El cementerio donde 'yace uno cuyo nombre fue escrito sobre el agua'

El Cimitero Acattolico, también conocido como 'el cementerio de los ingleses' es el lugar de reposo de algunos escritores famosos

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Cuando John Keats llegó a Roma el 15 de noviembre de 1820 lo hizo ya muy enfermo. La tuberculosis -enfermedad que alcanza el mito entre los románticos- le había dejado muy débil. Ciertamente el final estaba cerca y él lo aceptaba como se acepta aquello que se sabe irremediable y, al fin, descanso. El doctor James Clark le encontró un apartamento adecuado donde poder descansar en el número 26 de la plaza de España, hoy epicentro del turismo más gentrificador de la ciudad. Sin embargo, en aquella época el murmullo del agua de la Barcaccia de Bernini se filtraba por la ventana de la habitación de la segunda planta que ocupaba. Algo que podría haberle inspirado para su famoso autoepitafio. Ya se sabe: "Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua".

Fue su amigo John Severn quien se ocupó de buscarle tumba en el cementerio protestante, el Cimitero Acattolico, uno de los cementerios más bellos y literarios que se pueden visitar en el mundo. Tanta belleza no cabe en ninguna fotografía, sino en un cuadro, el de Walter Crane con la tumba de Shelley en primer plano, la de Keats, al fondo, y detrás de todo, la Pirámide de Cayo Cestio. Al cementerio se llega desde el centro con el autobús 95.

A su vez, otro gran amigo de John Keats, Percy Bysshe Shelley, antes de morir en la Toscana, tuvo tiempo de escribir este prefacio en su obra Adonais en recuerdo de Keats, que yacía en Roma: “El cementerio es un espacio abierto entre las ruinas, / y en invierno lo cubren violetas y margaritas. / Podría hacer que uno se enamorara de la muerte / al pensar en ser enterrado en un lugar tan grato”. Dice al respecto Nicanor Gómez Villegas en su estupendo Sepulcros etruscos (Ed. La Línea del Horizonte) que gracias a esta elegía, tanto Roma como este cementerio se convierten en epítome de eternidad.

En este cementerio no hay que entristecerse. Al contrario, como recuerda el propio Nicanor Gómez Villegas, se experimenta una sensación muy potente: “Entre sepulcros y la presencia constante, como un granadero haciendo guardia, de la muerte, no conozco mejor invitación a la vida que Roma”. Shelley dejó escrito en el prefacio de Adonaïs, que “Puedes llegar a amar la muerte si piensas que serás enterrado en un lugar tan bello”. Al final, ambos fueron enterrados en este mismo lugar bello y se convirtieron en eternos. No sólo ellos, también el poeta beat, Gregory Corso, fue enterrado aquí. No en vano, le dedicó el poema Cogí un manuscrito de Shelley a su vecino de tumba.