España

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Castillo de Montjuïc

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Castillo de Montjuïc

Antes de que se construyera el famoso castillo en lo alto de Barcelona, la cima de Montjuïc ya lucía otra fortificación. Se trataba de una atalaya primitiva que, aprovechando su ubicación frente el mar, servía como una especie de faro para los navegantes. Más tarde, a mediados del siglo XVII se construye la primera fortaleza digna de ser llamada como tal, fruto de la Guerra de los Segadores, aunque aún distaba mucho de ser el castillo que domina hoy en día la ciudad condal. Como resultado del conflicto el monumento quedó gravemente dañado y se encarga entonces la restauración al ingeniero militar Juan Martín Cermeño.

Es en ese instante cuando adopta la categoría de castillo que se ha mantenido hasta la actualidad. Cermeño construyó el foso, levantó las murallas y le dotó de artillería y otro tipo de servicios necesarios. Aunque ese ha sido el aspecto que se ha mantenido hasta ahora, el castillo ha tenido que ser restaurado en varias ocasiones debido a los desperfectos generados por los bombardeos de Barcelona durante la Guerra Civil española. Todas esas experiencias le han hecho convertirse en un símbolo de resistencia, pero también un lugar histórico siendo el fusilamiento del presidente catalán Lluís Companys el hecho más recordado en la historia del emblemático baluarte.

Castillo de Miravet

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Castillo de Miravet

A su curso, el Ebro deja estampas de postal como el pueblo de Miravet, en Tarragona. Las fachadas de piedra sin pintar se mimetizan con los trozos de peñascos desnudos, y en lo alto del pueblo, un castillo construido por los templarios otea el horizonte con autoridad. Reconstruido en 1153 sobre una antigua fortaleza de origen andalusí, el edificio es uno de los mejores ejemplos arquitectónicos de la Orden de los Templarios en Europa, a pesar de que aún conserva muchos detalles de estilo árabe. Aunque baluarte fue fruto de la reconquista, eso no quiere decir que el futuro fuera mucho más pacífico. Tras la cruzada, la fortificación tuvo que hacer frente a múltiples envites como la Guerra de los Segadores, la Guerra de Sucesión, la guerra contra los franceses, las Guerras Carlistas o la Batalla del Ebro. Sin embargo, el fortín sigue en pie y en un estado casi excelente, demostrando su entereza a lo largo de nueve siglos.

Castillo de Tamarit

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Castillo de Tamarit

Situado en mitad de una pineda y con vistas privilegiadas al Mediterráneo, la historia del castillo de Tamarit se retrotrae al siglo XI. En un principio, la propiedad pertenecía a los condes de Barcelona, aunque rápidamente pasó a manos de la familia Claramunt. Tres siglos más tarde, y ante el temor a posibles incursiones piratas se construyeron las murallas y las torres que bordean la fortaleza, algo que además de reforzar su estatus defensivo, la convirtió en un punto seguro del incipiente comercio mediterráneo.

A punto de ser incendiado

Desde su construcción, el castillo tuvo que hacer frente a un sinfín de batallas pero fue durante la Guerra Civil cuando estuvo cerca de vivir su episodio más trágico. Durante la contienda, la Federación Anarquista Ibérica (FAI) se planteó seriamente la idea de prender fuego a la fortaleza tal y como ya habían hecho anteriormente con otros monumentos de alrededor como en Altafulla. Afortunadamente, el plan se detuvo cuando descubrieron que el propietario del castillo era el norteamericano Charles Deering.

Empresario y filántropo, el magnate estadounidense fue durante muchos años mecenas de Ramón Casas y Santiago Rusiñol, además de haber mandado construir otro edificio histórico en tierras catalanas: el palacio Maricel, en Sitges. El plan se detuvo nada más conocerlo y gracias a ello, piezas de valor incalculable como el retablo barroco que aún se conserva en la iglesia del castillo se salvaron de quedar reducidas a cenizas.

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Estación de Logroño

El ferrocarril llegó a Logroño en 1863 de la mano del general Espartero. Desde entonces, la ciudad ha tenido cuatro estaciones distintas. En 1958 se inauguró una nueva estación adaptada a los nuevos tiempos y se mantuvo hasta 2010 que fue derribada. Ese mismo año, se construyó una provisional justo al lado de la antigua hasta que la actual estuviera construida. No tardó mucho, un año más tarde se inauguraba la nueva estación, que a diferencia del resto estaría soterrada. En total, más de 1.400 metros de línea férrea que quedaron opacados bajo tierra, a los que la ciudad ganó en forma de parques y zonas verdes.

 

¿Qué la hace singular?

Justamente, el soterramiento y la reestructuración de la estación le ha valido a Logroño para ser nominada a los ‘Nobel’ europeos de arquitectura, los premios Mies Van Der Rohe. En palabra del Colegio Oficial Arquitectos de La Rioja (COAR), la nominación viene después de haber eliminado la brecha que dividía la ciudad y crear en su lugar un gran parque que favorece y aumentará el bienestar social.

Estación de Santa Justa

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Estación de Santa Justa

A primera vista, la estación de Santa Justa no tienen ninguna conexión aparente con el estadio de la Peineta (actual estado del Atlético de Madrid) o el Rijksmuseum de Ámsterdam, pero todos ellos tienen un nexo en común: Antonio Cruz y Antonio Ortiz. Ellos fueron los arquitectos encargados de dar forma a estos tres proyectos que hicieron historia, aunque todos por motivos muy distintos. En el caso de la estación ferroviaria, situada en la capital andaluza, fue por centralizar por primera vez las líneas de ferrocarril que hasta ese entonces habían operado en San Bernardo y la Plaza de las Armas. Desde ese momento, a la estación de Santa Justa se le conoce como la Catedral del Tren, y no es para menos ya que al año recibe a más de 13 millones de pasajeros convirtiéndose así en la tercera estación más importante de España.

 

¿Qué la hace singular?

El 14 de abril de 1992 se celebró el primer viaje en AVE en España, que lo inauguró el rey Juan Carlos en el trayecto que le llevaría desde Madrid hasta la estación de Santa Justa. De se modo, se convertía en parte de la historia ferroviaria y marcaba un antes y un después en el transporte terrestre, situando a España al mismo nivel que Francia, Alemania e Italia.

Dejando de lado el hito de la alta velocidad, la estación ha recibido el Premio Helios de la UE por la eliminación de barreras, el Premio Brunel de Arquitectura y el primer premio concedido por el Consejo Superior de Colegios de Arquitectos de España.

Estación Abando Indalecio Prieto

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Estación de la Concordia

Antes de que el museo Guggenheim aterrizara en Bilbao y cambiara por completo la imagen de la ciudad, la fachada de la estación de la Concordia era uno de los escasos ejemplos arquitectónicos que rompía con la estética industrial que se había adueñado de la rivera del Nervión. Hasta ese momento, la mayor de parte de los edificios no se construían con una vocación arquitectónica ni un gusto especialmente refinado, sino que respondían a un estilo puramente funcional. Construida a principios del siglo XX, se eligió un terreno estratégico para levantar la estación, de hecho, tal es así que los carlistas escogieron ese solar para bombardear la ciudad. Más allá de su valor estratégico para fines bélicos, la estación sigue siendo un lugar clave para la ciudad y es que no hay mejor entrada a Bilbao. Situada a escasos metros del río que divide el resto de la capital vasca con el casco viejo, la estación se encuentra frente al espectacular teatro Arriaga.

Sin embargo, pese a su importancia se le conoce popularmente con el nombre de otra ciudad y no es otro que la de Santander. El origen se debe a que la primera línea conectaba ambas ciudades en menos de cuatro horas, favoreciendo el comercio a la vez que ofrecía mayor seguridad al tráfico de pasajeros.

 

¿Qué la hace singular?

En un futuro cercano, la estación de la Concordia dejará de recibir pasajeros más de cien años después. Afortunadamente, su fachada se conservará. De estilo modernista, está considerada como uno de los patrimonios más genuinos del Bilbao de la Belle Époque, no solo por su belleza sino por haber sido la pieza clave a partir de la cuál la ciudad comenzó a desarrollar un gusto estético en cuanto a arquitectura se refiere. En su interior además destaca una gran vidriera con motivos de la vida y costumbres tradicionales de la Villa como por ejemplo, la estación de São Bento, en Oporto.

Estación de Toledo

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Estación de Toledo

Si Toledo tiene una estación como la actual es, en parte, gracias a su histórica relación con la monarquía española, y es que fueron los constantes viajes de Alfonso XIII a la antigua capital los que provocaron que el rey impulsara la construcción de una estación acorde con la monumentalidad de la ciudad castellana. Dicho y hecho, a finales de 1918 se terminaban las obras dejando a la vista un edificio que bien podría ser el palacio de algún rey árabe. De estilo neo mudéjar, toda la estructura está decorada con arcos polilobulados y almenas escalonadas. Y, aunque la estación nunca llegó a inaugurarse como tal, alguno de sus primeros pasajeros fueron nada menos que los ganadores del Nobel, Santiago Ramón y Cajal y Marie Curie.

 

¿Qué la hace singular?

Más que una estación, la de Toledo podría ser considerada como una pieza de orfebrería y es que el arquitecto Narciso Clavería encargó las piezas a algunos de los artesanos más reconocidos del momento para que diseñaran hasta el más mínimo detalle del edificio, desde ceramistas o vidrieros, hasta carpinteros y forjadores de hierro. El resultado es un monumento que trasciende más allá de su función práctica. Es por ello que desde 1991, la estación de Toledo está catalogada como Bien de Interés Cultural e integrada en el Patrimonio Histórico Español.  

Estación de Francia

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Estación de Francia

Históricamente, Barcelona se ha ido construyendo a base de grandes actos. Los juegos olímpicos fue uno de ellos, quizás el más importante, y permitió que la capital catalana se abriera al mar. Otro ejemplo fue la celebración de la Exposición Universal de 1929, que trajo consigo monumentos icónicos como el Palacio de Montjuïc, hoy actual sede del Museo Nacional de Arte Contemporáneo (MNAC) o la estación de Francia.

La monumentalidad en este caso no se discute, y es que la estación consta de doce vías y siete andenes, diseñados inicialmente para acoger trayectos de larga distancia. De hecho, fue la primera estación en España en conectar la península con Francia. Sin embargo, su importancia en la escena ferroviaria se ha reducido hasta el punto de que su cierre se ha propuesto varias veces en las últimas décadas, en parte, porque gran parte de su tráfico haya quedado traspasado a la estación de Sants.

 

¿Qué la hace singular?

A nivel arquitectónico, la estación llama la atención por esa estética de película antigua. Construida a partir de la llamada arquitectura de hierro, el edificio está coronado por una doble marquesina metálica y curvada, con tragaluces superiores -al igual que Atocha- que dibujan un mosaico de luces y sombre en el interior. No obstante, el gran atractivo no son los trenes ni la estación en sí, sino la multitud de búhos que han colonizado los tejados de la estación. Pero no llegaron allí casualmente, sino que se colocaron con el objetivo de ahuyentar a las palomas. Con el tiempo, estas aves han hecho de la estación su hogar y en la actualidad son uno de os elementos más fotografiados.

Estación de Atocha

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Estación de Atocha

Inspirado por la arquitectura de hierro que había visto en la Exposición Universal de París de 1867, el ingeniero francés Henri Saint-James llevó a cabo el proyecto diseñado por Alberto de Palacio y Elissague, colaborador de Gustave Eiffel. Pero antes de que eso ocurriera ya existía una estación en ese mismo lugar, aunque en 1851, fecha en que partió el primer tren de Madrid en dirección a Aranjuez, a aquel edificio se le conocía como el embarcadero de Atocha y no era más que un sencillo local con andenes de madera que más tarde quedaría consumido por un terrible incendió que lo redujo a cenizas. Llegó entonces la construcción de la estación de Atocha, mucho más segura gracias a su estructura de hierro, y se mantendría así hasta que a finales del siglo pasado se procediera a reformarla. De hecho, no solo se remodeló sino que se dividió en dos estaciones, una destinada a los trenes de cercanías y la segunda dirigida únicamente a los trenes de Alta Velocidad Española (AVE) que por aquel entonces comenzaban su andadura por la península.

 

¿Qué la hace singular?

Más allá de su antigüedad y de ser la estación con más tráfico de pasajeros del país, Atocha destaca y curiosamente no es por los trenes, sino por el gran invernadero que pinta de verde el interior. Inaugurado en 1992, el arquitecto Rafael Moneo transformó el antiguo edificio en un vergel de 4.000 metros cuadrados que alberga más de 7.200 plantas de 260 especies distintas procedentes de los cinco continentes. Además, la selva improvisada fue el hogar de varias tortugas de las galápagos que vivieron allí hasta que en 2018 se decidiera retirarlas y trasladarlas a un centro de recuperación de fauna salvaje después de que muchos pasajeros acosaran a los animales o utilizaran el espacio para abandonar otro tipo de tortugas.

Estación de Canfranc

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Estación de Canfranc

Apodada por muchos como la estación de tren más bella de España, el imponente edificio fue resultado de la alianza entre Francia y España por crear un paso transfronterizo a través de los Pirineos. El proyecto se inició tras la publicación -en 1853- de un manifiesto que pedía la construcción de una línea que uniera Madrid con París, aunque no se materializó hasta 75 años después, gracias a la perforación del túnel de Somport, que unía ambos países.

Durante los primeros años, la estación vivió una etapa dorada gracias al tráfico constante de pasajeros y mercancías procedentes de toda Europa. Sin embargo, el estallido de la Segunda Guerra Mundial y los desacuerdos políticos con el país galo provocaron el cierre prematuro, tan solo 21 años después de haber sigo inaugurada. En la década de los cincuenta se decide retomar la actividad ferroviaria hasta que en 1970, el descarrilamiento de uno de los trenes en la zona del puente de L’Estanguet provocó el cierre total. Desde entonces la estación ha permanecido cerrada, aunque se organizan visitas guiadas.

 

¿Qué la hace singular?

La Estación Internacional de Canfranc es especial por varios motivos. El primero es que en el momento de su inauguración, llegó a ser considerada la segunda estación más grande de Europa por detrás de la estación de Leizpig. No obstante, construir semejante edificio a los pies de los Pirineos no fue tarea sencilla, de hecho, hizo falta modificar el curso del río Aragón para encontrar el terreno que acogiera el edificio modernista de más de 240 metros de longitud.

Pero si hay algo que la hace tremendamente interesante es su historia. Por sus andenes pasaron espías y contrabandistas de un lado y otro de la frontera. La estación conjugó los años de máximo esplendor con la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Civil Española. Fue justamente durante esa época cuando ocurrieron los hechos más determinantes de la historia de la estación. Hitler, conocedor de su valor estratégico, lideró el paso de trenes cargados con oro y wolframio, aunque en ese mismo momento, cientos de judíos aprovecharon el paso para buscar refugió en la península. 

Soria

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Soria

En el caso de Soria no hay uniformidad en las explicaciones que intentan descifrar el origen del topónimo. Al principio se creía que su nombre procedía de Oria, el castillo que fue propiedad de un caballero griego llamado Dórico, capitán de los dorios. Sin embargo, no existen datos arqueológicos que constaten esta versión. Otra hipótesis dicta que Soria deriva de Dauria, que significa ‘Duero’. Sea como fuere, ninguna de estas teorías parecen estar aceptadas por el momento.

Teruel

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Teruel

El nombre de Teruel proviene de un acrónimo ibérico formado por el vocablo Ter que significa ‘límite’ y uel, que significa ‘huella’ o ‘línea’. Por tanto, el significado de Teruel sería línea fronteriza. Una línea que separaría a Teruel de los turboletas, tal y como se creía que se denominaban a los habitantes de Teruel. Estos, en realidad eran los ‘otros’. De hecho, de turbulenta derivan varios significados como turba o perturbador.

Zamora

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Zamora

A pesar de que su significado es desconocido y su origen no está confirmado, existen multitud de hipótesis que explican la etimología del nombre de Zamora. Para algunos historiadores, el nombre proviene de la época romana cuando se bautizó bajo la denominación de Ocellum Duri, que significa ‘los ojos del Duero’. Este, reconvertido en el acrónimo ‘ce-m-uri’ habría terminado siendo la actual Zamora. Para otros historiadores en cambio, el origen se encuentra en la etapa visigoda, citada como Semure, que luego pasaría a denominarse como Azemur y finalmente Samura por los árabes.

Málaga

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Málaga

El nombre de Málaga proviene indiscutiblemente de los fenicios quienes la bautizaron como Malaka. Luego evolucionaría al romano Malaca y al árabe Malaqa. En un inicio se pensaba que la palabra remitiría al concepto de ‘sal’, pero existen dudas de que ese sea su verdadero significado. Sin embargo, las tenazas que aparecen en las monedas fenicias acuñadas en Málaga hacen pensar que su etimología se refiera al ‘lugar en el que se trabaja o retuerce el metal’, haciendo referencia a una posible fundición.

Lugo

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Lugo

La versión más aceptada proviene del campamento romano de Lucus Augusti, que estableció el general Cayo Antistio Veto para controlar el noroeste peninsular. Lucus Augusti significa ‘bosque sagrado de Augusto’, aunque su origen también podría tener raíces celtas derivadas de la divinidad Lug.

Logroño

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Logroño

La conexión de Logroño con la naturaleza y la cultura celta es indudable. Su topónimo deriva de la raíz celta Gronio, que significa ‘vado’, en referencia a su fundación junto al río Ebro.

Jaén

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Jaén

El topónimo de Jaén proviene del latín Gaius, que hacía referencia a la villa de Gaius, un antiguo jurista romano del siglo II d. C. Se cree que los árabes lo deformaron hasta Gaien, traducido como Ŷaīyān. Sin embargo, otras hipótesis apuntan que no sería resultado de una mala interpretación sino que provendría de la palabra hebrea Dayan, que significa «juez», que más tarde se traduciría como Yayyan o Djayyan.

León

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León

No, aunque parezca extraño, ningún león tuvo nada que ver en el momento de bautizar la ciudad y la provincia. Su nombre proviene del latín Legionem, en referencia a la Legión Séptima Gemela, el cuerpo militar que fundó la ciudad. Esta palabra fue evolucionando y perdiendo varias letras: desde LeyoneLeyón y el actual León.

Las Palmas de Gran Canaria

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Las Palmas de Gran Canaria

La ciudad de Las Palmas fue fundada como campamento militar en el siglo XV bajo el nombre de El Real de Las Palmas, en honor al palmeral que estaba situado justo al lado del barranco de Guiniguada. Más tarde, el nombre se completaría con el topónimo de la isla. 

Huesca

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Huesca

La primera constancia del topónimo de esta ciudad está en unas antiguas monedas íberas acuñadas en plata donde se referían a este lugar como Bolskan. Más tarde, esta denominación se latinizaría a Osca de donde proviene su gentilicio actual. Sin embargo, algunos historiadores apuntan que Osca deriva de los oscos, el antiguo pueblo itálico, aunque no está confirmado. El nombre seguiría su curso y cambiaría a wašqa, de origen árabe. Ya en la última etapa, se retomaría la denominación latina para llamarse Huesca. 

Ciudad Real

Foto: Turismo de Ciudad Real

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Ciudad Real

Inicialmente apodada como Pozo Seco de Don Gil, no fue hasta 1421 cuando el rey Alfonso X le otorgara su denominación real, conociéndose a partir de entonces como villa real. Dos siglos después, otro monarca, en este caso el rey Juan II de Castilla, elevaría el rango de villa a ciudad después de que esta enviara cientos de soldados a la llamada de socorro del rey tras haber sido secuestrado en el castillo de Montalbán. 

Castellón de la Plana

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Castellón de la Plana

Pocos topónimos tienen un origen tan claro y tan inequívoco como el de Castellón de la Plana. Con más de 800 años de textos en latín donde se hace referencia, el nombre tiene su origen en el ibérico Cartalias, Castalias, Castalium Castellum, término que se le aplicó el sufijo diminutivo -one, produciendo así el topónimo Castellone que significa ‘castillito’ o ‘castillo pequeño’. Más tarde, evolucionó a Castellón y se le añadió de la Plana para diferenciarlo de otros lugares con el mismo nombre.

Cáceres

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Cáceres

Aunque no existe consenso respecto a la etimología de Cáceres, por lo general se acepta su origen latino, deformado posteriormente por el árabe y castellanizado en última instancia. Según esta hipótesis, el nombre procedería de la colonia Norba Caesarina, en honor a la ciudad natal del general romano Cayo Norbano y en memoria de Julio César.

Burgos

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Burgos

Tomando la etimología de varias lenguas, uno puede hacerse una idea de lo que es Burgos. Del griego pyrgos, significa “torre”, quizás por todas las fortificaciones que durante la Edad Media se construían a lo ancho de Castilla para mantener controlado el territorio. Del latín burgus, castillo pequeño. Del germánico, berg, que tiene dos acepciones, monte y castillo. Un carácter defensivo que se hace notar siguiendo la traducción de los godos, que procede de baurgs, literalmente población fortificada.

Badajoz

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Badajoz

El topónimo apareció por primera vez en un documento escrito que data del 932, y lo hacía bajo el nombre de 'Badaliaucu', que a su vez se cree que procede del sintagma latino vadum clausum. Este compuesto significa 'vado cerrado' y haría referencia al vado del río Guadiana, alrededor del cual se fundó la ciudad extremeña en el año 875. Otra posible interpretación determina que su toponimia procedería del árabe balad al yawz, es decir, tierra de nogales. 

Albacete

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Albacete

Albacete ha tenido muchos topónimos durante su historia, algunos procedentes incluso de Asia Menor, como Celtide, el nombre que le otorgaron los cilicios. Más tarde, los celtíberos la nombraron como Alaba. Entre estos dos bautismos, los árabes que llegaron desde Mauritania la denominaron como Albacen. Luego, el término evolucionaría, aunque su raíz seguiría siendo árabe. Cambiaría entonces a Abula y lo haría una última vez hasta que finalmente se denominara Al-Basit, que significa 'el llano' o 'la llanura'.

Aunque su etimología está bien definida, se especula con que ese no fuera su nombre completo, sino Madinat-al-Basit, es decir, ciudad del llano. Una versión por la que muchos expertos se decantan ya que de ese modo confirmaría que Albacete se construyó en el único punto no llano del territorio, como demuestran los planos municipales de 1861. 

Pamplona

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Pamplona

El nombre apareció por primera vez en una obra escrita del geógrafo griego Estrabón. En ella se refería a la ciudad como Pompelón, el nombre que le dieron los romanos y que era la ciudad más importante del pueblo de los vascones. El topónimo significa ‘ciudad de Pompeyo’ y durante siglos ha recibido varias declinaciones como Pampilona, Pampalona, Pampelone, Pampeluna, Pampilo o Pamplon,

La Coruña

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La Coruña

Existen muchas teorías respecto al origen del nombre de La Coruña. La más extendida es la que asegura que el nombre de la ciudad procede de Crunia, un topónimo que aparece en la Historia Turpini, el cuarto libro del Códice Calixtino, en el que se narran las conquistas de Carlomagno en Gallecia. De este best seller medieval tomaría el nombre Alfonso IX en el siglo XII para denominar a una población antes conocida como Faro. Otros historiadores se remontan a los fenicios quienes bautizarían este lugar como Karn (que se traduciría como 'cuerno'). 

guggenheim-bilbao

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Bilbao

Aunque su estructura y fonética se ha mantenido intacta durante siglos, no existe una interpretación única que se dé por válida. Una de ellas se retrotrae a la costumbre vasca de definir las localizaciones según su ubicación, siendo Bilbao la suma de las palabras euskéricas río y ensenada: Bil-Ibaia-Bao. Otra posible interpretación es que se trate de una evolución de la locución bello vado, haciendo referencia al curso del Nervión. Otra, la última de las más aceptadas deriva de los dos asentamientos que existían a ambas orillas del río: por un lado, Billa y por otro Vaho.

Toledo

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Toledo

Su nombre original proviene del latín Toletum y significa ‘tierra en alto’ o ‘ levantado, en lo alto’. La palabra sufriría posteriormente varias deformaciones Tollitu, Tollito, Tolleto y Tolledo hasta llegar a la actual Toledo. Por su parte, los árabes la denominaron Tulaytulah, que significa ‘alegre’.

Valencia

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Valencia

Muchas de las ciudades fundadas por los romanos llevaban en su toponimia nombres relacionados con la fuerza y el vigor. Un ejemplo es el caso de Valencia, que proviene del latín Valentia, es decir, ‘valentía’. La ciudad fue el lugar donde el cónsul Julio Bruto decidió asentar a varios soldados veteranos. Más tarde, los árabes mantuvieron el nombre de Balansia para el reino, mientras que la ciudad pasaría a llamarse Madinat al-Turab, que significa 'ciudad de polvo'. 

Valladolid

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Valladolid

Tomando como referencia la raíz árabe, el nombre de esta urbe castellano y leonesa provendría de la palabra Balad al-Walid, en honor al califa omega Walid I y que significaría literalmente ‘pueblo de Walid’. Sin embargo, si se tiene en cuenta el origen latino y celta, Valladolid procedería de Vallas Tolitum, es decir, ‘valle de aguas’.

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Segovia

Antiguamente se creía que su origen se remontaba al topónimo Segobriga hasta que se descubrió una ciudad con ese nombre en Cuenca. En la actualidad, su origen parece estar relacionado con la palabra celta Seghos, que significa ‘victoria’ y ha sido encontrada en varias textos y monedas.

Plaza España

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Sevilla

Los fenicios fueron los primeros en dar nombre a la capital hispalense. La llamaron Spal o Ispal, que significa 'tierra llana', un término que los romanos adoptaron y lo hicieron evolucionar hasta denominarla Hispalis. A su vez, los árabes sustituirían el sonido de la 'p' por la 'b', dando lugar a la denominación «Ishbiliya». Finalmente, como ocurrió en muchos otros casos, el nombre se castellanizó como Sevilla.

Salamanca

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Salamanca

Los griegos la llamaron Helmantike, que significa ‘tierra de adivinación’. Sin embargo, existe una disputa por saber si este es su origen verdadero o si tiene su raíz en el latín. Ptolomeo dejó escrito que su nombre verdadero era Salmantica y provenía de una denominación prerromana, más específicamente, de los vacceos, el pueblo que se asentó en la cuenca del Duero.

Palencia

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Palencia

El origen de Palencia se encuentra en la raíz prerromana Palla que significa 'piedra' y el sufijo 'nt', del que se sirve para formar una derivación. De este modo se construyó la palabra Pallantia, equivalente a ‘la meseta’ o ‘cerro amesetado’.

Orense

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Orense

La llegada de los romanos a la península convirtió automáticamente a Ourense en una importante ciudad. La abundancia de oro hizo que los romanos la bautizaran como Auriense, es decir, ‘la ciudad del oro'. Otra teoría deja de lado la hipótesis del oro y sitúa su origen en la palabra latina aquea urente, que significa ‘aguas abrasadoras’.

Melilla

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Melilla

Los fenicios la llamaban Rusadir, un nombre que no mantuvieron los árabes durante su colonización. En su lugar, la comenzaron a llamar Miliat, un término que procede del vocablo beréber Tamlilt, que significa ‘la blanca’. No obstante, su etimología no está confirmada por el momento.

Murcia

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Murcia

El filósofo y politólogo romano Marco Terencio Varrón dejó por escrito que el nombre provenía de Myrtea, una palabra derivada del latín Myrtus, en referencia al arbusto llamado así. Una planta que por otra parte está íntimamente relacionado con la diosa Venus. De hecho, esta especie vegetal contaba con su propia divinidad, Myrtus, ahora Murcia.

Madrid si eso

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Madrid

A pesar de no tener costa, Madrid debe su nombre al agua. Tomando como referencia el posible origen árabe, Madrid provendría de la palabra Mayra, que significa canalización y que hace referencia a los que se construyeron para transportar agua desde los viaductos hasta los huertos. No obstante, otra tesis sugiere que su origen se encuentra en la lengua romance. En este caso, Madrid procedería de Matrich, es decir 'matriz', y que haría referencia igualmente a los manantiales de agua y las construcciones para transportarla.  

San Sebastián

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San Sebastián

Aunque su nombre oficial en euskera es Donostia, en castellano recibe la denominación de San Sebastián. Al igual que otros lugares del norte, la ciudad fue fundada por el rey navarro Sancho el Sabio y su origen se debe al monasterio adjunto al Palacio de Miramar dedicado a San Sebastián. El nombre, en primera instancia, estaba redactado en latín por lo que su origen es Sanctus Sebastianus, que posteriormente evolucionó al romance hasta terminar en su forma actual.

patios córdoba

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Córdoba

Como ocurre con otros topónimos, no existe consenso en definir la etimología de la palabra Córdoba. La primera referencia se remonta al siglo I a. C., momento de su fundación bajo el nombre de 'Colonia Patricia Corduba’. Sin embargo, el término sigue siendo objeto de investigaciones, aunque algunas hipótesis apuntan que significa 'molino de aceite'. 

Cuenca

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Cuenca

El nombre de la ciudad de las casas colgantes procede del árabe Qūnka. Curiosamente, esta palabra es una adaptación de otro topónimo anterior del que no se tiene constancia y que, a su vez, no tiene un significado propio en árabe. La significación vendría más tarde cuando se latinizó el topónimo como Conca y Concha, es decir, 'valle profundo entre montes'.

Girona

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Gerona

Los romanos fundaron la ciudad en el siglo I a.C y la denominaron Gerunda. Hasta hace relativamente pocos años no se tenía más información sobre el posible significado. Sin embargo, nuevas investigaciones revelan que, anteriormente a los romanos, el área en la que hoy se asienta Gerona estaba ocupada por los indigetes, un pueblo íbero que habría nombrado el lugar a partir de la suma de 'edad' y 'grande' por lo que su significado podría ser ‘la vieja’. 

Ceuta

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Ceuta

Los siete montes que dominan la región fueron los protagonistas en la elección romana de bautizar la ciudad autónoma. Tomando esa referencia, la llamaron Septem Frases, es decir: ‘siete hermanos’. A partir de ahí, los árabes tomarían únicamente la primera palabra y la traducirían por Sebta, la cual evolucionaría hasta la actual Ceuta.

Cádiz

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Cádiz

La palabra Cádiz tiene su origen en los fenicios que fundaron la ciudad. Procede del término Gádir que significa 'castillo', 'fortaleza' o, en general, 'recinto murado' y es muy frecuente en muchos topónimos del norte de África. Después, el nombre evolucionó al griego bajo la denominaron Gádeira, tal como aparecen en las escrituras de Herodoto. Finalmente los romanos la rebautizaron como Gades, nombre que se mantendría hasta la época reciente hasta adoptar topónimo de Cádiz. 

Barcelona

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Barcelona

Barcelona puede decir con orgullo que su origen se remonta a los tiempos en que dioses y semidioses habitaban la Tierra. El mito explica que, tras acabar su cuarto trabajo, Hércules, el hijo de Zeus, se unió a los argonautas en su búsqueda del Vellocino de oro. Durante el trayecto, una fuerte tormenta a la altura de la costa catalana dividió la flota en el mar. Cuando el temporal cesó y consiguieron reagruparse vieron que faltaba una de las nueve embarcaciones. Se dispusieron entonces a rastrear la barca, que más tarde encontrarían varada en la orilla de Montjuïc. De esa manera, la barca nona, es decir, 'novena barca', dio lugar al topónimo que hoy en día persiste como Barcelona, eso sí, pasando un periodo de latinización que la llevó a llamarse previamente como Barcino. 

Ávila

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Ávila

La etimología de Ávila es aún una incógnita aunque existen muchas hipótesis sobre cuál puede ser su origen. Se especula con que puede tener raíz hebrea, lo que se traduciría como 'término o confín'. También se cree que su origen se podría remontar a los pueblos íberos que la bautizaron haciendo referencia al 'monte bajo y los matorrales'. Incluso hay historiadores que sitúan su etimología en el marco germánico bajo la denominación de Awilô. Sin embargo, ninguna de ellas está confirmada. La única denominación oficial fue la 'Ávila de los Caballeros', que se mantuvo hasta el año 1877, cuando perdió esa designación y pasó a conocerse simplemente como Ávila. 

Alicante

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Alicante

Según el diccionario griego-español del Instituto de Filología Hispánica, la palabra 'alicante' debe su origen al griego Akra Lefki, que significa 'promontorio blanco'. Probablemente lo llamaran así por la fortaleza que sigue dominando la ciudad hoy en día, el castillo de Santa Bárbara. Más tarde, el topónimo evolucionó a Lucentum o Leukante, una denominación romana estrechamente relacionada con el Tossal de Manises, hoy uno de los yacimientos arqueológicos más importantes de la Comunidad Valenciana, situado a un par de kilómetros del centro actual. Permaneció intacta hasta la llegada de los árabes a la península, que aunque mantuvieron el significado, tradujeron el nombre bautizándola así como Al-Laqant. Lo mismo ocurrió más tarde. Tras la reconquista, se optó por castellanizar el topónimo hasta consolidarse Alicante. 

Almería

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Almería

Como la gran mayoría de localidades del sur de España, su etimología tiene una clara influencia árabe, y el caso de Almería no es una excepción. La tesis más compartida es la referente a la atalaya situada en lo más alto del cerro de la Alcazaba: Al-mariyyat Bayyana, o lo que es lo mismo, la atalaya de Pechina. No obstante, la toponimia almeriense es rica en interpretaciones. Algunas de ellas son: 'la costa de la sal', 'el espejo del mar' o 'la vistosa'.