La capilla del llanto, de la ira y de la ternura

Fue el sueño del pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín como homenaje al ser humano.

capilla del hombre

Foto: José Alejandro Adamuz

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“Es un hombre que me conmueve hasta las lágrimas”, así se expresó Oswaldo Guayasamín al referirse a Paco de Lucía durante la sesión en la que lo retrató; pero bien podría haberse referido a la humanidad por completo. Porque ese es el sentimiento que acompañó al artista ecuatoriano durante toda su vida y que plasmó en diferentes etapas en sus obras: el “Huacayñan o camino del llanto”, fruto de sus años de peregrinaje por América Latina; la “edad de la ira”, que dedicó a las guerras mundiales y dictaduras del siglo XX; y, finalmente, “edad de la ternura”, en la que eterniza a las madres del mundo como símbolo del amor y la esperanza.

Ese sentimiento y preocupación por defender a los más débiles, por denunciar las atrocidades de las guerras y dictaduras que vio en territorio latinoamericano, por conmoverse ante la pobreza, antes los niños muertos de hambre, ante las madres angustiadas de todo el mundo, le llevó a idear el proyecto de La Capilla del Hombre, un homenaje al ser humano que sin embargo no pudo ver en vida.

La Capilla del Hombre se encuentra en un lugar privilegiado en el barrio de Buenavista, un balcón a la vertical ciudad de Quito. Oswaldo Guayasamín está ahí, y no sólo porque sus cenizas se encuentran enterradas en “El Árbol de la Vida”, sino porque se siente la energía con la que pintó y vivió en ese edificio de la fundación y del museo, un rectángulo de piedra, sólido, del que emerge una cúpula en forma de cono, el volcán Cotopaxi. Más que un edificio, todo un símbolo. Un monolito sobre la línea equinoccial, por lo que en los días de solsticio la luz cae perpendicular por el agujero de la claraboya central iluminando ese “llamamiento”, en palabras de Guayasamín, a la unidad de todo Latinoamérica.