Un cementerio de trenes a 3000 metros de altura

Este conjunto de ferrocarriles oxidados se ha convertido en la puerta de entrada al mágico salar de Uyuni, en Bolivia.

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El salar de Uyuni -el de mayor extensión continua del mundo- es lo más parecido a caminar entre nubes, al menos en la época de lluvias. Pero justo antes de entrar en él, hay una parada previa que se ha convertido en imprescindible: el cementerio de trenes. Decenas de antiguos vagones y locomotoras llevan anclados ahí, como pecios de un pasado industrial, sobre la arena. Hoy muchos lucen graffitis y mensajes y se han convertido en algo parecido a un photocall para hacer montones de selfie.


En pleno desierto al suroeste de Bolivia, estas reliquias oxidadas son el testimonio de una época floreciente. Y es que la población de Uyuni fue el primer lugar de Bolivia donde se escuchó el silbido de un tren, de uno de esos trenes ya extintos que una vez transitaron por Latinoamérica. Fue a finales del siglo XIX que se concluyó la construcción de la primera línea ferroviaria de Bolivia, que unía Uyuni con Antofagasta. El potencial de las minas de plata, oro y estaño, entre otros minerales hizo del ferrocarril una conexión vital y junto a las vías comenzaron a aparecer pequeños asentamientos. Hasta que esa industria entró en declive. Hoy no es la minería la principal industria del salar, sino el turismo. Aunque, quién sabe, tal vez algún día llegue a ser el litio (el salar de Uyuni está considerado como la mayor reserva mundial de este importante mineral para la industria tecnológica).