multicultural de esta localidad. Otra muestra de que este enclave fue siempre un objeto de deseo comercial es la herencia sefardí. Su judería hoy conserva un trazado nervioso y ratonero. Pasear estas calles supone dar con otros monumentos históricos como las Casas Colgadas, unas mansiones edificadas en saledizo que resisten estoicamente el paso del tiempo y el empuje de la gravedad; la renacentista Plaza de España o el fastuoso Palacio Episcopal.

Ejea de los Caballeros

Romanos y musulmanes fueron los primeros pobladores del lugar, pero fue la época medieval el periodo que dejó una mayor huella cultural y arquitectónica en el pueblo. Prueba de ello son dos de sus tres iglesias: San Salvador y Santa María, ambas del siglo XII y de factura románica. El tercer referente religioso es Nuestra Señora de la Oliva, de siglo XVII, de claras influencias barrocas. Como capital de la comarca de las Cinco Villas, Ejea ha sido desde antaño centro comercial de la región, sin embargo, si algo define la historia más reciente de Ejea es su relación con el agua. Una red de lagunas y embalses puntea los alrededores del pueblo, y el aprovechamiento y la importancia de este recurso puede conocerse en el Museo Aquagraria. En él se explica la relación entre el agua, la agricultura y el ingenio de sus habitantes, y cómo la combinación de estos factores dio lugar a una industria de maquinaria agrícola de la que se conserva una buena muestra en el museo.

Sos del Rey Católico

Historia y encanto es lo que envuelve al lugar que vio nacer al rey Fernando el Católico, un punto geográfico que sirvió de línea fronteriza entre los antiguos reinos de Aragón y Navarra. Declarado Conjunto Histórico-Artístico, atesora uno de los mejores patrimonios medievales del país. Su villa se conserva amurallada y en su interior, escudos, ventanas góticas y renacentistas y sillares decoran las fachadas. Sus calles empedradas y retorcidas conducen a lugares como la bonita plaza de la Villa. Allí se ubica el Ayuntamiento, uno de sus edificios más emblemáticos junto con el Palacio de Sada, la casa natal de Fernando el Católico. Otros rincones para descubrir son la Lonja –ahora biblioteca municipal–, la iglesia de San Esteban, con unos murales góticos que son todo un espectáculo para la vista, y la recogida ermita de Santa Lucía. Y el Barrio Alto, que en su día albergó la judería medieval.

Daroca