España

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Teide

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Teide: teleférico volcánico

Ríos de lava, cráteres y rocas de formas curiosas compone el singular paisaje que rodea el volcán Teide, protagonista absoluto del parque nacional que lleva su nombre en la isla canaria de Tenerife. Un teleférico sube en apenas 8 minutos hasta los 3555 m y permite acercarse a la cumbre –su ascensión está restringida a un número limitado de personas al día y requiere de un permiso oficial– o asomarse a miradores que, en los días claros, descubren el perfil de las islas cercanas como la Gomera, el Hierro, La Palma y Gran Canaria.

 
Abadía Retuerta LeDomaine

Foto: Abadía Retuerta Le Domaine

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Ora et non labora

Acunada por el río Duero y resguardada por hectáreas de viñas, esta antigua abadía cisterciense es un templo del relax. A apenas media hora en coche de Valladolid, hospedarse en la Abadía Retuerta Le Domaine es un viaje al pasado en el que disfrutar del poso de la historia y la calma secular de Castilla. Son apenas 30 habitaciones en este complejo de cinco estrellas, que añade una piscina al aire libre, así como un spa en el que hay diversos tratamientos, desde originarios del Tíbet a tratamientos a base de vino y aceite, gérmenes de de estas tierras. Además, sus alrededores invitan al esparcimiento y a caminar, siguiendo la senda del Duero. El colofón perfecto es el restaurante El Refectorio, capitaneado por Marc Segarra, que lejos de la austeridad clerical, consiguió una estrella Michelin con una cocina creativa, respetando el producto local. Sólo disponible para cenas, la propuesta entronca con La Vinoteca, en la que la sencillez de la cocina castellana se emparenta en forma de raciones y platos para compartir.

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Zahara de los Atunes (la joya)

Zahara de los Atunes es la joya gaditana o el paradigma de la Costa de la Luz. De hecho, si solo se tuvieran unas pocas horas para conocer las playas de Cádiz, ésta zona sería imprescindible. Son kilómetros de hermosas playas de arena clara y fina que van desde el mismo pueblo hasta el Cabo de Gracia. Conforme más al sur, dejando Barbate hacia Tarifa, la playa se va haciendo más salvaje. Desde playa del Carmen, accesible y llena de servicios hasta Playa del Cañuelo, la más pequeña y virgen de todas, un universo playero maravilloso.

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Playa del Palmar (o con buen rollo)

Es la más social de las playas de Cádiz, y eso que la provincia está en niveles altos de sociabilidad. Estos últimos años, la arena gustosa, las olas aptas para el surf y los chiringuitos la han convertido en carne de Instagram, además que Vejer de la Frontera es bonito, bonito. No por nada fue declarado ya en 1976 como conjunto histórico-artístico. Para quienes gusten despedir la jornada playera con un buen mojito está La Torre, a pie de arena, con música y vistas directas al atardecer… Así, ¿quién se va a resistir a compartir unas cuantas fotos en su Instagram?

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Playa de Camarón (para camuflarse sobre la arena)

Esta playa de simpático nombre ocupa un bello paisaje de dunas y vegetación declarado como zona protegida, así que el acceso se hace a través de plataformas de madera: protegen a la vez que quedan muy vistosas para los selfies playeros. No hay que salir corriendo si ve a algún que otro camaleón andar lento sobre la ardiente arena; en todo caso, esta es su casa. Y de hecho, hay hasta un centro de interpretación camaleónico cerca de la entrada a la playa. Otra curiosidad: al bajar la marea, quedan al descubierto los corrales de pesca del camarón… de ahí el nombre de la playa.

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La playa de la Barrosa (la familiar)

Sí, está bien eso de ir al chiringuito más cool o sacar a pasear la tabla de surf, pero en ocasiones también apetece algo más relajado, en plan familiar. Para esos momentos playeros, Cádiz tiene playas como la Barrosa, en Chiclana de la Frontera. Este arenal es perfecto si hay peques de por medio dando sus primeras brazadas y los padres pueden evadirse un rato de la chavalería caminando por la kilométrica orilla. Son famosas las puestas de sol con el islote de Sancti Petri recortado en el horizonte.

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Playa de Regla (para cosmopolitas en chanclas)

Se ve tan familiar y concurrida, con sus chiringuitos a pies de paseo y las tumbonas y parasoles que resulta difícil imaginar que esta playa, en realidad, guarda algunos secretos. A finales del S. XIX, la playa de Regla, en Chipiona, fue escogida por sus aguas curativas para fundar el Primer Sanatorio Marítimo de España, el Sanatorio de Santa Clara, en el año de 1897 donde se trataron numerosos tuberculosos. No fue cosa de milagro, si no de yodo, que parece ser que se encuentra en altas dosis en el mar. Pero es que, además, hay cerca un faro histórico que se remonta a eso del año 140 a. C. Eso sin contar con la evidente presencia del  Monasterio de Nuestra Señora de Regla. Vaya toda una lección de historia. La temporada playera alarga hasta la festividad de la Virgen de Regla, el día 8 de septiembre, cuando la playa se llena de ambiente festivo.

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La Fontanilla (para foodies con arena)

El gran atractivo de Conil de la Frontera son sus playas, y es que tiene cerca de 14 kilómetros de arena fina bañada por el Atlántico. La de Fontanilla es la más famosa y concurrida por sus aguas calmas, ideales para familias con peques, y por su entorno natural. Pero resulta que foodies de todo el mundo, sobre todo durante la temporada de la almadraba del atún rojo, le tienen el ojo puesto a este lugar. Sin ir muy lejos de la arena, se encuentran dos clásicos: el Restaurante La Fontanilla y el restaurante Francisco La Fontanilla. En el municipio hay muchos otros restaurantes para disfrutar del atún, los pescados y arroces.

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Playa del Faro de Trafalgar (la más salvaje)

Las playas de Barbate son un clásico del verano gaditano. Una de ellas es la playa del faro de Trafalgar, que parece recién salida de un anuncio playero perfecto. Eso sí, conforme se accede por la pasarelas de madera que protegen el entorno, se ve un cartel:  “Zona Peligrosa: prohibido el Baño”. Así es, será una belleza, pero hay que ir con cuidado, donde sus bajíos y arrecifes pueden provocar remolinos y turbulencias. Frente a estas peligrosas costas se libró en 1805 la famosa batalla naval que enfrentó al almirante inglés Nelson contra una coalición de barcos franceses y españoles, en 1805. Basta ir a Londres para recordar quién ganó la batalla.

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Valdevaqueros (de todo menos quedarse tumbado)

Si se quiere experimentar con el ambiente surf de Tarifa, esta es la playa perfecta. De hecho es fácil encontrarla: decenas de cometas ponen color al azul del cielo como si fueran el haz de luz de un faro. La Playa de Valdevaqueros se ha convertido en la Meca del windsurf y el kitesurf de Cádiz y hasta ella llega un ingente ejército de deportistas atraídos por las olas, el viento y el entorno semisalvaje. Por supuesto, le dan un toque de frescura a la playa difícil de encontrar en otras playas de Andalucía. Hay conciertos, barbacoas, mojitos y, por supuesto, muchas velas. Además, como la de Bolonia, también tiene su propia duna en Punta Paloma (Parque Natural Del Estrecho).

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Playa de Bolonia (donde hacer la croqueta)

En la playa de Bolonia, se mire donde se mire, su gran duna domina el paisaje. Y es que el Monumento Natural de La Duna de Bolonia es todo un espectáculo natural de más de 30 metros de altura y 200 de ancho que domina el sistema dunar al que pertenece. La arena remonta hasta impactar con un bosque de pinos, en un contraste mágico de ocre y verdes. A los bañistas que suben en procesión, les tienta bajar haciendo la croqueta cuesta abajo. Aguada un mar turquesa en el que luego quitarse la arena, siempre y cuando no sople el viento de levante.

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Playa de La Caleta (para bohemios en bañador)

Hablar de La Caleta no es hablar de una playa, si no de la intimidad de una ciudad. Se podría decir que esta postal típica de Cádiz funciona a modo de un microcosmos que la representa a pequeña escala. A parte de la fama mediática por ser la playa en la que se bañó Halle Berry en Muere otro día, de la serie James Bond, La Caleta es una playa de carácter familiar que ha atraído desde siempre a artistas y bohemios como Isaac Albéniz, Paco Alba, o Fernando Quiñones, el poeta más querido de Cádiz.

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Cabo de Gata

Tomar como campo base cualquiera de sus pueblos blancos como Mojácar, Níjar, San José o Carboneras es una de las mejores decisiones para lanzarse a descubrir un Parque Natural que regala paisajes de película. La playa de los Genoveses, la de los Muertos o la playa de Mónsul son algunos de los ejemplos de su belleza natural, cuya guinda puede contemplarse en el Arrecife de las Sirenas, junto al faro del Cabo de Gata. El origen volcánico del parque le dota de un aspecto salvaje acentuado por las llanuras desérticas que lo rodean. Un cóctel inolvidable.

Guiomar Huguet, editora adjunta.

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Gijón

En cualquier época del año, aún con la fina lluvia que es tan habitual por el norte, apetece un delicioso paseo junto al mar. Pasar por la conocida playa de San Lorenzo, entre la iglesia de San Pedro y el yacimiento de la antigua ciudad romana de Gigia, y acabar en el Cerro de Santa Catalina, desde donde disfrutar de unas espectaculares vistas a los pies de la enorme escultura de Eduardo Chillida, el Elogio del Horizonte. El barrio de Cimadevilla, el más antiguo de Gijón, ofrece multitud de sidrerías y tabernas en las que degustar de su rica gastronomía y de un culín, o más de uno, de la bebida más conocida de Asturias.

Sandra Domènech, coordinadora editorial de Viajes National Geographic.

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Priorat

Pocos paisajes del vino en los que la voluntad haya vencido tantos problemas como este rincón del interior de la Costa Daurada. Se podría decir que con los monjes que llegaron de Provenza para fundar la Cartuja de Escaladei llegó el vino a esta región de orografía escarpada. Precisamente, el secreto de esta denominación de origen está en sus viñas en pendientes que parecen querer tocar el cielo y que hacen madurar la uva en un clima extremo. Son vinos tan personales que muchos enólogos pueden llegar a diferenciar de que viña exacta es cada uno de los caldos. Por toda esta cultura, su entorno natural, los bellos pueblos, los hoteles con encanto y el lujo gastronómico, es una de las eternas candidatas catalanas a Patrimonio de la Humanidad.

José Alejandro Adamuz, editor colaborador digital de Viajes National Geographic.

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León

Hay un punto en el callejero que define exactamente lo que es la ciudad de León. Se trata de la confluencia entre Avenida Ramón y Cajal y la Calle Ruíz de Salazar, en pleno centro. Allí, aparecen de un solo vistazo para el visitante cerca de dos mil años de historia: al norte, en primer término, la torre románica de San Isidoro (S. XI y XII), un poco más lejos, el mejor tramo conservado de la segunda muralla romana (S. III); Al sur, el Palacio de los Guzmanes (S. XVI) y la fantasía medieval de la Casa Botines (S. XIX) que diseñó Gaudí para León. Y a esta lección magistral, hay que sumarle todo lo bien que se come y se bebe, el ambiente pausado de las calles del barrio Húmedo o del Romántico y la mirada al presente, y al futuro, del barrio Era de Renueva con ejemplos de arquitectura contemporánea, como el colorido Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León (MUSAC).

José Alejandro Adamuz, editor colaborador digital de Viajes National Geographic.

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Costa Quebrada (Cantabria)

Es de carácter montañés; y sin embargo, Cantabria puede sacar pecho sin complejo de tener uno de los litorales más bellos de España. Diríase que su especial morfología tiene un origen mítico: hace unos 100 millones de años, la Península Ibérica rotó con relación al continente abriéndose espacio así para el mar Cantábrico y dando lugar a los característicos pliegues de este litoral. Se podría decir que el paisaje excepcional de la Costa Quebrada es el testimonio de la eterna lucha entre el mar y la tierra. El Parque Geológico de Costa Quebrada se desarrolla a lo largo de unos 20 kilómetros, en los que se encuentran playas escénicas como la de Arnía con sus espectaculares flysch, o playa del Madero, mucho más recóndita, acantilados de horizontes tremendos, yacimientos prehistóricos y afloramientos rocosos que parecen lienzos.

José Alejandro Adamuz, editor colaborador digital de Viajes National Geographic.

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Sierra de la Tramuntana

Un viento le dio nombre, pero su esencia es pétrea. La sierra de Tramuntana se extiende en la costa occidental de Mallorca como una columna vertebral de la isla: desde Estellenc al Cabo de Formentor, pasando por su punto más alto, el Puig Major, a 1.445 metros. Mientras la mayoría de miradas se dirigen a la costa sur, donde las playas son más dóciles, este paisaje cultural, declarado patrimonio mundial por la Unesco en 2011, se abre como un universo propio en la isla en el que descubrir pueblos bohemios como el Deià de Robert Graves, playas sorprendentes como la cala del Torrent de Pareis, faros o carreteras que por sí solas ya son todo un espectáculo. Aún se siente el eco de personajes míticos como George Sand, Chopin y el archiduque Luis Salvador de Habsburgo, quien puso en primera línea del turismo del S. XIX a la isla de Mallorca.

José Alejandro Adamuz, editor colaborador digital de Viajes National Geographic.

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Soria

Para cualquier persona no iniciada en el turismo soriano esta opción puede parecer, a priori, secundaria. Nada más lejos. Los campos de Soria que cantó Machado así como las animadas calles de su ciudad tienen un sinfín de ofertas para los viajeros: desde un salto en el tiempo hasta la Antigüedad romana y la resistencia de los numantinos frente al gran Imperio hasta una ruta enológica por la ribera del Duero, pasando por fortalezas medievales como el espectacular castillo de Gormaz o rutas senderistas por el Parque Natural del Cañón del Río Lobos. Una delicia de destino que combina naturaleza, cultura y gastronomía. ¿Qué más se puede pedir?

 

Guiomar Huguet, editora adjunta.

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Rías Baixas

Las Rías Baixas son tradición, naturaleza, paisajes y buen comer a partes iguales. Las dos ciudades de referencia son Vigo y Pontevedra, ambas a orillas de ría y con vitales cascos antiguos entre los que se esconden las mejores barras donde saborear el producto del mar. Pero además, en los pequeños pueblos pesqueros aún puede sentirse la esencia de un litoral que podría recorrerse saltando de faro en faro hasta terminar en las Islas Cíes, parte del Parque Nacional de las Islas Atlánticas.

Guiomar Huguet, editora adjunta.

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Bahía de Cádiz

La riqueza cultural, natural e histórica de la zona solo es comparable con la belleza y longitud de sus interminables playas. Coronada por la capital de la provincia, Cádiz, una de las urbes más antiguas de Europa, el resto de la zona de la bahía y sus alrededores esconde playas de la talla de el Palmar, Caños de Meca o Camposanto, ciudades históricas como San Fernando y pueblos encantadores de casas blancas encaladas y amplios porches con hamacas y tumbonas. Relax made in Andalucía
 

Javier Flores, director digital de National Geographic.

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Granada


La Alhambra es una maravilla refinada de la arquitectura. Para admirarla antes de conocerla, lo mejor es subir al barrio de muros y casas blancas del Albaycín, y allí buscar miradores como el de San Nicolás, con una vista del monumento con el marco natural de Sierra Nevada al fondo. Otra opción es buscar rincones escondidos con perspectivas menos conocidas, como las que se encuentran mientras se pasea por el empinado barrio del Sacromonte, lleno de cuevas donde antes se vivía y hoy se acude para cenar en restaurantes o para ver espectáculos y algún museo de flamenco. La fortificada Alcazaba es la parte más antigua y austera del conjunto, de gran contraste con los delicados palacios nazaríes, que fueron creados pensando en el deleite de los sultanes, con estancias decoradas con filigranas de estuco y patios refrescados por fuentes como la de los Leones. De esa época son también los jardines del Generalife, donde los juegos cantarines de agua acompañan al visitante –en verano son el escenario de un festival de música y danza–. Es cierto que Granada no se entiende sin su Alhambra, pero la ciudad reclama envidiosa que descubramos sus otros atractivos: la Catedral, en cuyo interior se halla el mausoleo de los Reyes Católicos, los baños árabes convertidos en spa donde relajarse, alguna de las teterías moriscas de la calle Calderería, las casas con «carmen» o jardín donde cenar bajo las estrellas, sin descuidar coquetear con la tradición del tapeo, una práctica que, como en el resto de Andalucía, en Granada resulta inolvidable.
 

Asun Luján, redactora de Viajes National Geographic

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Córdoba


La gran ciudad califal se levanta majestuosa a orillas del Guadalquivir y a los pies de Sierra Morena. Lo mejor es acceder a ella por el Puente Romano, una pasarela de 16 arcos que ha sido entrada desde tiempos inmemoriales. Nada más cruzar a la otra orilla se abre el barrio de la Mezquita-Catedral, culminación del legado que romanos, judíos, musulmanes y cristianos dejaron en esta ciudad andaluza. La Mezquita fue el centro político y religioso del Califato de Córdoba desde el inicio de su construcción el año 780. Tras cruzar el Patio de los Naranjos donde se realizaban las abluciones, se entra en la Sala de la Oración, un hito arquitectónico que hace enmudecer, donde un millar de columnas se unen por arcos dobles de herradura. En su centro fue erigida en 1523 la Catedral cristiana. En torno a este emblemático monumento se abre un dédalo de callejuelas, muchas encaladas y animadas por tabernas y patios cuajados de flores. Que Córdoba es una ciudad de aromas también se aprecia en el cercano Alcázar de los Reyes Cristianos, un recinto fortificado construido en tiempos de Alfonso X, donde los Reyes Católicos recibieron en audiencia a Cristóbal Colón en 1485. Su visita discurre entre salas decorada con mosaicos romanos y jardines con hierbas aromáticas, arbustos de azaleas y albercas mudéjares. Pero la visita a Córdoba estaría incompleta sin incluir sus bares, confiterías, bodegas y restaurantes, como los cercanos a la plaza del Potro y la calle Lineros.
 

Asun Luján, redactora de Viajes National Geographic

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Triángulo castellano: Salamanca, Ávila y Segovia

Ávila, Segovia y Salamanca pueden configurar una escapada de fin de semana que funda monumentos, paisaje, gastronomía e historia, mucha historia. 

 

  1. Ávila conserva la muralla medieval más completa de la Península. Edificada en el siglo XI, desde la distancia impresiona por sus dimensiones, con casi 2,5 km de perímetro y muros de 12 m de alto. Hasta 2000 hombres trabajando durante 9 años fueron necesarios para levantarla. Y cuándo hoy se contempla uno se pregunta qué tuvo esa ciudad en el pasado para precisar ser tan protegida. En la Edad Media, sus torres garantizaban la defensa cuando la ciudad tenía que repeler los ataques moriscos. Sus murallas se traspasaban por puertas que también servían para precintarla en caso de epidemias o para controlar el comercio de víveres, como revela el nombre de la Puerta del Peso de la Harina. Otras también muestran con su nombre la función que tenían, como la Puerta de la Cárcel o la de los Malaventurados, por la que salían los condenados a muerte. Hoy el principal acceso al casco histórico de Ávila se realiza por la robusta Puerta del Alcázar, muy próxima a la Catedral. El templo, con aspecto de fortaleza, está adosado a la muralla, sobre la que además discurre un paseo de adarve desde el que se contempla el casco antiguo y varias iglesias románicas construidas extramuros, como la de San Vicente. Santa Teresa nació en la provincia de Ávila y vivió muchos episodios de su vida en la ciudad, por lo que su figura se recuerda constantemente en puertas, plazas, monumentos, tiendas, mesones y hasta el guisos y dulces como las deliciosas yemas de Santa Teresa.
     
  2. Al este de Ávila se sitúa Segovia, otra capital con famoso monumento. Se trata de su Alcázar, residencia de los reyes castellanos entre los siglos XII y XVIII, y el edificio más relevante y elevado de la ciudad medieval. Se dice que desde una de sus torres el rey Alfonso X estudiaba el firmamento. El centro de Segovia se extiende a los pies de su Alcázar, como un museo al aire libre de arquitectura. La obra más antigua del conjunto es el Acueducto romano, con más de veinte siglos de historia, cuya parte más elevada y famosa es la que cruza la Plaza de Azoguejo, rodeada de mesones tradicionales. Un dédalo de calles medievales serpentean entre el Alcázar y el Acueducto, donde se pueden visitar la Cátedra gótica y las iglesias románicas de San Esteban y San Andrés sobresaliendo sobre los tejados.
     
  3. Cerrando el trío por el oeste se llega a Salamanca, una de las ciudades más ilustradas de la Península. La Plaza Mayor ha sido fiel testigo de las distintas etapas vividas. Considerada ejemplo de arquitectura civil barroca, a lo largo de su historia ha tenido varias funciones, desde coso taurino a patíbulo hasta escenario teatral y sede del Ayuntamiento. Hoy sentarse en una de las terrazas de los bares y mesones tradicionales que se cobijan bajo sus pórticos es el mejor modo de conocer el pulso de esta ciudad de alma juvenil por su Universidad, la más antigua de España, fundada en el siglo XIII. La plaza suele ser el inicio de muchos paseos que no dejan de pasar junto a rincones famosos, como la Casa de las Conchas renacentista o el Convento de las Dueñas, obra cumbre del plateresco salmantino. En cualquier caso, todo paseo debe dirigirse a sus catedrales, sí, en plural, porque Salamanca tiene dos: la Vieja, del siglo XII, y la Nueva, del XVI.

As

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Baix Empordà

La comarca del Baix Empordà es un mosaico de pueblos medievales, calas intactas, playas y arenales de dunas, masías reconvertidas en pequeños hoteles y restaurantes, de interior o con vistas al mar. De todo su territorio, lo que el escritor Josep Pla llamaba l’Empordanet es la joya guardada en el cofre. Un triángulo imaginario que tendría en un vértice su pueblo natal, Palafrugell, y en los otros la Vall d’Aro y las Gavarres, con dos archipiélagos fijos en el mar, las islas Formigues al sur frente al cabo de Cap Roig, y las Medes al norte. El literario l'Empordanet hay que descubrirlo a ritmo lento, por carreteras secundarias que se encuentran con pueblos medievales que emergen entre campos de girasoles, trigo o arroz, o a pie siguiendo el Camino de Ronda, el sendero que bordea toda la Costa Brava desde Blanes a Portbou, y va asomándose a miradores y calas recogidas entre acantilados, donde solo algunos pinos atrevidos se vuelcan a besar el mar. En el litoral del l’Empordanet también se encuentran enclaves que preservan su esencia marinera, en su fisonomía y en la gastronomía, como Tamariu, Sa Tuna o Calella de Palafrugell, una antigua aldea de pescadores donde las barcas aún reposan junto a la orilla o sobre la arena, y en la que se siguen cantando nostálgicas habaneras en las tabernas.
 

Asun Luján, redactora de Viajes National Geographic

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Toledo


Toledo respira historia. Se percibe especialmente cuando se recorren los callejones de su barrio antiguo, algunos tan solitarios que al traspasarlos hacen sentir escalofríos al rememorar mil y una leyendas. Aquí pervive la herencia de árabes, judíos y cristianos que lo habitaban en el pasado y por los que Toledo fue conocida como la Ciudad de las Tres Culturas. Aquel crisol cultural también se plasma en la arquitectura, con mezquitas, sinagogas e iglesias conviviendo de forma ejemplar. Para atestiguarlo ahí están la mezquita del Cristo de la Luz, las sinagogas del Tránsito y la de Santa María la Blanca, la Catedral coronada por una de las agujas más intrépidas de la arquitectura religiosa o el Monasterio de San Juan de los Reyes, edificado en 1746 por los Reyes Católicos para conmemora la victoria en la batalla de Toro. Otros enclaves han transformado su función original, como el Hospital de Santa Cruz, que nació en el siglo XIV para dar cobijo a los huérfanos y hoy exhibe objetos arqueológicos, esculturas y pinturas. En Toledo también vivió El Greco, del que se puede seguir una ruta que discurre por su casa-museo y enclaves donde ver algunos de sus cuadros, sobresaliendo El entierro del señor de Ordaz, en la parroquia de Santo Tomé. Dejando atrás el silencio del barrio histórico uno se topa con el ajetreo de bodegas y mesones tradicionales y un sinfín de tiendas donde se venden armas y armaduras, cerámicas y recuerdos. Un buen lugar para pulsar el ritmo actual de la ciudad es la Plaza Zocodover, con sus calles colindantes. Pero también vale la pena salir del centro urbano, por ejemplo por la Puerta de Bisagra, construida en 1550 como entrada principal de la ciudad, para recorrer el Paseo del Tajo, un camino que sigue la orilla del río, desde el que se contemplan vistas de la ciudad dominada por el Alcázar, un sobrio edificio que hoy acoge un museo del ejército. 
 

Asun Luján, redactora de Viajes National Geographic

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Menorca

Mahón en el este y Ciutadella en el oeste señalan los dos extremos de esta isla de contrastes, donde las playas tienen un carácter distinto si se hallan en la acantilada costa norte o entre los pinares del sur. Los pueblos se desperdigan como perlas blancas por la costa y el interior rural, moteado de campos y haciendas que elaboran quesos y embutidos sabrosos, crían vacas y caballos que demuestran su porte en los “jaleos” de las fiestas de verano. La cultura talayótica , con sus taulas y navetas de piedra, demuestra que Menorca ya era considerada un enclave ideal hace miles de años. Las actividades en la isla son numerosas y variadas: recorrer a pie o en bicicleta el Camí de Cavalls (el sendero que rodea la isla por la costa), contemplar la puesta de sol desde la Punta Nati o desde el Cap d’Artrutx, practicar el windsurf, navegar en canoa, bucear en la Reserva Marina del Norte, observar aves en la Albufera des Grau… Y lo mejor de todo es que no hay que esperar al verano para disfrutar de todo ello.
 

Sandra Martín, redactora jefe de Viajes National Geographic

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Sierra de Guara (Huesca)

Este macizo agujereado por la acción de los ríos emerge como una isla a medio camino de los picos y valle pirenaicos que asoman por el norte, y las extensiones de campos que anuncian los Monegros por el sur. El Parque Natural de la Sierra y los Cañones de Guara es un paraíso para los aficionados al descenso de barrancos. Los hay de distinta dificultad, con más o menos agua, pero todos requieren de un guía experto que conozca los secretos de cada río. El otro tesoro de Guara lo ofrecen sus pueblos, enroscados en torno a una iglesia o a la orilla de un río, aprovechando el frescor del agua, a la sombra de los olivos y con las viñas dorando las uvas con las que luego se elaborarán sabrosos vinos del Somontano. Las localidades de referencia para disfrutar de actividades en el río son Alquézar, con su fortaleza morisca transformada en colegiata colgada de un acantilado que se asoma al río Vero, y Rodellar, sobre el espectacular barranco de Mascún y el valle del río Alcanadre. 

Sandra Martín, redactora jefe de Viajes National Geographic

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P.N. de Somiedo

Asturias tiene en este parque uno de sus espacios naturales mejor preservados. Declarado Reserva de la Biosfera, Somiedo se considera un ejemplo de la convivencia entre la actividad humana y la fauna salvaje. Los cuatro valles del parque (los de los ríos Somiedo, Pigüeña, Valle y Saliencia) reúnen aldeas donde aún perviven viejos oficios y donde empiezan numerosas rutas hacia lagos y prados con cabañas de pastores o brañas. Y también recorridos guiados para observar osos, ciervos y urogallos, que han hallado en Somiedo un hogar magnífico y exuberante.
 

Sandra Martín, redactora jefe de Viajes National Geographic

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Parque Nacional de Aigüestortes y Estany de Sant Maurici


Con más de 200 lagos, ríos, cascadas y praderas inundadas, el agua es el protagonista del Parque Nacional de Aigüestortes i Estany de Sant Maurici, en el Pirineo central. Una extensa red de senderos se adentra por sus múltiples valles y asciende entre bosques de pinos y abetos hasta alcanzar los lagos y prados de las zonas altas. Allí empieza una segunda ronda de caminos que salvan collados, conectan refugios (la ruta Carros de Foc pasa por los 9 refugios del parque) y permiten coronar cuatro cumbres de más de 3000 m y otras menos altas pero emblemáticas, como el Gran Tuc de Colomèrs (2933 m) o el doble pico de Els Encantats (2748 m). Se puede acceder desde las comarcas leridanas del Val d’Aran, la Alta Ribagorça, el Pallars Jussà o el Pallars Sobirà. Entre las rutas más sencillas y accesibles para familias con niños pequeños destaca la vuelta al lago de Sant Maurici (se llega en taxi todoterreno desde Espot), en el sector oriental, y la subida al lago y refugio de Colomèrs, accesible desde el valle de Arán.
 

Sandra Martín, redactora jefe de Viajes National Geographic

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Bilbao

La metrópolis vizcaína debería de estar prescrita por los médicos. Aunque sea, una visita anual para recargar pilas, comer en sus barras y alimentarse en sus museos. No en vano, esta ciudad ha protagonizado el mayor milagro urbanístico de la España contemporánea, transformando todos sus rincones en paseos agradables y estimulantes. De hecho, se trata de la única ciudad del diseño en España según la UNESCO... 

Javier Zori del Amo, Director Digital de Viajes National Geographic.

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Sierra Norte de Guadalajara

La España vacía no está así por su patrimonio natural ni por sus encantos rurales. Y quizás el mejor ejemplo de ello sea esta comarca que, sin tener un nombre marketiniano, es delimitada a la perfección por el Henares. Al otro lado de este río esperan hayedos, pinares, picos amables y hoces inesperadas. Pero, sobre todo, un conjunto de localidades como Atienza o Sigüenza donde el arte y las gastronomía sorprende en cada esquina. Y eso sin hablar, aún, de los pueblos negros, el epítome de un ruralismo pobretón... que está más de moda que nunca. 

Javier Zori del Amo, director digital de Viajes National Geographic.

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Rioja Alta y Rioja Alavesa

Sí, el vino define la Península Ibérica como ningún otro cultivo, pero en esta zona ubicada entre la Sierra Cebollera y la de Cantabria su cultura se ha sublimado hasta la perfección. Viñedos que ondulan burlando al Ebro, aldeas horadadas por decenas de calados y bodegas que han liderado la revolución enoturística del país son sus principales reclamos visuales. pero aquí lo que impera es el sentido del gusto, de ahí que sea un pecado obviar los pintxos en Ezcaray, las chuletillas asadas al sarmiento en cualquier viñedo o los restaurantes modernos que, ya sea en Haro, Briones, Laguardia o en Elciego, sofistican a un vino que cada vez es más vanguardista. 

Javier Zori del Amo, director digital de Viajes National Geographic.

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Las Villuercas (Cáceres)

La comarca de Las Villuercas, un dédalo de pequeños valles al sudeste de Cáceres, es una de las áreas naturales más valiosas de Extremadura. En este rincón donde las serranías se tapizan de castaños, robles, rebollos, alcornoques y encinas, miles de aves migratorias encuentran su hogar cada invierno. Las Villuercas son pródigas en pinturas rupestres, ermitas e iglesias mudéjares (Humilladero, Santa Catalina), pueblos famosos por su artesanía o sus alimentos (Alía, Cañamero) o sus necrópolis, castros y fortalezas (Berzocana, Cabañas del Castillo). El enclave más famoso y emblema de la comarca es Guadalupe, con su monasterio fortificado del siglo XIV y su virgen negra, que daría nombre a una isla del Caribe y a la virgen más venerada de México.

Josan Ruiz, director de Viajes National Geographic.

Foto: Selva de Oza

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Selva de Oza (Huesca)

En la Boca del Infierno, la garganta que forma el río Aragón Subordán al norte del pueblo de Siresa (Huesca), hay espacio para el río y poco más. Las hayas, abetos y pinos que se encaraman por el desfiladero son la antesala de uno de los bosques más notables de Aragón. Al ensancharse el valle se llega al refugio y la zona de acampada de la Selva de Oza. De aquí parten dos excursiones memorables: la que lleva al ibón de Acherito (un lago a 1870 m) y la de Aguas Tuertas. Esta última puede acortarse remontando en autómovil el valle de Guarrinza por una pista. Luego el sendero trepa hasta un inmenso circo glaciar, donde el Aragón Subordán traza fantasiosos meandros en una pradera a 1615 m. Un dolmen añade más trascendencia al paraje, por si su belleza no bastara. Estamos en el lugar con más monumentos megalíticos del Pirineo, como se explica en el Centro de Interpretación del Megalitismo Pirenaico y de la Val d'Echo, junto al cámping de Oza.

Josan Ruiz, director de Viajes National Geographic.

Foto: iStock

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Los Arribes del Duero (Zamora y Salamanca)

Al oeste de Salamanca y Zamora, las dehesas de la penillanura que se despliega hasta la frontera con Portugal se ven cortadas súbitamente por los amplios cañones que el Duero y sus afluentes (Águeda, Esla, Huebra, Tormes, Uces) han excavado en el zócalo de rocas graníticas. El desnivel puede alcanzar los 400 m y en ocasiones el agua se precipita bramando por saltos extraordinarios, como el del río Uces en el Pozo de los Humos. Navegar por el Duero en esta zona o recorrer sus orillas por el sendero GR-14 es la mejor forma de apreciar estos paisajes primigenios del “Far West” peninsular. A poca distancia del agua hay aldeas donde el tiempo parece detenido, ideales para el turismo rural

Josan Ruiz, director de Viajes National Geographic.

Foto: iStock

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El Hierro

La isla más joven y pequeña de las Canarias constituye un destino excepcional para quien busque lugares auténticos, naturales y remotos. El Hierro es una isla de miradores, que se asoman al Atlántico desde vertiginosos acantilados, y un lugar óptimo para vivir a un ritmo tranquilo. El Mar de las Calmas, con la asombrosa transparencia de sus aguas, está considerado el mejor enclave de submarinismo de Europa. En las alturas de La Dehesa, sabinas gigantes enroscadas por el viento seducen con sus fantasiosas formas. Por el Camino del Jinama, un fantástico sendero empedrado se encarama entre los bosques de laurisiva. En La Restinga, el campo de lava de El Lajial permite disfrutar del espectáculo de la tierra creándose a sí misma.

Josan Ruiz, director de Viajes National Geographic.

Foto: Mikel Ponce

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El triunfo de lo Normcore

O sea de la normalidad. Porque, ¿acaso un barrio resucitado como este no era carne de gentrificación, modernez y gastronomía perezosamente globalizada? Y sin embargo, si por algo ha conseguido resurgir tanto el Cabanyal como el resto de los poblados marítimos es por su fidelidad a sí mismo. Es decir, al mar, al callejeo y a las barracas que, pese a adquirir el estatus y el reconocimiento de monumento, siguen siendo unos edificios maravillosamente improvisados. Y desde hace relativamente poco, unos iconos que funcionan tanto como escenario de Instagram como mesa para todo aquel forastero que, valenciano o no, llega hasta esta nueva meca culinaria.

Foto: Alex Crespo

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Sí, Mahoma va a la Montaña

Pero antes de comenzar esta excursión gastro conviene presentarle los respetos a los clásicos. Es decir, acudir relgiosamente a Casa Montaña, el restaurante que siempre estuvo ahí, bien como tienda de venta a granel en sus inicios o como templo del producto en los últimos lustros. Tiene el puntito folclórico necesario de un sitio como este ya que las grandes barricas de vermú y de vino monopolizan la decoración y siguen siendo fuente de peregrinación vecinal. Aunque en su inconfundible puerta art nouveau se oyen muchos acentos forasteros, su apuesta gastronómica y su servicio se ha orientado a contentar a los valencianos, de ahí que, más allá de haber sido un bastión político contra la especulación urbanística, sea un punto de encuentro de toda la ciudad. ¿Y que hay que tomar? Pues su vermú, sus clóchinas en temporada, sus anchoas, sus sardinas ahumadas, sus bravas… cualquiera de sus tapas y platillos son un acierto y un homenaje a algo tan sencillo como el buen producto.

La última novedad de estos pioneros es Barracart, un conjunto de barracas transformadas en apartamentos turísticos atendidos que permiten sumergirse integralmente en la noche a noche de este distrito.

 

Foto: Abel Gimeno

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Un mercado como referencia

Para comprender mejor el carisma de El Cabanyal conviene acercarse cualquier mañana a su mercado. Levantado tras la riada de 1957, aún mantiene su ajetreo y su estatus de sinécdoque del barrio. Por eso es una parada imprescindible en los diferentes tours que organiza Paseando los Poblados de la Mar, una empresa pionera en reivindicar el valor cultural, turístico y gastronómico de esta parte de Valencia. Curioseando en este ágora de estímulos se descubren cosas como que aquí llegan algunas de las mejores piezas de la lonja de Valencia o que la cocina de proximidad se sublima en el bar Mercado, donde preparan a los parroquianos cualquier cosa que hayan comprado en los diferentes puestos. Más KM. 0, imposible.

Foto: Pablo Casino

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Ayer, hoy y pasado mañana

Y alrededor del mercado, sobreviven algunas de las bodegas de toda la vida que siguen sirviendo comidas de calidad en entornos que, sin llegar a ser kitch, son puro patrimonio de la ciudad. Una de ellas es Bodegas Flor, que presume de una fecha de apertura centenaria (1893) y que destaca por ofrecer solo desayunos y almuerzos estrechamente vinculados a las liturgias de los puestos. A su vera están proliferando otros negocios como Bar Cabanyal o Work in progress que oscilan entre lo mono y lo moderno. Un bailoteo que se acaba cuando se prueban sus tapas y raciones, que acaban conectando de forma inexorable con la esencia marinera del Cabanyal.

Ya más cerca del Grao y del puerto esperan otros clásicos como Bodega LaPeseta, una barra de 1906 que ahora se ha convertido en un referente para el público más joven de la zona por la alegría del lugar, la tapa de paella gratuita de los domingos y lo que cuidan el producto local. No muy lejos Casa Guillermo resiste desde 1957 gracias a sus maravillosas anchoas, el santo y seña de un local incombustible.


Y el último en reabrir y en petarlo es La Aldeana, una maravilla inesperada enclavada entre las barracas más icónicas de la zona. Aquí su chef Alfonso García se ha propuesto dejar la alta cocina a un lado para triunfar a base de patatas bravas y otros platos como su pulpo con ropa vieja o sus arroces.

Foto: Pablo Casino

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Nuevos clásicos

A estas alturas no es una paradoja que la refundación gastronómica del barrio esté basada en los valores de siempre. Quizás la única novedad destacada que se sale del binomio ganador de producto clásico sublimado sea O’Donell, un antiguo pub reconvertido en templo del mar de lo más gourmet, en el que Jesús Barrachina y su equipo se empeñan con éxito en servir los mejores mariscos y pescados.

Sin embargo, lo ‘vintage’ es lo que marca, en todos los aspectos, las nuevas direcciones imprescindibles de los poblados. De hecho, con este adjetivo se define La FÁBrica, un espacio ecléctico, loquísimo y caleidoscópico en el Grao donde solo tienen una máxima: la diversión. La Paca, por su parte, cuenta con el salvoconducto de ser pionera en el terracismo en el Canyamelar, además de ser un referente como bar sin complejos ni dress code. Por su parte, L’Anyora se ha erigido como el nuevo gran restaurante, con una propuesta que, aunque aparentemente sea algo rural-chic marinero, aplasta todo prejuicio a base de sabor.

 

El pasado mes de mayo se inauguró Mercabañal. Se trata de un espacio gastronómico definitivo para el barrio con varias barras ubicado en el corazón de todo que promete atraer a un público más amplio que aún sea primerizo en la exploración gustativa de la zona.

 

Foto: Josep Gil

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Bares y cafeterías

Pero no todo van a ser restaurantes. De hecho, sus bares han sido, de algún modo, el caballo de Troya para muchos domingueros descreídos. Y entre todos ellos, La Fábrica de Hielo se lleva el premio como dinamizador del barrio por su programación cultural y su propuesta de ocio para todas las edades. Conciertos, mercadillos,proyecciones, clases… sus áreas y su agenda es tan variada como el Cabanyal, de ahí que sea todo un imprescindible para comprender este resurgir.

 

Foto: Mike Water

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Y otras dulces perversiones...

Pero esto no acaba aquí. Con la acertadísima rehabilitación que el arquitecto Ignacio de Miguel hizo del Teatre El Musical se creó un nuevo espacio, una cafetería que sintetiza la propuesta estéticamente chocante e integradora de este diseñador con el reposo típico de los foyer. Otro de estos nuevos oasis es el patio de la recientemente abierta cafetería-librería L’Arbre, donde las catas de café no son una apoteosis del postureo ni sus estanterías solo son aptas para culturetas de postín.

Foto: iStock

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Sa Caleta (el secreto local)

Junto a un nido de ametralladoras y un asentamiento fenicio, la diminuta cala de pescadores de Sa Caleta (no confundir con la rojiza Bol Nou) es una de las postales más bellas de Ibiza, y sin embargo, es muy poco conocida. Abrazada por acantilados y sin arena en la que tumbarse, se trata de un espacio muy singular, ocupado en su totalidad por las tradicionales casetas varadero dispuestas en una media luna encarada a un mar turquesa excepcional. Muy aconsejable para quienes gusten de lo auténtico y, sobre todo, no tengan miedo de meterse en el agua con una zambullida directa.

Foto: iStock

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Cala Saladeta (si hay ganas de fiesta)

Presididas por Els Amunts, la sierra que vertebra la costa norte, Cala Salada y su hermana cala Saladeta son la postal playera más típica de Ibiza. Pero si la primera es de ambiente familiar, la segunda es para los que les va la marcha. Cala Saladeta es pequeña, por lo que en pleno agosto se pone hasta arriba.  Se llega a ella a través de un sendero con vistas que supera fácilmente un peñón rocoso. Para cuando ambas playas estén colapsadas, existe algo así como la habitación del pánico, pero en playa, algo más al sur, en Punta Galera, donde hay un pequeño embarcadero natural donde poder relajarse con los turquesas del mar.

Foto: iStock

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Cala d'en Serra (la tranquila)

En agosto en Ibiza suele invadir la misma inquietud, ¿habrá un hueco para la toalla o no? Pero no en las playas que están fuera del mapa turístico habitual, como esta del municipio de San Joan de Labritja. Escondida, pequeña, con la arena gruesa y rocas en la entrada al mar, parece que lo tiene todo en contra, y sin embargo,  el entorno prácticamente virgen, el mar cristalino, las típicas casetas varadero y el estar poco concurrida la hacen ideal para tomarle el pulso por primera vez a la isla. 

 

Foto: iStock

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Cala d' Hort (la mística)

El Parque Natural de Cala d' Hort, Cap Llentrisca y Sa Talaia justifica por sí solo un viaje playero a Ibiza. Ahí están algunos de los arenales más espectaculares del suroeste ibicenco. Entre ellos, cal d’ Hort. Esta playa de orgulloso pasado hippie tiene un aire místico que haría las delicias del mismísimo Iker Jiménez. Es Vedrà es el islote que se ve desde la orilla. Su magnetismo es evidente. En él pasaba largas estancias el místico Francesc Palau alimentándose a base de huevos de gaviota y agua del mar. Hoy hay algunos restaurantes con vistas donde pasarlo mucho más cómodo.

Foto: iStock

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Es Figueral (para quienes gustan de tumbona)

En Ibiza, hasta la opción de playa familiar con restaurantes cerca tiene su punto salvaje.  Alejada de Santa Eulalia del Río, con vistas al islote de Tagomago, Es Figueral es la vecina burguesa de Aguas Blancas, pero tiene la misma belleza. Protegida por acantilados, el agua se muestra dócil y poco profunda, por lo que es ideal para empezar con el snorkel o para las primeras brazadas en solitario de los más peques de la familia. Los aficionados a las playas nudistas, tienen su espacio hacia el extremo izquierdo.

 

Foto: iStock

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Es Cavallet (a todo ambiente)

Ubicada en el interior del Parque Natural de Ses Salines, Es Cavallet es una histórica entre las playas nudistas de la isla. Tal vez fuera porque era poco concurrida, ya que por orientación, en ella acostumbra a soplar viento tierra adentro y con las olas llega gran cantidad de restos de Posidonia que se queda en la orilla. Pero eso no debería ser problema para disfrutar de una de las mejores playas de Islas Baleares, también muy popular entre la comunidad LGBT, que ha hecho del Chiringay su particular lugar de encuentro.