El cementerio sumergido de las naves espaciales

El Punto Nemo es un polo de inaccesibilidad del planeta y por eso las agencias espaciales suelen usarlo como lugar para el reingreso de sus naves y satélites aeroespaciales.

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En julio del 2022 un cohete chino reingresó descontrolado a la Tierra. Nadie sabía dónde podría caer. Y aunque las probabilidades de que lo hiciera sobre una porción habitada eran muy reducidas, había cierto riesgo. Al final, el grueso del cohete cayó en un lugar del Océano Índico con la única sorpresa, tal vez, de algún pez que pasaba por allí despreocupado. Sin embargo, otros muchos pequeños restos de este pecio galáctico acabaron en lugares tan distantes como aldeas de Malasia o Indonesia. ¿Y si hubieran caído sobre la casa de alguien mientras veía la televisión por la noche? Es por eso, precisamente, que las agencias espaciales suelen usar en estas situaciones el conocido como Punto Nemo, el más famoso de los polos de inaccesibilidad del planeta: lugares cuya naturaleza es la de encontrarse lo más lejos posible de cualquier otro lugar habitado del planeta, algo así como el desierto definitivo. Por eso las agencias espaciales de muchos países suelen usar este lugar como cementerio espacial, porque es imposible que su chatarra le caiga a alguien encima. Allí, por ejemplo, en las profundidades del Pacífico, yacen desde 2001, los restos de la antigua MIR, la mítica Estación Espacial Soviética.

El Punto Nemo es el punto de una enorme circunferencia de 16.900 kilómetros sin tierra a la vista. Es decir, la definición geográfica de la soledad. De hecho, los habitantes que más se acercan ahí son los astronautas de la Estación Espacial Internacional cuando su órbita pasa por el océano Pacífico a unos 400 kilómetros de la Tierra.

Fue Hrvoje Lukatela, un topógrafo muy freak, quien logró calcular las coordenadas del Punto Nemo, en 1992. Para ello usó la tecnología geoespacial de la época y determinó exactamente este punto equidistante a 2.688 kilómetros de las tierras más próximas: al norte, la isla de Ducie (archipiélago de las Pitcairn); al sur, la isla Maher (Antártida); al este, el archipiélago Campana (Chile); y al oeste, la isla Chatham (en la costa oriental de Nueva Zelanda). No se le ocurrió nada mejor para su nombre que hacerle un homenaje a Nemo, el popular personaje de la novela 20.000 leguas de viaje submarino de Julio Verne.