El archipiélago del apocalipsis

En estas islas de difícil sucedieron algunos momentos más importantes de la historia reciente de Nicaragua.

Solentiname

Foto: Shutterstock

Solentiname

Julio Cortázar entró en Nicaragua en 1976 de forma clandestina por Los Chiles. Hacía trece años que había dinamitado la literatura con un artefacto novelístico como Rayuela y en marzo de aquel año viajó a San José a impartir un ciclo de conferencias. En la capital de Costa Rica le fueron a buscar Ernesto Cardenal y Sergio Ramírez que se lo llevaron a Nicaragua. Alcanzaron la frontera tras volar en una avioneta Piper Aztec, subieron a un todoterreno para llegar a la finca del poeta nicaragüense José Coronel Urtecho y, finalmente, se montaron en una panga para llegar a la isla Mancarrón de noche, en el archipiélago de Solentiname. Todo el viaje, escribió Julio Cortázar, fue tambaleante, pero tanto nicas como ticos le cuidaron y durante el camino hablaron de poesía, de Roque Dalton o de Gertrude Stein, por ejemplo. Sólo Sergio Ramírez puede recordarlo ya.

Julio Cortázar explicó ese viaje en un cuento con el que llevó al límite la autoficción: Apocalipsis en Solentiname, aparecido originalmente en el libro Alguien que anda por ahí (Alfaguara, 1977). Lo que comienza como literatura de viajes se convierte hacia el final en algo parecido a un cuento de terror: cuando el protagonista llega a París y revela las fotos que ha tomado se encuentra con escenas de violencia política ejercida por las diferentes dictaduras latinoamericanas de la época.

A las islas de Solentiname se sigue llegando en panga igual que lo hizo Julio Cortázar en su tiempo. Allí el horizonte se ve bajo y en él aparecen salpicaduras de islas que parecen flotar sobre un espejismo de agua. Las golondrinas juegan en la proa de la lancha y en la copa de los balsos hay garzas blancas como puntos suspensivos. Solentiname está en lago Cocibolca, o Gran Lago de Nicaragua, y los conquistadores españoles lo conocían como “La Mar Dulce”. Dicen que en él hay tiburones de agua dulce que se quedaron en algún momento encerrados en el lago y tuvieron que adaptarse para sobrevivir.

El archipiélago está en el margen geográfico de Nicaragua, pero durante Isla Mancarrón entró a formar parte de las utopías más famosas cuando en 1965 llegó Ernesto Cardenal, el sacerdote barbudo, poeta y escultor, decidido a asentarse allí para crear junto a otros dos compañeros más una comunidad contemplativa. Aquella especie de comuna acabaría por desempeñar un papel protagonista en el final del régimen represivo y corrupto del clan de los Somoza. Por eso tiempo después fue Julio Cortázar hasta allí, a conocer la comunidad utópica de Ernesto Cardenal, a conocer la isla del apocalipsis.